jueves, mayo 22, 2014

La Teoría de la capa y el error de Beethoven


Somos malos, tremendamente egoístas, únicamente preocupados por nuestro más estricto interés. Queremos que nuestros genes se multipliquen a toda costa, por lo que no nos importa realizar cualquier acción, por execrable que sea, para conseguir nuestros objetivos. El fin justifica los medios. Somos simios maquiavélicos, dominados por nuestros cerebros animales, por nuestra naturaleza primitiva, instintiva, animal; vencedores milenarios de una durísima competición por la supervivencia: o matas o mueres. Nuestra naturaleza ancestral es inmutable (o al menos muy lenta), innata, grabada a fuego tras eones de evolución, pero es tosca, brutal, poco refinada, inflexible, incapaz de cualquier aprendizaje, a lo sumo, domesticable. 

Y entonces se hizo la luz: apareció la cultura. Nuestro cerebro evolucionó y aparecieron las funciones cognitivas superiores y, con ellas, el sentido moral. Aparecieron principios de justicia, igualdad, generosidad... El hombre se domesticó y se hizo bueno; llegó el contrato social hobbesiano, un pacto en el que renunciábamos a nuestra naturaleza animal agresiva para abrazar lo puramente humano. Llegó el superego, las normas sociales, la cooperación, culminando todo el proceso en el acto moral supremo: la Declaración Universal de Derechos Humanos. Lo cultural es racional, inteligente, preciso, refinado, flexible, creativo.

Todo mentira. Frans de Waal, desde una perspectiva puramente darwiniana, nos pone en alerta ante este esquema simplificador y lastimosamente erróneo. Él lo llama la "teoría de la capa". Siguiendo este discurso, tan arraigado en el pensamiento occidental, da la impresión de que el hombre es una dualidad entre nuestra naturaleza animal (y mala) y nuestra naturaleza cultural (y buena); a un núcleo biológico se superpone una "capa" cultural, y cuanto uno más se aleja del núcleo más bondad encuentra. Se abre así una brecha, un "abismo ontológico" entre naturaleza y cultura. Y el primer gran problema surge cuando nos preguntamos por el origen de ambas sustancias. La parte animal no trae problemas: viene de la evolución, es lo que nos emparenta con las amorales bestias de la jungla. Pero, ¿cuál es el origen de la cultura? No puede provenir del mundo animal porque se opone a él, porque es su contrario. Únicamente nos quedaría apelar a una intervención divina: Dios cogió a un primate (o a otro ser vivo anterior, quién sabe) y le insufló el alma, siendo el alma, precisamente la causa de la cultura y de la moralidad. 

De Waal rompe este dualismo, mostrándonos una ingente cantidad de ejemplos de conductas morales en los animales. El mundo animal no es ese terrible infierno de lucha constante, todos contra todos, para sobrevivir y reproducirse. Se ha exagerado demasiado la expresión darwiniana de la struggle for life. En la naturaleza hay competición a vida o muerte sí, pero también hay alianzas, amistades, altruismo, cooperación, empatía... Y es que estaba claro que si queremos sostener una perspectiva naturalista, la cultura debe ser una extensión o una continuidad de la naturaleza porque ¿de dónde puede surgir la cultura si no es de la misma naturaleza? Y en el mismo sentido, ¿por qué la cultura debería ser una oposición a la naturaleza, lo contrario a la madre que la trajo al mundo? De Waal denomina a este planteamiento dualista como el error de Beethoven. Suele contarse que el genial músico alemán compuso gran parte de sus mejores piezas musicales en lugares éticamente reprobables: burdeles, tabernas, casas de juego y demás antros de mala muerte. El error de los que piensan que la moral no puede tener su origen en el simio porque el mundo animal les resulta bestial y salvaje, deberían pensar que las obras de Betthoven no pueden representar lo más alto del espíritu humano simplemente por ser originadas entre prostitutas y borrachos. El error consiste en inferir que de un origen "malo" no puede salir nada bueno. 

Robert Wright, matizando las tesis de De Waal, nos da una gran clave para entender mejor la continuidad naturocultural. Los primates, para sobrevivir, dependen de complejas relaciones sociales. Así, si un macho beta quiere ganar la partida a un macho alfa, siendo más débil que él, le conviene establecer alianzas con otros machos menores. Estas interacciones suponen un esfuerzo racional: hay que hacer planes estratégicos, evaluar posibilidades y fuerzas en conflicto. Sin embargo, la naturaleza puede crear un atajo que libre de tan engorroso esfuerzo: las emociones. El macho beta, al saberse más débil que el alfa, se siente inseguro. Y esa inseguridad le hace dedicar más tiempo a buscar consuelo y apoyo en otros congéneres. La inseguridad te hace pedir ayuda a otros, te hace reforzar alianzas, consiguiendo los mismos resultados que con el cálculo racional. De este modo, el macho beta se ahorra razonar. ¿Es razonar algo cultural, opuesto a sentir, algo natural? No, son dos formas de conseguir lo mismo. Tenemos las mismas razones para englobar como naturaleza el cálculo racional que el sentir emotivo. Y es que la división entre naturaleza y cultura es muy problemática y, quizá, partir de una oposición radical entre ellas ha traído más confusión que claridad a muchos problemas.


3 comentarios:

Pitiklinov dijo...

excelente síntesis Santiago!

Lansky dijo...

Me gusta De Wall, aunque este último libro suyo aún no lo he leido, pero creo que 'alancea moros muertos' como se dice en el poema de Mio Cid a los que se hacen brabucones ante peligros ya conjurados. Qiero decir que esa dualidad nturaleza-cultura está ya superada, si no en la 2cultura", sí en el pensamiento serio, como lo está la dualidad de mente-cuerpo y otras cartesianas del estilo

Un saludo

Pitiklinov dijo...

No creas, Lansky, no sé en qué ambientes te mueves tú pero yo todavía me encuentro con muchísima gente que sigue pensando de esas maneras que , como dices y estoy de acuerdo contigo, están ya superadas. Una postura como la de De Waal todavía no es mainstream :)