sábado, marzo 08, 2014

Reflexiones sobre la selección natural en las sociedades actuales



El concepto de fitness o éxito reproductivo es el concepto central de la evolución. La selección natural ha sido mal entendida en términos de “supervivencia de los más fuertes”, supongo que al abrigo de intereses políticos, sociales o económicos. El caso es que eso no es del todo correcto, a veces el más fuerte no es el mejor adaptado a las circunstancias, no siempre el músculo, la agresividad o la violencia es lo más importante; de hecho, un día la mejor opción fue la inteligencia, y hasta aquí –aunque a veces parezca que lo de la inteligencia es tan sólo una ilusión-. El caso es que la selección natural funciona por el principio de éxito reproductivo: aquellas combinaciones de ADN –individuos- que estén mejor adaptados a las circunstancias ambientales que les haya tocado vivir –por ejemplo frío extremo, demasiada radiación solar, poca luz, radiactividad alta provocada por una tercera guerra mundial, leche como único alimento…- estarán mejor de salud o serán más felices, y tendrán más hijos que aquellos que no “estén cómodos” en ese ambiente. Entonces, esos genes pasarán a sus descendientes y tendrán más presencia en la población. Al cabo de varias generaciones que se repita este proceso, los genes mejor adaptados desplazarán casi completamente a aquellos que no provocan una buena adaptación a ese ambiente y se habrá producido selección natural; se habrá evolucionado. Así de simple opera la selección natural y se produce la evolución de las especies; no me parece tan difícil de entender, no sé por qué los fundamentalistas religiosos no acaban de pillarlo…

Pues bien, resulta que el ser humano, como cualquier otro animal, tiene ciclos circadianos regulados y coordinados por la luz y la oscuridad. Las sociedades industriales actuales, y sobre todo, la aparición de la luz artificial y la imposición de horarios laborales totalmente aberrantes, han hecho que en casi ninguna sociedad –y menos en la española, que vive por mandato franquista en un horario intencionadamente desfasado del huso horario que le tocaría vivir- tenga coordinados sus ciclos de sueño-vigilia con los que les corresponderían naturalmente por el Sol. La luz solar activa nuestra glándula pineal –aunque tengamos los ojos cerrados, para eso tenemos la piel palpebral tan fina- provocando la segregación de determinadas hormonas –como la melatonina, somatoestatina, etc…- que hace que se active el organismo. Cuando la luz solar baja, pasa lo contrario, y nos preparamos para el sueño. Esto se observa perfectamente en los eclipses solares, si tienen el privilegio de poder vivirlos en plena naturaleza, verán como a medida que baja la luz solar, el barullo que, imperceptiblemente, le acompañaba, desaparece por completo: los pájaros se callan y dejan de volar, los perros también cesan su actividad y no hacen ruido, y todos los demás animales que formaban parte de esa banda sonora diurna, de repente, actúan como si estuviesen de noche. Nosotros, como ya estamos tan contaminados por la luz artificial, no modificamos nada nuestra conducta, aunque seguro que fisiológicamente, algo cambia dentro de nosotros. La ruptura de este ritmo solar por culpa de los horarios laborales y la luz artificial, hace que estemos despiertos cuando teníamos que estar durmiendo, y estemos dormidos cuando teníamos que estar despiertos; que estemos realizando actividad cuando nuestro cuerpo –y nuestro cerebro- no están preparados para ello, y estemos amodorrados cuando tenemos que estar concentrados. Esta situación se traduce en desórdenes del comportamiento, perturbaciones del sueño, estrés, ansiedad, y en su modalidad más grave, depresiones y aumento de la incidencia de trastornos mentales de todo tipo, así como, de manera indirecta, se incrementa el riesgo de sufrir otras en enfermedades como cáncer o diabetes. La ruptura de estos ritmos naturales también incide sobre la probabilidad de sufrir accidentes: piensen en una persona que se tiene que levantar a las seis de la mañana, cuando aún es de noche cerrada en España, coger el coche para ir al trabajo y conducir mientras su cerebro aún no ha despertado del todo -por mucho café que se haya tomado- porque aún no le ha llegado la señal lumínica de que es un nuevo día… En fin, un desastre.

Debido a todo esto, el desviarnos de nuestra forma de vida natural, y someternos a los dictados del capitalismo y la luz eléctrica, tiene además una consecuencia inesperada. Es bien conocido el caso de que los animales salvajes en cautividad –los animales que están en los zoológicos- tienen inmensas dificultades para criar. En principio, esto resulta, cuando menos curioso. Desde una perspectiva de “cadena de producción” de la vida, estos animales tienen toda la comida del mundo, están bien cuidados, no tienen depredadores a la vista… ¿no deberían tener hijos como locos? ¿Por qué no lo hacen? Pensemos un poco sobre ello. Estos animales son salvajes, viven felizmente en la selva o la sabana o donde sea. Espacios abiertos llenos de peligros, pero espacios abiertos. En un zoológico no tienen nada de eso, quizá vivan más años, quizá no tengan peligro de morir, quizá no tengan que luchar para buscar comida, pero no son libres. Esa falta de libertad afecta fatalmente a su fertilidad de dos maneras: disminuye la frecuencia de las relaciones sexuales y disminuye la capacidad de quedarse embarazadas de las hembras. ¿Quién no ha experimentado un descenso de la líbido cuando está  saturado de trabajo, preocupado por algún tema importante, triste por alguna razón, etc…? Pues eso, además, se traduce fisiológicamente en un descenso de la calidad de los espermatozoides y en una disminución de la probabilidad de implantación del embrión en el útero materno, así como de la progresión del embarazo una vez implantado. De alguna manera, el estrés –tanto del que somos conscientes como del que silenciosamente mina nuestra salud sin que nos demos cuenta- es percibido por nuestro cerebro como que la situación externa no es propicia para tener descendencia, que hay algo ahí afuera que nos perturba, y por lo tanto perturbará a nuestros hijos. Un animal salvaje en un zoológico está en una situación estresada y depresiva profunda, su cerebro recibe esas señales de “entorno no adecuado”, y se produce la sensación de “no me apetece” tener hijos. Veamos qué pasa con los humanos.

Tras esta –breve- introducción, llegamos al punto central de este artículo: la selección natural. Hoy en día nos encontramos en una sociedad fuertemente industrializada, con la medicina al alcance de todos, etc… mucha gente podría pensar –de manera totalmente justificable- que ya no hay selección natural, que ya no hay evolución. Pero, no sé si a ustedes les pasa, después resulta que hay un sector muy importante de nuestra población –los foros de Internet están llenos de ellas- que deciden no tener hijos. Mientras, hay otros grupos sociales que se siguen reproduciendo como antaño –y como cualquier otro animal de reproducción sexual, por cierto-, e incluso algunos en cifras súpernumerarias. Se mire por donde se mire, y dándole la justificación que se quiera dar, el no querer reproducirse no es algo natural en condiciones normales; tenemos un instinto sexual que clama ser satisfecho, tanto va el cántaro a la fuente, una cosa lleva a la otra y al final, si no hay ningún problema fisiológico, viene el embarazo. El caso es que es muy frecuente hoy en día escuchar miles de razones diferentes para no querer tener hijos; algunas de ellas con argumentos profundísimos con tintes hasta ecológicos; otros simplemente se refugian en el egoísmo y no le dan más vueltas; otros incluso le dan la vuelta y dicen que los egoístas son los que quieren tener hijos, pues lo hacen para su propio beneficio y sentirse felices al verlos corretear por ahí. (!!).. Supongo que los que defienden este último argumento, borran del mapa el 90% del tiempo en que los padres están desquiciados por el cuidado de sus crías… Bueno, en fin, no es mi intención criticar estas posiciones vitales, cada uno hace lo que quiere, lo que yo pretendo es darle sentido a un escenario en el que ocurren estas cosas y a las explicaciones que surgen de los cerebros involucrados para justificarlas... Es un dato importante que la gran mayoría de esta gente que renuncia a la reproducción, no renuncia a la sexualidad, aunque hay otros que sí –lo cual sí que es aberrante. Me encantaría tener datos concretos sobre esto. Como no los tengo, voy a contemplar las dos posibilidades. Una cosa es tener líbido y otra cosa es tener líbido orientada a la reproducción, es decir, con la idea de querer tener hijos presente en la cabeza. El estado psicológico no es el mismo. A eso me refiero. El resto de los animales no pueden elegir, nosotros sí, pero el hecho de pensar en tener hijos, no debería afectar a nuestro deseo sexual, aunque luego decidamos tenerlos o no; si afecta, si la presencia de esa idea apaga o atenúa nuestra conducta sexual, entonces se produce lo que yo afirmo cuando digo que hay un sector poblacional que no tiene la misma “fertilidad” que los demás.


Por lo tanto, teniendo en cuenta que claramente hay dos grupos de personas -los que quieren tener hijos, y los que no-, se crea una situación donde es posible hacer una selección. Visto desde un observador externo –de esos que no existen en la física- habría un grupo que –por razones desconocidas- tendrá un éxito reproductivo menor. Este observador –que casualmente es un genético de poblaciones- diría sin dudarlo que se ha producido una selección natural purificadora hacia –los genes de- ese grupo; que ese grupo estaba mal adaptado a las circunstancias que le tocó vivir, que sus genes no les proporcionaron las condiciones necesarias para vivir tranquilamente en ese ambiente concreto, y que por ello se reprodujeron menos –tuvieron menos éxito reproductivo- y sus genes y los rasgos codificados por éstos, fueron desapareciendo paulatinamente a lo largo de las generaciones. Ahí tienen, conceptos tan extraños como “selección natural”, “evolución” y “éxito reproductivo” delante de nuestras narices, y nosotros sin darnos cuenta ¿Por qué sucedió esto? Sería la siguiente pregunta que nuestro genetista externo se preguntaría.

Teniendo en cuenta todo lo expuesto en la introducción y posterior desarrollo, la conclusión hipotética a la que podría llegar sería esta: Nuestras sociedades actuales, al igual que los zoológicos hacen con sus prisioneros, nos alejan de las condiciones naturales de nuestro entorno. Y esto, afecta a nuestra salud, y por supuesto –porque no tiene por qué no- también afecta a nuestra reproducción. A un grupo le afectó, al otro no. Lo que pasa, es que nosotros somos inteligentes, o al menos, somos capaces de generar opiniones, argumentos y justificaciones. Desde mi punto de vista, todos los argumentos racionales sobre el no tener hijos, no son nada más que nuestro cerebro dando explicaciones a un sentimiento visceral, irracional, instintivo: el mismo que tienen los animales de los zoos. La parte inconsciente –que no es lo mismo que el constructo inventado del subconsciente Freudiano- del cerebro de estas personas, percibe que el entorno natural no es propicio para tener descendencia, y eso disminuye sus ganas de tener hijos. Los animales no se explican, pero nosotros sí, y le damos unas cuantas vueltas a la realidad para conseguir justificar nuestra conducta, sin darnos cuenta de que viene dictada desde lo más profundo de nuestro cerebro. No necesita justificación, es una reacción natural dadas las circunstancias, para los que estas circunstancias no los acaban de convencer... Pero por otra parte, hay un grupo al que este estrés basal de nuestras sociedades tan bonitas y neoliberales, no le afecta para nada a su ímpetu reproductivo. Es decir, este grupo de personas no se ve afectado tan profundamente por la desviación de las condiciones naturales: sus genes les proporcionan una mejor adaptación a la vida moderna del mercado laboral. Estas personas pasarán esos genes “industriales” a sus hijos, y sus hijos a sus hijos, y así continuamente. Llegará un momento en el que esos genes desplacen casi completamente a los genes –que habían creado individuos, que habían creado cuerpos, que habían creado cerebros- que se veían afectados por la perturbación del ambiente. Entonces la selección natural habría consumado su acción, y habría ocurrido evolución.

Al igual que los conejos domésticos, o los cerdos, o las vacas se reproducen sin problema en las granjas, el ser humano habría evolucionado para adaptarse a la vida con luz artificial, con horarios desfasados, alejado de la libertad natural. Eso es algo que está pasando hoy en día, lo pueden ver si preguntan a sus amigos –escojan un número muy grande para que sea representativo-. Eso es la selección natural: quien está mejor adaptado a las circunstancias tiene más salud, está más feliz, y eso se traduce en más fertilidad –más líbido orientada a la reproducción y más capacidad de fecundación, implantación y gestación-, lo que al final tiene como consecuencia que sus genes estarán más presentes en la siguiente generación y desplazarán a los otros, aunque éstos sean de más “calidad”; la calidad, la belleza, etc… no influye para que los genes que codifican estos rasgos pasen a la siguiente generación. Si resulta que están peor adaptados a las circunstancias actuales, acabarán desapareciendo.

Y así señores, es como actúa la selección natural, y así es como pasito a pasito, se va produciendo la evolución. Lo que ya no sé es si nuestro observador genetista externo concluiría que se está evolucionando en la dirección adecuada…


@bitacorabeagle

9 comentarios:

Pitiklinov dijo...

Creo que el problema más grande es que estamos desconectando las causas próximas de las causas últimas (anticonceptivos, por ejemplo). En otros tiempos, el estatus y la riqueza se traducía en recursos y los recursos en más hijos. Ahora se persigue la riqueza por la riqueza y el estatus, o el éxito en una carrera, por sí mismo, sin la correspondiente traducción en hijos
Por otro lado, hemos creado una sociedad que penaliza el tener hijos, los hijos son cada vez más un estorbo y una carga.
Y también nos estamos cargando la distribución del trabajo que ha sido universal en sociedades tradicionales (cazadores y recolectores) Ahora todos salimos a cazar a esa selva que es el mundo laboral

Pitiklinov dijo...

Ah! y me olvido de los estímulos supernormales (Tinbergen). Nos pasamos la vida persiguiendo estímulos supranormales en vez de las cosas reales. El caso más extremo de todo ello es Japón
Este documental sobre Japón es impresionante, el Imperio de los sin sexo:
http://www.youtube.com/watch?v=OAsh-xkblpQ

Masgüel dijo...

"Creo que el problema más grande es que estamos desconectando las causas próximas de las causas últimas (anticonceptivos, por ejemplo)."

Por el contrario, creo que ese es un logro, salvo que tu "estamos" sea un plural mayestático y te refieras al artículo de la entrada, porque efectivamente ese es su problema. No hay tal cosa como "una líbido oritenta a la reproducción". Los animales no saben que el follar está relacionado con el parir y cada cultura humana parece competir en elaborar la fantasía más peregrina al respecto. El deseo sexual y la decisión de tener hijos cuando se cuenta con medios tecnológicos para evitarlo, son completamente independientes.

P.D. Sin descendencia conocida estoy vasectomizado y todavía me deleitan los andares de las jovencitas.

Masgüel dijo...

Pitiklinov, Japón ya es Futurama:
http://vimeo.com/12915013

Bitácora Beagle dijo...

Pitiklinov, estoy totalmente de acuerdo contigo. Aunque la gente que tiene muchos recursos, sí que tiene más hijos. Somos los que andamos como burros detrás de la zanahoria, los que salimos a cazar todo el día porque nos dan un estímulo que intentar conseguir pero que nunca alcanzaremos, los que nos vemos afectados por lo que expuse en el artículo, y entonces (muchos) "decimos" no tener hijos.
Masguël, no quiero decir que haya una "líbido orientada a la reproducción" distinta de "la otra", si no que el plantearse tener hijos pueda afectar a nuestra líbido. Por supuesto que un animal no se lo plantea, pero nosotros sí podemos. Aún así, lo que quiero decir en el artículo es que se produce una bajada de la líbido (y de la calidad de los espermatozoides, la probabilidad de implantación del zigoto, etc...) en general debido a las condiciones de estrés laboral que tenemos.
Pitiklinov, lamentablemente sí conozco esos casos de Japón y me vi ese documental. A ellos iba dedicada esta frase "no renuncia a la sexualidad, aunque hay otros que sí –lo cual sí que es aberrante"...
Un saludo y gracias por comentar

Miguel Figueroa Ingunza "Yana" dijo...

Nuevamente estoy de acuerdo contigo y varias veces en este artículo.

Charly dijo...

Fantastico, me ha resultado fascinante este articulo. Acabo de tener bastante mas claro el porque de mi deseo por no tener hijos a pesar de que en la actualidad poseeria los resursos para hacerlo.
Has estructurado las intuiciones que tenia acerca del asunto. Basicamente, junto con otros aspectos de mi trayectoria vital, creo que no estoy adaptado a la vida moderna. El stress y los problemas que conlleva me hacen infeliz y los infelices/angustiados/etc... no solemos mostrar muchas ganas de traer niños al mundo. Creo que eso tiene bases evolutivas como bien dices.
Lo siento por mi pareja(ella si quiere y se mereceria tenerlos) y porque me disgusta profundamente la cuestion de"si se esta evolucionando en la direccion adecuada", ya que como bien pones de relieve vamos camino de convertirnos en animales de granja.

Ya paro de hablar de mi :-)
Lo mejor que he leido en mucho tiempo. ¡Bravo!

Clara Peregrín Pedrique dijo...

Total, q en el futuro viviremos en el mundo de notarios y altos funcionarios del opus ( los q hoy x hoy tienes tropas de hijos y q se lo pueden permitir...). Pobrecitos mis niños, qué futuro les espera!!! Pd: yo no quería tener hijos xq me parecía egoísta traer personas a un mundo q no sé si vale la pena. Mi hombre me convenció para tenerlos.... Los amo, xo sigo pensando que ha sido una decisión egoísta.

Pangui dijo...

¿Se han hecho estudios en gemelos idénticos comparando la cantidad de hijos que tienen? Digo, como para darle peso a la afirmación de que la propensión a tener hijos está controlada genéticamente por sobre las influencias culturales.

Mi idea no es retomar el poco-productivo debate nature/nurture, pero sería esperable, por ejemplo, ver que la cantidad de hijos es una variable más o menos estable dentro de un mismo árbol genealógico.