martes, septiembre 15, 2020

Somos naturaleza (entrevista a Katia Hueso)

Katia Hueso

"Conócete a ti mismo": si tuviéramos que aplicarnos esta exhortación inscrita en el frontispicio de la entrada al santuario de Delfos, en la antigua Grecia; si, en definitiva tuviéramos el espíritu que inspiró esa frase en aquel tiempo y lugar, cuna de la ciencia y de algunos de los más bellos mitos, asumiríamos nuestra vida entera tal y como es, y la abrazaríamos con un amor desesperado. Efímera y consciente, luz de una vela en el templo de la naturaleza, nuestra existencia puede prender fuego a cuanto le rodea y extinguirse tras contemplar lo inefable. 

Lo primero que podemos saber con certeza de nosotros mismos es que somos naturaleza. Todos y cada uno de nosotros estamos hechos de lo mismo y, de diferenciarnos entre nosotros, sólo lo hacemos en aspectos accidentales y superficiales. 

Seres vivos, formados por células eucariotas, metazoos, primates sociales, humanos. La cultura surgida de la naturaleza social en su interacción transformadora sobre el medio, que apenas barniza nuestra naturaleza y nos crea un medio dentro del medio, no nos define, si bien es la seña de identidad para la mayoría de nosotros, sin la cual nos sentiríamos perdidos.

No sirve de nada echar la vista atrás, la Civilización llegó para quedarse con nosotros hasta nuestra muerte individual o extinción total como especie. Lo que corresponde hacer ahora es volver a mirar a nuestro alrededor con una mirada más amplia y profunda, apartando los velos de ignorancia que nos impiden ver con claridad los límites de nuestras potencialidades y el horizonte de nuestras posibilidades. 

Como naturaleza que somos, tenemos nuestros límites, somos nuestros límites. Y también somos todo aquello que creímos en medio del sueño de nuestra razón no ser, somos parte de un continuo de vida que cubre la tierra y que va de las arqueas extremófilas a los animales y plantas de diseño más elegante y fascinante. 

La interdependencia de la vida no es una bonita y sensiblera metáfora, siendo de hecho una interdependencia que incluye las más crueles depredaciones y los más repulsivos parasitismos,  además de las simbiosis y el despliegue de belleza de la biodiversidad. Y nosotros también en eso somos naturaleza, dependientes y capaces de cooperar y hacer daños terribles. 

Y dado que hemos tomado conciencia de la magnitud del problema y su complejidad, deberíamos empezar a definirnos a nosotros mismos con un poco más de humildad, sin por ello necesariamente renunciar del todo a ese orgullo primate por nuestros innegables logros como especie.

Nuestra relación con (el resto de) la naturaleza debe mejorar. Debemos adaptarnos, como hemos hecho hasta ahora, si, pero con la mirada puesta en que la adaptación al medio no necesariamente pasa por adaptar el medio a nuestros caprichos hasta dejarlo irreconocible y, peor aún, disfuncional. 


Katia Hueso Kortekaas es una bióloga experta en espacios naturales y su preservación que, al margen de su actividad docente más convencional y teórica en la Universidad Pontificia Comillas, explora formas de integrar nuestras mentes con la naturaleza a través de la práctica de salir al encuentro de la última (separada de la nuestra por nuestras propias creaciones), para establecer el continuo de la fusión de ambas. De este modo ayuda a quienes le acompañan a lograr un mejor conocimiento de sí mismos.

Es natural que haya fundado una escuela en la naturaleza , de nombre Saltamontes, pensada principalmente para niños. Las nuevas generaciones pueden a través del juego y del aprendizaje (que en esas edades primeras deben ir juntos) en medio de entornos naturales de la Sierra de Guadarrama, en Madrid, tomar una conciencia de si mismos que incluya la realidad desnudada de artificios del mundo natural.

El esfuerzo de Katia también va dirigido a la toma de conciencia de los adultos, pero para ello debe apelar además de a sus emociones, y con suerte a sus recuerdos, a su raciocinio ya plenamente impregnado de la cultura y sus identidades sociales, para animarles a tomar la senda de la naturaleza con pequeños pasos.

Su libro Somos Naturaleza es un mensaje para todos nosotros, sin estridencias, sin posiciones extremas, simplemente constatando en cada una de sus líneas lo que somos y cómo nos vemos a nosotros mismos. Leerlo puede hacer bien a todo urbanita civilizado. No encontrará en él una crítica feroz ni una llamada a cambios radicales. Simplemente le ofrecerá una panorámica que le ayude a conocerse mejor a sí mismo.

Katia ha tenido la gentileza de responder unas preguntas para la Nueva Ilustración Evolucionista, lo cual le agradecemos en medio de un ajetreado comienzo de curso. 

Saltamontes. Escuela en la naturaleza.



1.- Ciertamente el ser humano es un maestro del autoengaño, y quizás su mayor logro en este aspecto de su comportamiento sea no reconocerse como naturaleza, vivir inmerso en su identidad social y cultural y desconocer deliberadamente sus raíces. ¿Por qué crees que nos engañamos sobre ese particular tan fundamental? ¿Qué consecuencias acarrea esto a nivel de los individuos y las sociedades?

Realmente no sé si es un autoengaño consciente o simplemente una cuestión de comodidad. Como seres sociales que somos, además, estamos muy sujetos a convencionalismos y a una identidad cultural concreta, que nos une al grupo, a nuestra tribu y nos hace sentir arropados. Sin embargo, aquello que nos une a la naturaleza, nuestros genes, las necesidades fisiológicas, las reacciones al entorno, es universal. Por ello tal vez no valoramos tanto nuestra identidad natural, porque viene de serie; damos por hecho que es parte de nuestra idiosincrasia y no le dedicamos mayor atención. Pero no prestársela sí tiene consecuencias a gran escala, porque las actividades humanas se han vuelto complejas, se clasifican en compartimentos estanco bastante opacos que hace que pensemos que la leche sale de un tetrabrik, el agua de un grifo o que el pollo crece en bandejas de plástico. No entender estos procesos -y es imposible conocerlos todos- hace que nos sintamos cada vez más alejados de la fuente de recursos que necesitamos, la naturaleza, y no la percibamos como imprescindible para vivir, sino tan sólo como un paisaje bonito.


2.- Desde que Darwin publicó El Origen de las Especies parece que las Cosmovisiones trascendentes son puestas en jaque y surgen dos grupos enfrentados: naturalistas, materialistas y ateos frente a creyentes en lo trascendente, inmaterial y divino. Pero el encuentro con la naturaleza, como señalas en tu libro, es espiritualmente enriquecedor y liberador. ¿No son, a fin de cuentas, todas estas dialécticas enfrentadas, algo muy alejado de la relación que debiera tener el hombre con la naturaleza, centradas estas de algún modo en la naturaleza como objeto, como si fuera nuestra posesión?

Sí, la doctrina cristiana (no puedo opinar de otras religiones, pues mi desconocimiento de ellas es más amplio) ha colocado al ser humano tradicionalmente por encima de la naturaleza, como gestor de la creación divina. Por suerte este paradigma binario está diluyéndose y hay cada vez más voces que se alzan a favor de la naturaleza como “casa común”, tal y como reza la encíclica Laudato si’ del Papa Francisco. Se aleja del modelo de posesión al que aludes y se acerca al del cuidado. Sin embargo, aún prevalece esa visión de manejo humano sobre lo natural. Por suerte, para conectar con la naturaleza de una manera profunda y trascendente, no es necesario el apoyo espiritual de terceras personas. Basta con escucharse a uno mismo. Consiste en dejar por un momento de hacer y dedicar un tiempo a estar, para dejar que la experiencia penetre sin mediación de una actividad o una idea preconcebida. De hecho, las personas que mejor hacen este trabajo son los niños. No hay más que ver cómo se maravillan ante las pequeñas cosas. El mundo natural, para ellos, es una fuente permanente de sorpresas, hasta de momentos de comunión consigo mismos. Sólo tenemos que dar tiempo y espacio para que sucedan. Esas epifanías de la infancia van a construir un armazón espiritual interior que no necesita apoyo exterior, podemos además recuperar esa experiencia trascendente en otros momentos y lugares, cuando queramos, porque la llevaremos siempre dentro.


3.- Todos sentimos biofilia, seamos conscientes o no de ello, incluso los tecnófilos más radicales. Pero los niños todavía pueden desarrollar aún más esta predisposición dada su capacidad de absorber los estímulos infinitos que proporciona la naturaleza. ¿Fue esto lo que te motivó a abrir la escuela en la naturaleza Saltamontes en Collado Mediano? ¿Crees que debería implantarse una educación ambiental más profunda y temprana dentro de la enseñanza?

A decir verdad, el proyecto Saltamontes nació porque nos parecía, a mis compañeras cofundadoras y a mí, tan evidente que era necesario, que caía por su propio peso. Vivimos en un entorno con un equilibrio perfecto entre diversidad de espacios naturales, accesibilidad y potencial pedagógico para los niños. La motivación principal de impulsar el proyecto fue el poder ofrecer a nuestros hijos un espacio educativo basado en el respeto, el juego libre y la naturaleza. Como no lo había, y aquí se daban las condiciones idóneas para ello, lo creamos nosotras. Andando ya el proyecto, observamos cuestiones tan interesantes, como que la biofilia a la que aludes, hay que alimentarla. Si no se atiende, como una planta, se marchita y, si te descuidas se convierte en biofobia. Con el contacto permanente con la naturaleza se consigue además que los niños la entiendan como su segundo hogar, por lo que no es necesario programar un currículo específico de educación ambiental. Digo permanente en el sentido de permanecer, es decir, estar en un lugar y desarrollar en él el juego y, por tanto, un vínculo con el espacio basado en experiencias positivas, lo cual refuerza ese sentimiento de hogar. A todos nos gusta tener la casa en buen estado, así que es lógico que quieran cuidar de la naturaleza. Eso es lo que hacen, y harán -un efecto que está demostrado en otras latitudes con más trayectoria- los niños que están en Saltamontes cuando sean mayores. 


4.- También se da la biofobia y el síndrome del déficit de naturaleza, como reverso de nuestra innata biofilia. Y en el extremo de la biofilia un nuevo Ludismo, una tecnofobia quizás excesiva ¿Por qué enfermamos lejos de la naturaleza y nos recuperamos en ella? ¿Cómo encontrar el adecuado equilibrio entre esa naturaleza que, como bien indicas, nos proporciona unos servicios ecosistémicos, y una vida en una sociedad civilizada?

Sí, corremos el riesgo de crear una nueva dicotomía. La falta de contacto con la naturaleza genera un desapego que se traduce en síntomas físicos y psíquicos nada desdeñables, el síndrome de déficit de naturaleza. Lo que empezó como un término periodístico, acuñado por Richard Louv, ahora resulta que aparece en la literatura médica. Fruto de esa falta de contacto, está el desconocimiento de sus valores y procesos que hace que sintamos temor hacia ella, esa biofobia a la que me refería antes: nos dan miedo los bichos, nos incomoda tumbarnos en la hierba o nos da asco el barro… ¿A qué niño pequeño, con la “biofilia” aún intacta, no le encantan esas cosas? Pero también está el otro extremo, el temor a que cualquier tecnología nos aleje de la naturaleza, como si la fuéramos a abandonar o incluso profanar. Sin embargo, yo pienso que es posible convertirla en una aliada para conocerla mejor. Podemos usar las herramientas de un móvil a favor del contacto más intenso con la naturaleza (guías de plantas, animales, mapas, etc.) siempre y cuando no dirijan nuestra experiencia. Hay ya suficientes anécdotas sobre extravíos absurdos en el monte mediados por el GPS, para que se entienda a qué me refiero… La técnica también nos permite rememorar, visitar e incluso (re-)conectar con espacios naturales sin necesidad estar físicamente en ellos. A poco que estemos algo informados, podemos apreciar sus bienes y servicios sin tener que disfrutarlos en primera persona. La mayoría de nosotros nunca iremos a la Antártida, pero sabemos muchas cosas sobre ella y, sobre todo, queremos protegerla. 


5.- En tus obras citas clásicos literarios de la vuelta a la naturaleza o de su disfrute. A mí me impactaron profundamente la Bendición de la Tierra, de Knut Hamsun, e Into the Wild, de John Krakauer, basada en la vida y muerte del joven Chris MacCandless, llevada luego al cine por Sean Penn. ¿Qué lleva a estos personajes, reales y de ficción, a romper con la civilización e internarse en la naturaleza virgen?

En efecto, la literatura de naturaleza que más impacta es aquella que nos muestra una naturaleza sin filtros. Existe un cierto peligro de sacralización banal de lo natural, ese ludismo que decías, que sólo muestra una cara amable y algo paternalista. Es la trampa en la que pudo caer MacCandless, por ejemplo, al trasladarse a un entorno que desconocía. La naturaleza no es ni hace nada, simplemente está. Nosotros, como seres humanos, tenemos que aprender a estar en ella, en parte por instinto y en parte por experiencia. Sea ésta recibida de nuestros mayores, compartidas con otros o adquiridas en solitario, es como aprendemos a estar. Y, como todo en la vida, aprendemos más de las experiencias de impacto que de las amables. En muchos casos, buscamos activamente tener esas vivencias fuertes, como MacCandless; en otros nos vemos metidos en ellas porque no tenemos oportunidad o capacidad para buscar otros lugares más benignos, como les sucede a Isak e Inger en la novela de Hamsun. Lo que sí resulta interesante es ver cómo este tipo de literatura se está volviendo cada vez más popular. De alguna manera todos necesitamos vivir experiencias de impacto, aunque sea de forma vicaria, desde la comodidad del sillón.


6.- Hablando de Naturaleza Virgen, me da la sensación de que va quedando cada vez menos, que está cada vez más menguada. Es inevitable preguntarse por el colapso de nuestro medio natural y sus, con toda seguridad, terribles consecuencias. ¿Es posible detener esto?

Cabría preguntarse, de hecho, si aún existe naturaleza virgen. Hasta los últimos rincones de la Tierra están afectados por la actividad humana, mediante por ejemplo el cambio climático o la contaminación por plásticos, por deshabitados que estén. Las referencias, tanto científicas como institucionales, no son nada halagüeñas. Estamos ante la sexta extinción masiva de especies, el cambio climático amenaza con convertir a este planeta en un horno, no habrá alimentos ni recursos para toda la población y para colmo, un virus salido de la naturaleza nos tiene en jaque. Sin embargo, creo que hay razones para la esperanza. En la lucha contra el cambio climático se habla ya de una estrategia conjunta de mitigación y adaptación al mismo, que podríamos aplicar a todo lo demás. Por una parte, se trata de frenar nuestras actividades dañinas con el medio y, por otro, de adaptarse a lo que irá viniendo en el futuro. Ejemplos de ello son la economía circular -hay quien aboga más por el decrecimiento- o incluso la geoingeniería. No son cuestiones exentas de controversia, pero a estas alturas lo mínimo es pensar en ellas como vías alternativas. El cambio tampoco será justo ni llegará a tiempo para todos, pero no por ello debemos cejar en nuestro empeño en buscar soluciones, que por modestas y locales que sean, todas suman.

7.- En tu paso por diversos países europeos has podido constatar la "diversidad de cultura ecológica y ambiental". Creo que en España no nos llevamos el premio... ¿Qué nos falta o qué nos sobra para ser tan pésimos gestores hasta de una pandemia?

Creo que hay un rasgo que define nuestra relación con la naturaleza y es la conciencia del bien común. Mientras que, en países de latitudes más altas, se entiende que el común “es de todos” en las nuestras, “no es de nadie”. Lo que no es de nadie, es más difícil de cuidar que cuando todos tenemos una porción de responsabilidad compartida. Eso explica, por ejemplo, la proliferación de basura en el monte, que es prácticamente inexistente en países del norte. Aparentemente esta responsabilidad colectiva se asocia más a culturas con tradición protestante, mientras que el individualismo tan típico nuestro (que se puede extender a la familia y amigos, pero no a desconocidos) prevalece en culturas católicas. Pero también existe la hipótesis de que ese apoyo mutuo entre extraños se da en lugares con un clima más hostil, porque les iba la supervivencia en ello. Era un “hoy por ti, mañana por mí”. En relación con la gestión de la pandemia, esto puede explicar -en parte, pues es algo más complejo- por qué en los países nórdicos se apela a la confianza en los ciudadanos para cumplir las recomendaciones de las autoridades sanitarias, mientras que aquí es necesario imponerlas como obligación. En todas partes hay ovejas negras, pero aquí somos un poco más oscuras y pícaras.


8.- La naturaleza te lo da todo, pero también te lo arrebata. ¿Suscribirías esa frase?

Con toda franqueza, no la suscribo, pero no por lo que dice sino por lo que implica. Como decía antes, pienso que la naturaleza no hace ni deja de hacer. La redacción de la frase implica una personificación o incluso una sacralización que puede inducir a un pensamiento fatalista, muy típico de nuestra tradición judeocristiana, que además nos exime de toda responsabilidad. Convirtiéndola en un sujeto activo, además, la separamos de nosotros. Por mi formación científica, creo que el ser humano es parte de su ecosistema (el que sea, en cada caso, aunque cada vez está más globalizado). Y lo que sucede en cada momento es fruto de las relaciones que se dan dentro de ese ecosistema, ya sean los seres vivos entre sí como entre éstos y el hábitat. Lo que sucede en la naturaleza es fruto de la acción-reacción de los procesos que se dan en ella, lo que pasa es que puede haber un gran decalaje espacial o temporal entre uno y otro, y no siempre es fácil de percibir. Es en función de esa acción, que podemos beneficiarnos como especie (por la abundancia y pertinencia de lo recibido) o perderlo todo al día siguiente.
 

9.- Sabemos que estás inmersa en varios proyectos de conservación, educación... ¿Podrías contarnos un poco de ellos y darnos una visión holística de lo que persigues en la vida?

Tengo un perfil profesional bastante ecléctico, fruto de intereses muy dispares, pero que tras muchos años de reflexión he podido encontrar unos cimientos en común. Por una parte, trabajo como profesora asociada en la Universidad Pontificia de Comillas y docente en otros centros universitarios, impartiendo clases de ingeniería ambiental, desarrollo sostenible, política ambiental, economía circular… Por otro lado, dirijo una organización que se ocupa de la investigación, puesta en valor y difusión de paisajes culturales asociados a la producción de sal, promoviendo una relación sostenible entre personas, paisaje y la propia actividad. Por último, cofundé y codirijo la primera escuela infantil moderna en la naturaleza, Saltamontes, trabajo a partir del cual he profundizado en mi interés sobre la educación en la naturaleza y del que afloran publicaciones, conferencias y docencia. Uno de los esquejes de este proyecto es la iniciativa Naturaleza Inclusiva, dirigida a apoyar el contacto con la naturaleza a través del juego libre para familias que tengan hijos con discapacidad, con unos efectos muy emocionantes en todos los implicados. Este año, además, con el confinamiento, me he animado a plantar una huerta en casa y me da valiosas lecciones, amén de una gran satisfacción. En fin, un precioso lío en el que todo gira en torno a una motivación común: cómo ser mejores personas para un planeta mejor. Es una ruta larga y llena de curvas, revueltas y contradicciones, pero estoy encontrando a personas maravillosas por el camino, de las que estoy aprendiendo mucho. Y, a cambio, ojalá pueda dejar mi granito de “sal” para inspirar a alguna….

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