martes, noviembre 29, 2011

La identidad social (entrevista a José Francisco Morales)

Cuando miramos al pasado de nuestra especie, incluso al más cercano en el tiempo, vemos conflictos a todos los niveles, del interpersonal al grupal. Horrorizados, aún contemplamos el espectáculo diario de agresiones sexuales, robos a mano armada, abuso de autoridad, suicidios, peleas callejeras, torturas sádicas, actos terroristas, violencia entre grupos de jóvenes,  guerras entre Estados, genocidios perpetrados por supuestos representantes de culturas, etnias, razas, religiones, partidos o incluso clases sociales...etc. La lucha por el poder y por los recursos. y la influencia perversa de determinadas creencias sobre el mundo y sobre el mundo social circundante compartidas por grupos enteros se combinan de forma óptima para lograr un resultado social subóptimo: si la competencia, no se canaliza hacia formas voluntarias de intercambio y jerarquías meritocráticas, y las creencias no inciden en los aspectos universales, sino que refuerzan los mitos del bien y del mal como realidades, respectivamente endo y exogrupales. no es posible que la sociedad humana tomada como conjunto sea justa, próspera ni que existan otra armonía que la lograda a costa de la subyugación de los demás ni otra paz que la armada.
Los seres humanos tenemos una tendencia innata a clasificar bipolarmente a los otros seres humanos: como conocidos y desconocidos. Los bebés aprenden pronto a temer a los extraños. Se da en ellos ese curioso fenómeno del apego. Pero la cultura en la que uno nace refuerza esa tendencia y la tiñe con los colores del endogrupo y el exogrupo, crea en cierto modo al individuo, pero ese individuo lo es en relación con los demás, es hijo de, hermano de, primo de; y saliendo de la familia, de tal religión, de tal raza, de tal etnia, de tal país, habla tal lenguaje, asiste a tales o cuales eventos grupales, se va formando en los grupos por y para los grupos, aunque al hacerlo lo que busque, biológicamente, sea su propio beneficio: su adaptación al grupo es la perfecta adaptación al ambiente darwiniana, y del triunfo o fracaso del grupo en sus objetivos, así como del desempeño del individuo en su función social dentro del mismo, depende el que el individuo triunfe o fracase como ser social y como proyecto evolutivo.
En tiempos primitivos, en los que grupos de cazadores-recolectores recorrían el terreno en busca de sus medios de subsistencia se debieron de producir conflictos bastante atroces para delimitar los territorios respectivos de caza y recolección de los distintos grupos humanos. También entonces se crearían los símbolos que distinguían a unos de otros, los totems, las vestimentas, y, en fin, las distintas formas de hacer las mismas cosas y las distintas formas de dar sentido a los mismos misterios cósmicos,  que llevaron a distintas culturas. El intercambio también debió de surgir entre los grupos, cuando se daban situaciones que permitían el acercamiento. Probablemente comenzaría un intercambio de miembros entre grupos para evitar la endogamia,  y puede que fuera acompañado de intercambio de presentes, que representarían a cada cultura particular y sus logros, en ajuares, por ejemplo. Pero las diferencias prevalecieron y se reforzaron, y de la prehistoria al día de hoy el mundo ha sido testigo de cómo una especie sacrificaba en el altar de la identidad de los distintos grupos a gran parte de sus miembros, generalmente los de sexo masculino, más aptos para los enfrentamientos físicos y menos valiosos como generadores de descendencia, y llamaba a ese gran sacrificio Historia Universal. Esta visión trágica y sangrienta puede servir de contrapeso a los que ensalzan las maravillas de la civilización. Ciertamente, el hombre ha sido capaz de realizar obras de gran belleza, por esa diferenciadora cultura, y de crear artefactos sumamente útiles para la supervivencia, azuzado por la necesidad y también por la competencia.
En nuestra mente está grabado ese pasado. Categorizamos socialmente. Nos definimos por nuestros grupos. Sentimos, en muchas ocasiones, más el nosotros que el yo. El individuo, el ser dotado de identidad personal, resulta de la mezcla de una pluralidad de identidades sociales diferentes que compiten dentro de su mente. Habiendo evolucionado también la cultura, y a pasos agigantados si se compara con el parsimonioso paso de la evolución biológica, la diversidad lo ha hecho también, y desde el momento en que los intercambios fueron mayores las opciones identitarias fueron mayores y el individuo se fue haciendo más individuo, su identidad más personal y menos social. En el pasado había pueblos. y ahora tenemos individuos. Pero como decía al comenzar este párrafo, en nuestra mente está grabado ese pasado y no podemos dejar de categorizar a los extraños según les vemos, dentro de categorías más o menos inclusivas: `por su color de piel, por su modo de vestir, por su aspecto físico más o menos agradable, por su edad, por su sexo, por su forma de hablar, por sus ademanes....etc.  ¿Es de los míos o no?, se pregunta nuestra mente primitiva a cada instante...milésimas de segundo después tratamos de esbozar un juicio razonado.
Es por eso que conceptos tales como identidad social o categorización del yo, introducidos por los psicólogos sociales Henri Tajfel y John C. Turner, que algunos científicos sociales han considerado fuera de lugar, puras abstracciones vacías de contenido, son de enorme valor explicativo e incluso predictivo. Somos seres sociales, animales sociales, pero, como ya hemos señalado aquí en alguna ocasión, también animales grupales. Distingo aquí entre social y grupal, entendiendo lo primero como algo más inclusivo, y lo segundo como algo más exclusivo, y excluyente.
Steven Pinker defiende en su último libro, con datos bastante sólidos que, en conjunto, la violencia se ha reducido desde nuestros orígenes hasta nuestros días. Sigue, sin embargo, existiendo en nuestro acervo genético y por tanto en el cerebro que crea y las conductas que se suscitan un elemento de violencia. Pero quizás en el entorno social actual se puede canalizar de forma tal que se de una menor proporción de agresiones, sean del tipo que sean.
Sea como fuere todo pasa por una transformación en nuestras categorías e identidades, en nuestras individuaciones, socializaciones y en la clase de grupos que formemos y el modo en que interactúen.
Un gran conocedor en nuestro país de estos conceptos (identidad, categorización)-que son a su vez realidades bien contrastadas- es el Catedrático de Psicología Social y de las Organizaciones de la UNED José Francisco Morales. Autor de numerosos libros y artículos sobre psicología social, ha publicado recientemente, junto con Fernando Molero, un libro del que ya hemos tenido ocasión de hablar aquí Liderazgo: hecho y ficción.  En él descubrí el trabajo de Mark van Vugt sobre la evolución del liderazgo y el de Alexander Haslam y sus colaboradores (que escriben uno de los capítulos).
¿Y qué tiene que ver la identidad social con el liderazgo? Puede preguntarse alguien. En la entrevista a Haslam se esboza una respuesta. Los grupos humanos normalmente funcionan mejor con líderes (depende, por supuesto, de naturaleza y finalidad del grupo, pero los grupos digamos más necesarios requieren de esa figura). Los líderes son los que guían hacia el futuro, los que miran hacia delante con una especie de "visión ciega", pero lo hacen no a título individual, sino como representantes prototípicos del grupo, como canalizadores y gestores de la identidad social de sus miembros. 
El Profesor Morales ha tenido la amabilidad de contestarnos algunas preguntas sobre estas cuestiones.

1.-¿Qué son las identidades personal y social? ¿Cómo se relacionan entre sí? ¿Qué dicen de nuestra naturaleza?
Es difícil contestar con brevedad a una pregunta de esta naturaleza, pero lo voy a intentar. La identidad, así, en general, es un proceso psicológico fundamental para la persona porque es el que permite que los demás nos reconozcan y nos traten con el respeto y la deferencia que merecemos como personas.
La distinción entre identidad personal e identidad social es más bien de tipo epistémico. Quiero decir con esto que la persona tiene en cada momento una identidad concreta, aquella con la que los demás la reconocen. En algunos casos, esa identidad será personal, en otros casos será social.  Podemos distinguirlas analíticamente pero no existen como algo separado en la persona.
La identidad personal no se comparte con nadie. Cada persona es única. Si quisiéramos utilizar una metáfora, diríamos que es como la cara de la persona. Cada persona tiene su cara que nos permite identificarla una vez que la conocemos. Pues bien, cada persona tiene su identidad personal, es algo que la hace irrepetible.
La identidad social se comparte con otros, generalmente con personas con las que uno mismo forma un grupo. La base de la identidad social es, por tanto, la pertenencia a grupos, y en la sociedad actual los grupos a los que las personas pertenecen son muy numerosos. Hay grupos de los que la persona no puede escapar, por así decir, su edad, su género, su nacionalidad, su familia, su religión, su trabajo (este último sería algo discutible). Son los grupos que se denominan de adscripción no voluntaria. Pero luego están los otros grupos: clubs deportivos, pandillas de amigos, las mafias, los grupos gangsteriles y delincuentes, las ONGs y un etcétera larguísimo e interminable. Estos grupos de adscripción voluntaria son muy importantes, aunque muchas personas creen que no. dan anclaje social a las personas.
A mi juicio, la identidad es necesaria para que funcione el vínculo social. El ser humano se constituye como humano precisamente por ser social. No hay ningún ser humano asocial, es  decir, que no sea el resultado de un proceso de socialización y humanización. Hay múltiples casos que lo demuestran, entre los que destacan los de los llamados “niños salvajes”, que subsisten al margen de la sociedad humana como organismos pero que no tienen características humanas.
La identidad permite que los demás nos reconozcan como humanos y que contribuyan a crear y a mantener nuestra humanidad. Esa es su principal función, a mi juicio, aunque no la única, desde luego.
2.-¿Cómo podría haber evolucionado a lo largo del tiempo la identidad en el ser humano, teniendo presentes grandes cambios como las revoluciones neolíticas, industrial o recientemente la de las comunicaciones?
Es difícil decirlo. Difícil porque carecemos de los datos precisos. A mi juicio, que comparto con Caporael, la autora que ha estudiado más a fondo esta cuestión, tuvo que haber primero una fuerte identidad social que eclipsaba a la identidad personal o la minimizaba de forma severa. Quiero decir que en ese estadio anterior a la revolución neolítica, la identidad personal era menos importante que la social, en la medida en que la dependencia de la persona con respecto a su grupo fue o tuvo que ser más pronunciada en esas primeras etapas del desarrollo de la humanidad. A medida que se fue imponiendo lo que se llama la “aceleración” del tiempo histórico, es decir, a medida que los cambios sociales fueron creando una sociedad más dinámica y compleja, la identidad personal adquirió un mayor desarrollo y complejidad de modo que puede en la actualidad oponerse con cierto éxito a la identidad social. Con esto quiero decir que la persona puede afirmar su identidad personal frente al grupo, si eso es lo que desea o a lo que aspira. El grupo no tiene el poder cuasi omnímodo que tuvo en el pasado.
Para hacer estas afirmaciones, me apoyo en la evidencia histórica acumulada. Cada revolución de las que mencionas trajo consigo cambios importantes en la estructuración de la sociedad que a su vez impactaron en la forma de las relaciones entre personas. Cuando se leen los libros de historia, se aprecia esto claramente. Pensemos, por ejemplo, en lo que significó la revolución neolítica con los primeros esbozos de sedentarismo y los primeros intentos de cultivar la tierra: un cambio drástico en la organización social, una modificación de las relaciones entre personas, la creación de nuevos tipos de grupo y la alteración de las identidades. Esto está muy bien descrito en los trabajos de Caporael.
Y si en lugar de la revolución neolítica, nos centrásemos en el paso del Imperio Romano a la Alta Edad Media, veríamos algo parecido. Ir periodo a periodo sería muy pesado, pero N. Elias ha estudiado de forma muy precisa cómo han ido evolucionando las formas de sociabilidad en la era moderna, aproximadamente desde el final de la Edad Media. En la obra de este autor es posible encontrar algunas respuestas a la pregunta que planteas.  
Las personas tienen en la actualidad múltiples identidades sociales y pueden jugar con ellas  de forma estratégica, lo que les permite a su vez desarrollar mejor su identidad personal.
A la larga, los cambios sociales radicales que han sufrido las relaciones entre personas dentro de las sociedades cada vez más complejas han contribuido a una mayor independencia de la persona, o, al menos, a unas condiciones más favorables para esa identidad, aunque no todas las personas las aprovechen.
3.-En psicología social se han estudiado a fondo los grupos y sus relaciones entre sí. Últimamente se está empezando a abordar la cuestión de las redes sociales, tanto las que surgen gracias a las tecnologías de la información como las que siempre han existido, parece ser, de forma natural. ¿Qué nos dicen las redes de a identidad social; qué la identidad social de las redes?
Los cambios sociales siempre traen consigo novedades fascinantes. Si me permites que introduzca aquí una de mis anécdotas históricas favoritas, recordaré aquella famosa reunión de grandes capitalistas que en Estados Unidos tuvieron ocasión de reunirse para discutir si financiaban el invento que Edison les proponía y que no era ni más ni menos que el teléfono. Entre chistes y risas de estos capitalistas, uno tuvo la feliz idea de sugerir que ese invento les vendría muy bien a las mujeres porque así, para poder cotillear, no tendrían ni que salir de su casa (risas).
A mi juicio, las redes sociales crearán nuevas formas de identidad social, todavía por descubrir. No soy partidario de jugar a futurólogo. Lo que pienso es que efectivamente hay un juego de identidades. Los que apuestan por pertenecer al grupo de adelantados a su tiempo, los que intentan ir más allá de los grupos ya conocidos para crear nuevos grupos a través de una nueva tecnología, son los que van a crear nuevas identidades para las que, a lo mejor, no están preparados. Piensa en cómo Jobs con su invento del ordenador personal cambió la identidad de IBM, que se vio obligada a crear el PC para poder competir y cómo eso modificó toda la industria del ordenador, desde los grandes ejecutivos al sector de ventas pasando por los ingenieros.
4.-La biología  evolucionista ha empezado a reconocer la importancia de los grupos en la evolución de las especies, pero lo ha hecho rodeando teorías erróneas sobre los grupos, que hablaban de que los individuos actuaban "por el bien de la especie". La Psicología Evolucionista y la Social están acercando posiciones. ¿Qué se aprecia en los grupos humanos de biológico, y por tanto susceptible de haber evolucionado, y qué hay en ellos de propiedad emergente exclusivamente social, y probablemente exclusivamente humano?
Esta pregunta incluye muchas preguntas anidadas. Para contestar, resulta necesario hacerlo de una en una.
Para empezar, creo que hay que subrayar que la biología evolucionista en general ha tendido a mirar de forma despectiva a la psicología, como si esta no existiese, no fuese necesaria o estuviese incapacitada para el trabajo científico. Es un reflejo del prejuicio reduccionista tan común entre los  científicos. Por eso, cuando la biología evolucionista, como tú señalas, afirma que los individuos actúan por el bien de la especie, se sitúa fuera del pensamiento científico, porque esa afirmación es tautológica, no se basa en una investigación científica y resulta vacía de contenido. Es evidente que la biología no tiene herramientas para poner a prueba esa afirmación.
Me explico: ¿qué es el bien de la especie? ¿quién lo define? ¿quién sabe a ciencia cierta en qué consiste? Y si ese persona existiese, ¿cómo podría probar que el individuo actúa por el bien de la especie? ¿Cuál podría ser la prueba de esa afirmación? Me refiero, claro, a una prueba contundente, válida con respecto a algún criterio científico, como por ejemplo que existe una relación entre presión y volumen de un gas. Desde luego, los biólogos evolucionistas no han aportado ninguna prueba de este tipo de esa afirmación que citas (Los individuas actúaban ·por el bien de la especie".)
Cuando dices que la psicología evolucionista y la social están acercando posiciones, supongo que te das cuenta de que has dejado atrás a la biología evolucionista. Estoy de acuerdo contigo en que cada vez más la psicología evolucionista adopta un enfoque social. Ello no significa que se aproxime a la psicología social. Hay que tener en cuenta que la psicología social tiene unas teorías, unos modelos, unas investigaciones, una metodología y un conjunto de resultados que ya en la actualidad presentan una notable solidez. La psicología evolucionista no tiene en cuenta ninguno de estos contenidos de la psicología social. Su aproximación social no proviene, por tanto, de la psicología social sino que la va elaborando de manera oportunista en función de las necesidades teóricas que va descubriendo sobre la marcha.
Desafortunadamente, la psicología social tiene todavía menos interés por la psicología evolucionista. Debo confesar que esto es algo que escapa a mi comprensión. La psicología social necesita anclarse en la psicología evolucionista, pero no lo hace. Nunca he podido entender el desinterés de los grandes psicólogos sociales por la aportación de la psicología evolucionista.
En los grupos humanos, lo biológico es fundamental. La razón es que nuestro cerebro ha evolucionado de tal manera que está dotado para captar las intenciones y emociones de los otros que nos rodean y para conseguir que los otros hagan lo mismo con nosotros. Se ve claro en el caso de los autistas, en los que falla una determinada función cerebral debido a unos déficits en el cerebro que impide que sean capaces de captar las conductas de los demás hacia ellos. Estos déficits y sus consecuencias impiden que la persona autista pueda contactar con los demás, que pueda prestarles atención y desemboca en una discapacidad que llevaría a la persona al aislamiento social y a la muerte si no fuera por la protección que le brinda la familia.
Esto es claro en el libro de Darwin sobre la expresión de las emociones en los animales y en el hombre, y en la obra del seguidor de Darwin que fundó el Interaccionismo Simbólico (G. H. Mead). Esa capacidad de representar al otro simbólicamente y de representarse a uno mismo en el otro, esa capacidad de comunicación a través de los símbolos, verbales, no verbales, paralingüísticos, es la base de la formación de grupo y, por tanto, remite a una base biológica y neuronal. 
Queda por contestar la pregunta de hasta qué punto el grupo humano ha evolucionado hasta llegar a sus versiones actuales como resultado de una evolución biológica. Se trata de una pregunta de gran interés para la que ahora mismo no tenemos respuesta.
Y ya para finalizar, me parece que lo que hay exclusivamente social y humano en el grupo humano es precisamente su capacidad para la deshumanización y la infrahumanización. Posiblemente en el grupo humano es donde encontramos esa capacidad para negarles a otros seres humanos su humanidad (deshumanización) o para rebajársela (infrahumanización). Volveremos a esto en la última pregunta.
5.-¿Qué es la categorización social? ¿Cómo se relaciona con la identidad social?
La categorización social es un proceso perceptivo básico que domina y controla la forma en que percibimos a los demás. No vamos a entrar ahora en su definición. Sencillamente diremos que sirve para hacer más rápida y económica la percepción de los demás. Consigue que no sea necesario conocer personalmente a alguien para saber (o suponer) cómo es y como debemos comportarnos con él o ella. Es decir, no percibimos a la persona A, a la que no conocemos, como una persona única e irrepetible, sino más bien como una persona que responde a las características de una determinada categoría: será, pongamos, mujer, de edad avanzada, pobre y discapacitada. De esta forma, podemos regular nuestra interacción con ella sin necesidad de conocerla personalmente.
La categorización es ubícua, es decir, es un proceso general y hegemónico en la percepción. Por supuesto, genera muchos errores, por simplificación, por sobreinclusión y por sobreexclusión. Pero tiene la ventaja de que es adaptativa. Ocurre de forma automática y es muy difícil incluso controlarla y evitar su influencia. Resulta prácticamente imposible olvidar que una persona pertenece a la comunidad musulmana aunque la conozcamos personalmente. La categoría “musulmán” se activará de forma automática en muchas ocasiones y escapará a nuestro control.
La categorización social es la base del grupo aunque, se debe insistir, en que se trata del grupo psicológico, el que interesa a la Psicología. No conviene olvidar que para los sociólogos el grupo es un conjunto de personas que comparten una característica sociológica importante, como la edad, el sexo, la profesión, la clase social, la nación y otras por el estilo. En cambio, en psicología, cuando se habla de grupo es para referirse a un conjunto de personas que comparten creencias, emociones y actúan de forma consensuada. Pues bien, sin categorización no hay grupo psicológico. En otras palabras, el grupo psicológico se crea cuando un conjunto de personas se categorizan consensuadamente como grupo y cada una de ellas se autocategoriza como miembro de ese grupo.
La relación entre categorización social e identidad social es muy estrecha. Digamos que la categorización social es anterior en el tiempo. Primero la persona debe categorizarse como miembro del grupo para poder pasar luego a identificarse con él. Para los psicólogos es muy sencillo: la categorización se enmarca dentro de la percepción mientras que la identidad remite a la motivación. Una persona puede categorizarse como miembro de grupo y, sin embargo, no identificarse con él. Esto sucede con las personas que recurren a operaciones de cirugía estética, por ejemplo: se saben feas y quieren huir del grupo de los feos. Pero es también el caso de los grupos nacionales que quieren dejar de pertenecer a una comunidad nacional más amplia de la que forman parte porque se les obliga (los escoceses y galeses en el Reino Unido, muchos flamencos en Bélgica, los lapones en Finlandia, y otros muchos que imaginas fácilmente).
Puede haber también casos, aunque menos, en los que una búsqueda intensa de una nueva identidad social genere una nueva categorización. Ocurre, por ejemplo, en los movimientos sociales, donde se trata de crear una nueva identidad de grupo que todavía no existe (ejemplo contemporáneo: los indignados). No puede haber categorización social porque el grupo no existe todavía, pero si a través de la acción social se genera una nueva identidad que antes no existía, entonces se crea un nuevo grupo que ya está disponible para sentar las bases de una nueva categorización. Como puedes ver, grupo y categorización van estrechamente unidos en un proceso muy dinámico, donde generalmente la categorización precede al grupo 
6.-Richard Jenkins, en su libro sobre identidad social, expone las ideas de Rogers Brubaker, que viene a decir que la identidad social es un constructo teórico sin ningún sentiido, una reificación. Pero como señala Jenkins, la identidad social importa. ¿Podría decirnos por qué?
Según la definición del diccionario WEBSTER, reificar es tratar una abstracción como algo que existe sustancialmente, o como un objeto material concreto. Al introducir este término en la pregunta, el énfasis se desplaza de los procesos psicológicos que estudia la Psicología Social (sobre los que versan las otras preguntas) a la teoría del conocimiento.
En efecto, la reificación es un concepto filosófico, que se reserva para aquellos casos en los que algún pensador le otorga existencia real e independiente a un concepto sin tener una base suficiente para ello. Ejemplos clamorosos  de reificación se han dado en la historia del pensamiento. Citaré dos de los más conocidos: en el romanticismo alemán se hablaba del “alma del pueblo” o Volksseele, que supuestamente existía fuera y por encima de las almas de las personas individuales de un determinado pueblo y que era una síntesis de las virtudes y características del pueblo en cuestión. Habría así un alma del pueblo alemán, pongamos por caso.
Otro ejemplo muy citado es el del “carácter naciona l”, según el cual cada nación tiene su carácter o temperamento peculiar y propio. Habría así un carácter nacional español (Menéndez Pidal lo describe sin dudar ni un momento: el español es sobrio, frugal, valiente, y así sucesivamente) y habría un carácter nacional ruso, holandés, en fin. Nunca nadie probó tal cosa y ni el Volkseele ni el carácter nacional alcanzaron en ciencia rango de entidad independiente con estatuto de existencia separada.
Podríamos citar otros casos, como el inconsciente colectivo de Jung, la noción de instinto en McDougall, las (supuestas) localizaciones cerebrales de Lombroso,  el alma de las muchedumbres de Le Bon. ¿Habría que añadir a esta lista la identidad social?  La respuesta a la pregunta es sencilla: los estudios psicosociales han mostrado la existencia de una identidad social distinta a la identidad personal, en escenarios naturales de estudios de campo y en escenarios artificiales de estudios de laboratorio. Sabemos cómo medir la identidad social, sabemos cómo activarla porque conocemos sus antecedentes, y sabemos las consecuencias que se derivan de su activación  porque las podemos comparar con las consecuencias de su ausencia de activación. Así que cada uno juzgue si todo ello encaja con el concepto de reificación.
En general, es imposible que los conceptos clave de la Psicología Social estén reificados, porque los presupuestos metodológicos de la Psicología Social exigen que se puedan medir de forma válida todos sus conceptos centrales, y la identidad social lo es. Basta con leer los experimentos clave iniciales, como los de John C. Turner o los de S. Worchel, para caer en la cuenta de que la identidad social se mide y se manipula en esos estudios.
Otra cosa es que los autores que citas estén pensando en una identidad social diferente a la que estudiamos en Psicología Social. Es cierto que en ocasiones ha habido autores en el pensamiento o en la historia que utilizan este término en un sentido diferente al de la Psicología Social, como cuando se habla de la identidad social alemana, rusa o serbia. Ese término encubre algo muy diferente a lo que estudia la Psicología Social
7.-En nuestras modernas sociedades existe gran cantidad de grupos con intereses distintos y demasiadas veces contrapuestos. Las identidades sirven para unir, pero también para excluir y separar. Si la investigación demuestra, como parece hacerlo, que esa es nuestra naturaleza, ¿No deberíamos decir que más que social, en estás sociedades en la que estamos somos grupales y, con ello, en demasiados casos antisociales, al hacer prevalecer el interés de los grupos sobre los intereses que favorecerían el desarrollo de la sociedad humana como un todo?
Todo depende de qué entendamos por “social”. Este término es excesivamente ambiguo en nuestro lenguaje dado que está trufado de una gama muy amplia de significados que complican la comunicación entre los hablantes.
Detecto en la pregunta una deriva hacia un significado de “social” vinculado a la sociabilidad, a la armonía en las relaciones entre personas, como si para ser “social” hubiese que ser sociable. Pero mi punto de vista discrepa de esa equiparación social – sociable. Recuerdo en este sentido la famosa afirmación del gran filósofo García Calvo: “No vale preguntar qué es la guerra. La guerra es. No hay que preguntar por qué no hay paz, hay que preguntar por qué no hay guerra”.
En otras palabras, si queremos ser honestos con nosotros mismos, tendremos que admitir que la historia de la humanidad es la historia de las guerras. García Calvo tiene razón: el mundo que conocemos es producto de las guerras, valgan, sin ir más lejos, los ejemplos de las fronteras que actualmente existen y la distribución mundial de la riqueza, O preguntémonos cuál es la base de la actual hegemonía estadounidense, cómo se desmoronó el imperio otomano, …
La identidad social no es normativa. Prácticamente ningún concepto psicológico lo es. Quiero decir con esto que con respecto a cualquier concepto psicológico no vale la pena preguntar si es bueno o malo (en un sentido moral). La contestación siempre será “depende”. ¿El liderazgo es bueno o malo? Depende. Stalin y Hitler fueron grandes líderes para sus pueblos, pero al mismo tiempo nefastos. ¿Y la motivación? Depende. Con la motivación aprendemos mejor y más rápido, pero fueron personas con una elevada motivación los que generaron la actual crisis financiera. Podríamos seguir con otros conceptos psicológicos y llegaríamos a la misma conclusión.
Es cierto que las identidades que unen a muchas personas en un endogrupo las separan, por eso mismo, de otras que forman el exogrupo. Pero no es necesario ni inevitable que la relación de separación sea de enemistad. Dependerá de los valores del grupo. Los voluntarios de Cruz Roja se distinguen y separan de los accidentados de tráfico, pero no mantienen con ellos una relación de enemistad, sino todo lo contrario, de ayuda. Y lo mismo sucede entre profesores y alumnos, padres e hijos, viejos y jóvenes, hombres y mujeres. No es la identidad la que genera la guerra y la agresión, sino  los valores que defiende cada grupo con el que se produce la identificación.
Dejo para la pregunta final una idea importante, incluida en la pregunta, en concreto, la idea de la prevalencia del interés de los grupos sobre los que favorecerían el desarrollo de la sociedad humana como un todo.
8.-¿En qué trabaja en estos momentos? ¿Cuál es el aspecto de nuestra Psicología Social que le resulta más misterioso y/o inquietante?
Descender al detalle de las investigaciones que tenemos en marcha en el momento presente el grupo de profesores que solemos colaborar en distintos proyectos resultaría un poco arrogante, dado que no sabemos si esas investigaciones nos llevarán a alguna conclusión de interés o se quedarán en nada.
Sí resulta posible, en cambio, señalar el marco general en el que se inscriben esas investigaciones, al menos por lo que a mí se refiere. Este marco general es la maldad humana. Y lo que me resulta misterioso e inquietante es que hasta el momento en Psicología Social se haya prestado tan escasa atención a este asunto. Se trata, a mi juicio, de un asunto central, y no sólo por razones humanitarias, que también, sino por razones estrictamente intelectuales.
La maldad humana es algo que salta a la vista en nuestra sociedad, por supuesto en las noticias dramáticas que presentan los medios de comunicación (genocidios, tortura, asesinatos en masa y otros por el estilo), pero sin olvidar el día a día, la cotidianeidad: casos de maltrato, acoso de distinto tipo, laboral, escolar, sexual, abuso psicológico e innumerables formas de humillación. Asistimos todos los días a acontecimientos que por su pura frecuencia logran incluso pasar desapercibidos.
Digo que la maldad humana plantea una cuestión intelectual importante porque entiendo que afecta al vínculo social, a lo que une a las personas entre sí, y de esa forma socava la base de lo humano. Ya señalé antes, en respuesta a otra pregunta, que el ser humano es constitutivamente social. Por lo tanto, la maldad, en la medida en que socava la base de lo humano, se orienta a la destrucción del vínculo social. No hay más que ver el grado tan profundo de destrucción de un ser humano que provoca la tortura.
Desafortunadamente, se ha propagado la creencia, detectable incluso en muchos científicos sociales, de que los actos menos graves de abuso psicológico o de maltrato no tienen consecuencias tan desastrosas como la tortura. Y ahí es donde, en mi opinión, está el problema que impide el estudio detallado de la maldad. Las consecuencias de esos actos “menores” de maldad son igualmente desastrosas, como lo prueban los estudios realizados, entre otros autores, por Cortina sobre el acoso sexual en el trabajo, el acoso laboral y lo que esta autora llama “conductas incívicas”.
La maldad se transparente de manera excelsa en la deshumanización y en la infrahumanización. El ser humano ha desarrollado una extraordinaria capacidad de reducir a los otros a mucho menos que animales (deshumanización) o a algo similar a los animales (infrahumanización). La deshumanización y la infrahumanización permiten a algunos seres humanos destruir a otros seres humanos sin tener que dar explicaciones ante otros o ante sí mismos.
Sólo recientemente psicólogos como Bandura y Staub, cada uno por su lado, han estudiado cómo es posible que seres humanos que deshumanizan sistemáticamente a otros se consideran a sí mismos personas humanas y decentes, buenas personas, en definitiva. Y, lo que es más llamativo, el grueso de la sociedad también los considera así. La  maldad llama a las puertas de la Psicología Social, porque es una acción concertada, es una acción orquestada, donde el que la perpetra es un director de orquesta que dirige a muchos músicos que le ayudan a tocar su inhumana, su antisocial partitura.

2 comentarios:

prestito inpdap dijo...

Muy interesante. Querìa felicitarte por las preguntas, me parecen muy acertadas.

Javier Moreno dijo...

Gracias. ¡Con ellas he procurado sacar el máximo partido posible de la sabiduría del entrevistado!