sábado, mayo 31, 2014

La cara oculta de las relaciones familiares

El odio entre parientes es más profundo
-Tácito, Historias, IV, 70

Robert Trivers con su teoría del conflicto entre padres e hijos nos dio una herramienta para entender el conflicto dentro de las relaciones familiares, también entre hermanos. La clave es entender la genética de estas relaciones, ya que un lado (los hijos) tienen la tentación de tomar más de lo que les corresponde y el otro (los padres) de dar menos. La explicación es que los padres están relacionados con los hijos en una relación de 0,5 (sólo comparten la mitad de sus genes) mientras que la relación del hijo consigo mismo es de 1 (ni los padres ni un hermano comparten los genes al 100%). Según la visión de la evolución centrada en el gen, genes diferentes equivale a intereses diferentes, e intereses diferentes a conflicto (el mismo cáncer es un ejemplo de esto, células que han mutado y se han hecho diferentes de manera que sus intereses ya no coinciden con los del organismo). Una predicción de esta teoría -que no  sé si ha sido estudiada- es que los hermanos gemelos monocigóticos deberían llevarse especialmente bien y tener menos conflictos entre ellos, ya que comparten el 100% de los genes.

El conflicto entre padres e hijos empieza ya desde el feto, como demuestra el caso de los “genes impresos” (parental imprinting) según el cual los intereses de los genes del padre y los de la madre no coinciden. Cuando se ha estudiado esto en el laboratorio con ratones los genes del padre producen fetos grandes con cabeza pequeña y los genes maternos fetos pequeños con cabeza grande. David Haig ha estudiado todo este tema del conflicto madre-feto, que no es mas que un resultado del conflicto entre los intereses (genes) de la madre y el padre. Un yo dividido es parte de nuestra naturaleza humana.

Pero vamos a ver otros ejemplos y consecuencias de esta dinámica tan simple. En especies como los ratones, en las que las hembras dan a luz varias camadas a lo largo de la vida, las madres administran sus recursos en función de la descendencia potencial que les queda por producir y de las condiciones del ambiente. Esta es la fría lógica de la evolución. Si es la primera camada y los tiempos son malos (no hay comida), no merece la pena invertir en esos hijos y es mejor esperar a otra estación más rica en recursos. Si es la última camada compensa echar el resto y poner toda la carne en el asador para intentar sacarlos adelante porque no habrá más oportunidades.

Entre los lobos marinos, muchas hembras dan a luz un segundo hijo mientras el anterior tiene de uno a dos años de edad. Puede ser una buena idea si es capaz de alimentar a los dos, pero en muchas ocasiones no es así y el segundo muere de hambre. Algunas especies de pájaros, como pelícanos y águilas negras, también producen dos crías por nidada de forma secuencia, con un tiempo entre una y otra. Para cuando nace la segunda cría, la primera está más desarrollada y lanza un ataque contra la segunda a picotazos, en lo que los biólogos llaman “fratricidio obligado”. En una observación de águilas negras el primero lanzó 1500 picotazos contra el más joven hasta matarlo, mientras los padres contemplaban impasibles. Pero las hembras de lobo marino que producen un segundo hijo rápidamente y dan con una época de bonanza van a tener éxito en el juego reproductivo de la vida y van a desplazar a las madres que esperan a tener la segunda cría después de destetar la primera.

El principio que parece regir estas conductas es: cuida a tus hijos en época de bonanza y abandónalos en tiempos duros. Las madres lobo marino o águila negra no sienten culpa ni depresión acerca de este abandono. No existe razón para que la selección natural favorezca tal psicología, y sí muchas razones para seleccionar en contra de ella. Lo que el reino animal nos revela es que el ambiente alimenticio del cuidado parental es también la arena para la violencia. Donde hay cooperación hay competición, y, muchas veces, es letal. Utilizando modelos de teoría de juegos y otros, los biólogos teóricos han establecido las condiciones en las que el infanticidio y el fratricidio deberían ser obligatorias, más que facultativas. También calculan las condiciones en las que los padres invertirán o no , según las condiciones o la estación, y tienen sus reglas matemáticas que caracterizan los principios por los que se producirá daño o ayuda dentro del contexto de la dinámica familiar.

Los humanos no somos ajenos a esta lógica y compartimos con los animales los mismos principios y parámetros en el contexto del cuidado parental, como muestra la existencia del aborto y el infanticidio en tiempos históricos y actuales, o un hecho de actualidad en estos momentos como son los “asesinatos por honor”. Históricamente el infanticidio solía (y suele) ocurrir cuando el niño tenía signos de enfermedad, cuando la madre no tenía pareja que aportara recursos (y tener un hijo complicaba el hecho de que pudiera conseguir una pareja en el futuro), o en tiempos de hambruna. Dedicar recursos a un hijo enfermo, o en un frío invierno sin comida, suponía que ese hijo se iba a morir y que la madre habría gastado inútilmente fuerzas que no podría invertir en futura descendencia. La evolución no favoreció esas conductas. En las condiciones en las que nuestra especie evolucionó ni el infanticidio ni el fratricidio eran necesariamente aberraciones y serían desencadenados por condiciones extremas. Dado que los recursos paternos para invertir son limitados, dedicarlos a un hijo es retirarlos de otro, dedicarlos a un hijo actual es retraerlos de potenciales hijos en el futuro y la tendencia de los padres es optimizar esa distribución.

En definitiva, el modelo teórico de Trivers del conflicto padres-hijos nos ofrece una herramienta para mirar el lado oculto de las relaciones familiares, una manera de pensar y de entender la dinámica del conflicto familiar en base a los conflictos de intereses genéticos.

@pitiklinov

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