lunes, octubre 24, 2005

Conflicto interior, los valores morales y la coherción del estado

He estado leyendo un ensayo (PDF) sobre el premio Nobel de economía de este año Thomas Shelling. Uno de los intereses de Thomas son los aspectos de la economía mas próximos a la psicología, como los son la economía del comportamiento (Behavioural economics) y teoría sobre el autocontrol, cosas que a mi también me interesan.

Este artículo que he leído me ha parecido sugerente en los problemas planteados. Shelling consume la mayor parte del tiempo maravillándose, contando con los ejemplos mas variados, acerca de que hacer y que pensar moralmente acerca de una persona, que podemos ser nosotros mismos, que constantemente tiene un dilema entre dos personalidades con dos objetivos distintos, como somos todos nosotros: La personalidad que piensa y actúa a corto plazo y la personalidad que actúa a mas largo plazo.. Además se pregunta sobre el dilema moral acerca de cual de esas dos personalidades ayudar cuando se produce un conflicto de esta tipo en otras personas. El ejemplo que mas cita es el del héroe de Moby Dick que pide que se aplique fuego a sus heridas para cauterizarlas y a continuación, cuando los compañeros están haciendo eso, el héroe pide desesperadamente que se detengan

Shelling plantea una solución en un caso particular: Cuando la persona no está en si misma, por ejemplo cuando está dormida después de haber sonado el despertador, o cuando está exaltado por un impulso o pasión pasajera, entonces tenemos claro cual es la acción a tomar: Hacer que la persona vuelva en sí . En el primer caso, despertándolo, En el segundo caso, deteniéndolo. Tomamos así la opción de favorecer la postura a largo plazo y frustrar la personalidad perezosa o airada que piensa a corto plazo.

Sin embargo, el sistema legal plantea situaciones, dice Shelling en el que hace irreversibles ciertas decisiones aún tomadas en un momento irreflexivo: apuntarse en el ejército, casarse. Hay ciertas decisiones que el sistema legal protege de decisiones precipitadas, por ejemplo, esta prohibido casarse de noche. Sin embargo plantea que en ciertos casos las salvaguardias pueden ser de más largo alcance: Obligar por ejemplo, a que una decisión importante se deba tomar varias veces en el mismo sentido, espaciado por un intervalo de tiempo.

Shelling también plantea si el estado puede usar su fuerza de coerción para favorecer ciertos dilemas personales (desde fumar-no fumar a morir-vivir etc). Por otro lado, la ley actualmente prohíbe que alguien contrate con otros condiciones que restrinjan su propia libertad para hacer cosas, por ejemplo, confinándose voluntariamente bajo la vigilancia de terceros por un tiempo determinado, con la condición de que no hagan caso de sus cambios de parecer. Por ejemplo, para que no coma y adelgace etc. Pero hay casos en los que por su bien es necesario no hacer caso a la persona cuando cambia de opinión, y para ello cita el caso recurrente de Moby Dick, cuando uno de los protagonistas pide cauterizar su herida con fuego; y cuando lo están haciendo pide que se detengan, pero lo adecuado es seguir. Y en eso nadie tiene duda. Por que? Shelling no da ninguna pista de por qué en este caso es así y en el caso de que alguien nos confine a la fuerza para que adelgacemos, bajo deseo expreso, plantea dudas sobre su moralidad.

Con lo cual el dilema moral depende del caso y queda no resuelto. Este último ejemplo visualiza un tipo de conflicto entre las dos personalidades cuando se alternan en el tiempo: La personalidad a largo plazo puede decidir que después de comer no fumará para estar saludable, aunque sepa que probablemente, en el momento de comer la personalidad a corto plazo aparecerá y fumará. La personalidad a largo plazo decide lo que va a hacer en el futuro porque la personalidad a corto plazo no valora ese hecho futuro y no desencadena un conflicto en ese momento. Lo hace cuando ha llegado su hora y esa decisión hay que obedecerla. En ese momento es cuando la visión a corto plazo es más difícil de vencer. En resumen la visión a largo plazo domina cuando se planifica el futuro y la visión a corto plazo es dominante cuando la acción se ejecuta. Una y otra suelen estar en conflicto.

Shelling además da una receta importante: Paradójicamente, aún en plena libertad, nuestro compromiso en limitarnos nos hace mas valiosos para los demás. Si restringimos nuestra conducta obedeciendo las convenciones que se esperan de nosotros, si nos obligamos a cumplir promesas y cumplir contratos, nuestro valor para los demás aumenta y nuestra situación por tanto mejora..

El resultado me parece pobre y eso es, probablemente porque este autor no hace uso de ciertos conceptos. Sus dudas, idas y vueltas se resuelven desde el momento en que se comprende que, dicho de una forma que matizaré, es moralmente lícito lo que nos interesa en un sentido social. La selección natural hace moral todo aquello que beneficia nuestra supervivencia y reproducción, y nos hace sentir como correctas y legítimas las conductas que son acordes con esto. Lo que nos interesa ahora de los demás es que estos estén en la mejor disposición de ayudarnos en el futuro. Por eso no hacemos caso de los gritos del herido cuando aplicamos el fuego en su herida, coartando de esta manera su visión a corto plazo, pero, por el contrario, también es la causa de que exaltemos al futuro héroe que en un arrebato da un paso al frente manifestando su intención de ser voluntario en una misión arriesgada de la que dependen nuestras vidas. Puede, y lo sabemos, que dentro de un momento se arrepienta, pero nadie duda de la moralidad del acto primero, todos le alabaremos y nos mostraremos satisfechos de que lo lleve a cabo. Por tanto, no siempre favorecemos el estar en uno mismo, ni siempre favorecemos la visión a largo plazo de los demás, aunque generalmente sea esa visión a largo plazo la visión de los demás que nos favorece en la mayor parte de las ocasiones: Detendremos a un suicida sin pensarlo, porque nos parece una obligación. De la misma forma que, si lo vemos factible, disuadimos a un amigo de fumar o de comenzar una pelea en la que nosotros no tenemos beneficio ni perjuicio y nuestro amigo puede estar en peligro. En el primer caso alguien muerto nunca nos podrá ayudar. En el segundo el amigo es más valioso si conserva su integridad.

Más allá del cinismo que aparenta lo anterior, hay que clarificar que nosotros actuamos a menudo debido a sentimientos morales o emocionales que nos parecen justos y alejados del egoísmo, pero esos sentimientos morales que nos invitan a responder de una determinada manera han aparecido en nuestra actividad cerebral porque los genes que codifican los circuitos cerebrales que desencadenan esos sentimientos y conductas han sido mas eficaces que otras alternativas para la supervivencia de nuestros antepasados. (Habría que añadir: en el ambiente primitivo en el que hemos evolucionado).

¿Es esto la negación de toda moral tal como es entendida por la moral natural, tal como establecen las tradiciones? ¿Es esto relativismo llevado a sus extremos de manera que nadie ni siquiera los relativistas pueden aceptarlo?. Por ejemplo, entre dos intereses contrapuestos tan distintos como un ladrón y una persona a la que se está robando, ¿la moral que destila el darwinismo es ciega y no distingue entre los valores de ladrón y la víctima, ambos egoístas y por tato persiguiendo iguales fines morales de acuerdo con el razonamiento anterior?. No, porque la moral y los valores propios es en sí un valor para los demás, de manera que mi forma de juzgar en este ejemplo, si fuera neutral y yo no expresara voluntad alguna ni impulso moral por favorecer a la víctima, y lo manifestara así y los demás que nos rodean y nos pueden ayudar en el futuro lo saben, nuestras posibilidades de supervivencia y reproducción estarían seriamente dañada, ya que nadie nos ayudará porque los demás no esperan de nosotros que les ayudemos en las mismas circunstancias. Por tanto en la vida en sociedad la moral y los valores de cada uno, pese a estar anclados en una base profundamente egoísta, encierran una reciprocidad y tienen unos contenidos consensuados en la medida en que favorecen al grupo social en su conjunto y no el meramente a cada individuo. Este efecto es consecuencia del beneficio que para los fines egoístas de supervivencia y reproducción tiene la colaboración.

Por tanto la teoría de la evolución aplicada a la psicología humana no niega nuestras intuiciones morales sino que las explica perfectamente, como no podía ser de otra manera, ya que son el resultado de un proceso de selección natural y resultado de un proceso espontáneo de ajuste para la colaboración. Por tanto el derecho natural, las concepciones tradicionales están perfectamente a salvo y niega el relativismo moral de una forma que no podría objetar ni el más consecuente de los teólogos y moralistas. Pero he aquí que el darwinismo, de una forma típica y descorazonadora, da una muestra de que su motor tiene un origen amoral y es incompatible con la idea de un Dios bondadoso creador de todo. Al menos sin contemplar asimismo, como contrapeso, a algo así como el Diablo. La evolución natural que crea los valores morales sociales, tiene en si misma el diablo que pervierte esos mismos valores:

Al ser los valores de cada uno un indicativo del valor de cada uno para los demás en cuanto a su capacidad de devolver favores, respetar promesas y convenciones sociales etc (de ahí en parte la palabra valor aplicada a las cuestiones morales), una consecuencia inmediata del carácter básicamente egoísta de la psicología humana es la exhibición de dichos valores. Exhibimos ostentamos y exageramos nuestros valores morales (fidelidad, lealtad, altruismo, capacidad de sacrificio etc) de la misma forma que exhibimos nuestra inteligencia, fuerza, dotes organizativas etc con el mismo propósito de ser más valiosos para los demás, aumentar nuestro status y en resumidas cuentas, aumentar nuestras posibilidades de supervivencia y reproducción. No puede ser de otra forma ya que esas son conductas y esa es una psicología favorecida por selección natural. Y eso es lo observado. Nos autoengañamos sobre nuestras capacidades morales como nos autoengañamos sobre otras capacidades para favorecer nuestra capacidad de engañar a los demás acerca de esto. Aunque no mucho, ya que los demás detectarían el engaño si este fuera exageradamente fuera de la realidad y comprometiera nuestra credibilidad para siempre. En este nuevo equilibrio siempre habrá distintas estrategias y distintos niveles de autoengaño, con los dos extremos presentes, desde la sinceridad absoluta y autocrítica personal permanente hasta el engaño fuera de la realidad. Ambos patológicos. En realidad somos menos cumplidores de la moral pública de lo que aparentamos. Pero eso no lo remedia ninguna moral alternativa.

Por tanto, en el caso de un conflicto de una persona consigo misma lo que se siente como obligación moral para con ella es hacer aquello que mas beneficia al grupo que estamos considerando, no lo que beneficia a la persona, ya que lo que beneficia a esa persona en ese caso es indefinido, por definición de conflicto consigo mismo.

Vamos ahora con el uso del poder coercitivo del estado para favorecer la moralidad de los individuos, por ejemplo, prohibiendo el alcohol, las drogas etc. Está claro, como dice Schelling, que la prohibición coactiva ayuda a muchos individuos a conseguir sus objetivos individuales de llevar una vida más acorde con sus deseos más virtuosos a largo plazo, como por ejemplo, dejar de consumir drogas etc. Pero, al mismo tiempo anima a otros a entrar en esas conductas, porque la coacción social utilizada para la prohibición genera nuevas condiciones: Por un lado los productos, las sustancias y los comportamientos prohibidos pasan a ser un signo de estatus en sus poseedores, lo cual crea altos precios y un mercado que se alimenta de la misma prohibición. Por otro lado, la estigmatización de esas conductas corrompe la norma moral, la aleja del legítimo ámbito de conflicto, que es la conciencia de cada uno y lleva afuera, al ámbito de la política, el proceso de decisión propio del individuo, con lo que se produce una especie de regreso a una conciencia moral similar a la de la infancia, tutelada por un ente paternalista: el Estado. Por lo tanto los valores personales, que son fuente de la convivencia y su posesión algo por lo que las personas compiten en ofrecer a los demás, desaparecen y son sustituidos por un totalitarismo planificador que determina las vidas de personas sin libertad. Y eso ocurre aún en el caso de que esas prohibiciones hayan sido tomadas por sus representantes votados democráticamente.