viernes, noviembre 25, 2011

Padres e hijos


En las estanterías de mis padres se pueden encontrar, en medio de grandes obras de la literatura y el pensamiento universal, como Padres e Hijos, de Ivan Turgueniev, algunos libros verdaderamente desfasados, crónicas del pensamiento de un tiempo en concreto que acaso interesen aún a sociólogos o historiadores. Las páginas de los libros van adquiriendo un color amarillento y algúnas se caen con el otoño del tiempo. Jean-Jacques Servan-Schreiber y su Desafío Americano llamaron mi atención por un momento, pero nunca llegué a leer el libro. Creo que sigue ahí, al lado de La Tentación Totalitaria, escrito por otro autor francés, de signo político opuesto, y muerto como él en 2006, Jean François-Revel, y que sí leí.

Ambos franceses dejaron una descendencia también relativamente ilustre. El primero un neuropsiquiatra que investigaba el lóbulo frontal, David Servan-Schreiber, hasta que descubrió una castaña tumoral, investigándose a si mismo, precisamente en su lóbulo frontal. El segundo un científico al que le pudo más la fe y se lanzó a una vida de meditación budista en el Tibet. No obstante eso no le impidió volver a mezclarse en ciencia y a colaborar con los defensores de la psicología positiva, cantando las alabanzas de la meditación. Fue, de hecho, declarado por los neurocientíficos afectivos de la Universidad de Wisconsin como el hombre maś feliz de la tierra, tras ser escaneado en el laboratorio de dicha universidad su cerebro durante 3 años. Evidentemente esa declaración no puede considerarse científica. La felicidad humana no se puede medir. Es más, como está más que comprobado por psicólogos más serios, como David Gilbert, de la Universidad de Harvard, o nuestro recientemente entrevistado Daniel Nettle, de la Universidad de Newcastle, la felicidad es uno de esos conceptos inasibles, inaprehensibles, y desde luego de los más inasequibles al desaliento en su huida de toda medida que pueda haber.

Como decía Voltaire, si quieres discutir conmigo primero define tus términos. Sócrates se hinchó a ridiculizar a muchos grandes hombres de su tiempo con sólo pedirles que definieran sus conceptos, a preguntrompazo limpio. 

En el post anterior hablaba de asíntotas conceptuales. Son palabras ambiguas, con limites de significación borrosos, y que definen realidades que no pueden ser alcanzadas, porque son ideales. No significa esto, no obstante, que carezcan de utilidad como guía para nuestra acción. Son, de acuerdo con la filosofía pragmática defendida por William James, el primer gran psicólogo, verdaderas en la medida en que nos son útiles, prácticas, válidas para refrendar nuestros actos y nuestros pensamientos, para armonizar nuestras vidas razonablemente con su asistencia en medio de la confusión y la precariedad que estas representan. 

Del origen evolutivo de la felicidad ya habla largamente Nettle en su libro sobre el tema, y de los engañosos mecanismos de la psique para buscarla y encontrar otra cosa lo hace Gilbert en el suyo sobre el mismo particular. Yo veo la felicidad como la zanahoria del burro, por un lado, y como momentos aislados de gratificación provocados por un equilibrio provisional, realmente de corta duración, y de tipo neuroquímico, por otro. Y por eso encuentro que esos investigadores de Winconsin que declaran eso de “el hombre más feliz del mundo” no están haciendo ciencia, al menos durante el lapso de tiempo en el que emiten semejante declaración, pero probablemente tampoco gran parte del tiempo que la precedió y que les condujo a hacerla. Matthieu quizás si les crea. Igual que lo creyó Punset al entrevistarle. Igual que en mi excolega de Libertad Digital Santiago Navajas consideró a Punset ni más ni menos que ¡el hombre más sabio de España!

En fin, ¿qué decir si la corriente de entusiasmo es contagiosa? Hagámos la ola o entremos en “flujo", o levitemos. 

Pero más arriba hablaba de un caso bastante menos cómico que el de los que se hayan en las nubes, flotando, infinitamente más trágico, el de David Servan-Schreiber, y es que hoy, tras empezar a leer su libro “Anti-Cáncer” para sacar de él alguna referencia o recomendación precisa sobre la prevención del cáncer para mis estudios sobre procesos psicosociales y salud y, en general de psicología de la salud, me ha dado por buscar en internet al personaje y su actual situación.

Tras pasar casi veinte años -que como decía Gardel, son nada- de lucha contra el cáncer falleció el pasado Julio.  Por lo visto se suma al club de quienes buscaron la salvación en terapias alternativas sin éxito y desorientaron a un montón de mortales (en particular a muchos potenciales muertos en un corto o medio plazo por estar enfermos de cáncer) ajenos a la ciencia y a su conocimiento (y desconocimiento). Cierto es que él siempre aconsejó seguir los consejos y los tratamientos indicados por los médicos. Pero a eso añadió una ristra de complementos nutricionales y comportamentales, muchos de los cuales en realidad pues.....no surten efecto alguno, que se sepa. Igual que la vitamina C que aconsejaba el Nóbel Linus Pauling. La autoridad debe de usarse con precaución.

Me ha apenado mucho su muerte. Si estuviera vivo todavía, y presumiblemente en buen estado de salud, habría intentado entrevistarle.

La mente humana se transforma por completo ante situaciones de gran incertidumbre. La de un tumor que los médicos declaran incurable podría parecer una situación de gran certidumbre, pues la muerte se avecina, aparentemente, con pasos agigantados y acelerados. Pero es, por el contrario, una situación tremendamente incierta. Gran parte de lo que uno es consiste en proyectarse hacia delante, como en la felicidad, cual burro tras la zanahoria, por lo que necesitamos eso, una zanahoria para no quedarnos quietos, parados, sentados esperando con cara nula y mente en blanco. Ya lo decía Pascal, el origen de la mayor parte de nuestros males consiste en que somos incapaces de estarnos quietos en una habitación simplemente sentados. Somos seres inquietos, y el lóbulo frontal de David, ese que tanto había estudiado y con tanto éxito, resultó ser mucho más exitoso en prepararle un plan de acción que en desentrañar sus propios mecanismos. Se puso manos a la obra con su ciencia y con su fe, que nacía de la convicción de que podría curarse o aumentar la probabilidad de hacerlo en un altísimo grado si actuába de otra forma en su vida, si comía otras cosas, si hacía otras cosas o las mismas de otra manera. Eso, en un ignorante, se llamaría con toda oportunidad pensamiento supersticioso. Si uno agarra un rosario cuando tiembla la tierra y recita padres nuestros y aves marías en interminable sucesión, además, por supuesto, de evitar los sitios en los que algo grande y pesado pueda a uno caerle encima, se dirá que su comportamiento es estúpido, pero tiene las mismas raíces que los cambios de dieta de David. Ante una incertidumbre existencial tan tremenda como una muerte inminente, recurrimos a rituales, cada uno al suyo, unos al religioso, otros al de la sabiduría popular, otros al científico, buscando artículos que expliquen el mecanismo molecular del daño tisular que precede al desarrollo de un cáncer.

De dos politólogos franceses salieron dos personajes interesantísimos, cada uno en su rama, pero ambos relacionados con la neurociencia afectiva, uno con la alegría, otro con la desesperación (que no necesariamente es tristeza, sino su radical alternativa).

¿Y a todo esto qué es de Matthieu? Por lo que se sabe sigue meditando, y se deja escanear de vez en cuando. De momento nadie le ha encontrado un tumor del tamaño de una castaña en su feliz cerebro. 

Oliver Sacks refirió un caso de otro hombre feliz en su obra Un antropólogo en Marte: no era de clase alta en eso de la meditación, estaba en una sectucha de tercera, pero muy popular: los Krishna. Pero todos le consideraban un iluminado, el más feliz de todos los mortales, siempre sonriendo, siempre alegre. Sacks le llamó el último hippie. El problema del muchacho es que se le había desarrollado un tumor tan grande que le había afectado a la vista y la memoria gravemente, pero por alguna razón el no parecía ser consciente de su situación y cantaba, reía y decía tonterías constantemente, además de haber engordado y perdido pelo lo suficiente para parecer un buda de esos gordos estilo Botero que se venden en las tiendas de los chinos. El chico estaba anclado en los 60 -de ahí lo de "último hippie" y permaneció en ellos hasta su muerte.