lunes, febrero 25, 2008

Las buenas costumbres

En muchas ocasiones me planteo las cuestiones sociales en términos muy sencillos, que acaso pudieran parecer, o ser, simplistas. Reduzco casi todo a la calidad de esa materia prima inefable que constituyen los recursos humanos de un país. Las instituciones no son nada sin las personas que las hacen posibles día a día. Las leyes son papel mojado en manos de un legislador corrompido y dispuesto a la arbitrariedad. Un pueblo abotargado en una abundancia creada por generaciones pasadas y condenada a desaparecer para las venideras, pasto fácil de demagogos.

Ya Pericles, en aquel famoso discurso repetido y archirepetido por todo conservador con interés por la historia política, apuntaba la importancia de las buenas costumbres como cimiento de las sociedades. La decadencia del Imperio Romano, cumbre de la cultura grecolatina, se asoció a una corrupción progresiva de las costumbres, entre otras cosas. Ciertamente hubo factores militares, económicos, políticos, etc, asociados a este colapso, pero mirando en profundidad la causa última, subyacente a todas las demás, pudiera considerarse la decadencia moral de los romanos, siendo por tanto esta causa no una más, sino la genuina.

Benjamín Franklin es más conocido por el pararrayos que por sus consejos económicos para parar los rayos de las crisis sociales. Aconsejaba este sabio frugalidad y laboriosidad. Estas dos buenas costumbres son la base sobre la que se asienta una economía y una sociedad fuertes. Los hombres y mujeres que gastan poco y trabajan mucho acumulan capital, no lo destruyen. Lo contrario es justo lo que acaba con las sociedades, desde la más pequeña tribu al mayor de los imperios.

Pero ¿qué es lo que pasa cuando se ha acumulado suficiente capital por parte de una o varias generaciones?: que los herederos, teniéndolo más fácil de partida, dejan de valorar adecuadamente lo que tienen. Piensan, como decía nuestro Ortega en su Rebelión de las masas, que los bienes y servicios que les rodean y que cuesta relativamente poco adquirir están ahí como el fruto en el árbol, que sólo hay que cogerlo. Así la preservación y aumento de la riqueza dejan de considerarse necesarios, puesto que la riqueza parece “estar ahí”, no haber sido creada con esfuerzo y renuncias. Y aquí es donde comienza la destrucción de capital y la decadencia. Basta que haya esa materia prima electoral para que un buen sistema democrático se encargue de engendrar sus socialistas.

¿Se puede culpar a la naturaleza humana por su tendencia a buscar y tratar de asentarse en lo cómodo, tanto física como psíquicamente?. ¿Es inevitable la caída de toda construcción social sólida, por la falta de fuerza de sus obligados mantenedores, que han perdido la responsabilidad por falta de miras?. No lo sé.

Leo un breve comentario en la revista Mente y Cerebro sobre la relación entre el autocontrol y la falta de azúcar en sangre. ¿Y qué tendrá esto que ver con la decadencia, se dirá aquel que esto lea?. No mucho. El caso es que las personas tenemos que hacer a diario numerosos esfuerzos de autocontrol. El autocontrol es una virtud suprema en un contexto social y en un proyecto personal. Ser capaz de demorar la gratificación y contener el impulso son virtudes, seleccionadas por la naturaleza, pero necesitadas de desarrollo por el ambiente, para poder planificar y actuar a medio y largo plazo dentro de la sociedad, es decir, para poder construir cosas conjuntamente con otros, aprovechando la división del trabajo, para poder generar capital. Aquel que tiene buenas costumbres puede, con mayor facilidad, realizar la difícil acción (interior) de autocontrolarse. Posiblemente su cerebro, en lo que tiene de plástico, se haya autoorganizado en los lóbulos frontales de forma tal que su circutería para el autocontrol sea más económica, más eficiente y eficaz, menos despilfarradora de recursos energéticos. ¿Qué significa esto?: que le costará menos autocontrolarse, que gastará menos al hacerlo, y que esto le pasará una factura de menor importe que a aquellos otros que no tienen buenas costumbres.

Así, en el trabajo, ese ámbito tan importante, los que están habituados a darse el gusto, a enfatizar existencialmente el presente y el placer inmediato, sufrirán mayor número de depleciones de azúcar, y esto repercutirá en su rendimiento, en su estado de ánimo, en sus sensaciones físicas y psíquicas. Tendrán más depresiones, más dolores de cabeza, más cansancio...

Cada vez que uno tiene que autocontrolarse gasta azúcar. Quien no está acostumbrado a hacerlo sufre y padece más al hacerlo, pues.

Es curioso observar cómo ha aumentado el número de bajas laborales por depresión. Hoy casi nadie está contento ni con su trabajo ni con su vida, en un contexto de abundancia y seguridad (provisionales, siempre necesitadas de renovación). Quizás no se pueda culpar a los depresivos, ni a nadie en particular. Estas cosas suceden con fenómenos sociales tan complejos cuyas raíces son profundas. Pero debe al menos admitirse que una ética del trabajo, de la economía y de los tratos sociales encaminados a la creación de riqueza, es decir, las buenas costumbres, son imprescindibles para avanzar hacia el futuro con cierta seguridad y bienestar. Nuestra sociedad no necesita más azúcar, sino un mecanismo más sofisticado y funcional de autocontrol.

10 comentarios:

Astur-Leones dijo...

No es difícil ponerse enfermo:

antes, de vez en cuando llegaba un tigre de dientes de sable, te daba un subidón de adrenalina y lo quemabas luchando, o corriendo. Hoy, te llega el jefe con una cantinela, te dá el mismo subidón de adrenalina (casi todos los días) y ni puedes luchar con él ni salir corriendo.

Germánico dijo...

Es así, Luis. Pero si a ese subidón le sumas la falta de una capacidad psicológica bien desarrollada para contener el impulso, el destrozo que eso te produce por dentro es mucho mayor. Y esto pasa más cuanto más cómodos y vividores carpe diem nos hemos vuelto.

Aunque bueno, dadas las circunstancias te metes un azucarillo y recuperas parte de las fuerzas.

Lino dijo...

¿Es inevitable la caída de toda construcción social sólida, por la falta de fuerza de sus obligados mantenedores, que han perdido la responsabilidad por falta de miras?.

Esto me recuerda a esa frase tan famosa: el que olvida la historia está condenado a repetirla

Si se está en una fase de bonanza económica, es posible que sea inevitable que la respuesta de las personas sea la de dejadez, pero si somos concientes de este hecho, podemos contrarestarlo.

Es cuestión de educación, que de alguna manera, puede ir implícito en las costumbres. Es tal vez por esto que las sociedades o civilizaciones que han acertado, fortuitamente o no, en conformar unas determinadas costumbres, han progresado o evolucionado de forma más satisfactoria que otras.

Se puede concluir que las costumbres son un factor determinante en la evolución de una sociedad. Hay qeu saber escoger las buenas.

Saludos

Germánico dijo...

Hay un fenómeno microeconómico denominado ilusión monetaria. Para quien no lo conozca explicaré en que consiste: a una persona le suben el sueldo, o la pensión, y gana nominalmente más, pero a un tiempo suben los precios en mayor proporción y pierde poder adquisitivo. La ilusión monetaria consiste en creer que uno gana cuando le suben el sueldo (o la pensión, el salario mínimo...etc).

Esto, llevado al terreno macro, merecería otro nombre: la “ilusión macroeconómica”. Mientras ciertos indicadores sean buenos o no muy malos se cree que no pasa nada, o que las cosas van bien. Pero al margen de los maquillajes contables que se hagan en el Estado (y este último gobierno los ha hecho cambiando el modo de valorar las macromagnitudes), el deterioro que se da en la economía es como la subida de precios en la ilusión monetaria, trae sus consecuencias después de calculados los indicadores, igual que la primera se produce tras subir los sueldos.

Las malas costumbres de este gobierno socialista y de políticas superficiales pasarán factura tarde o temprano (ya la están pasando, pero parecen “facturas” asumibles). Haces bien en mencionar la educación, Lino, pues es en cómo se estructure esta, fomentado la excelencia o, por el contrario, la dejadez, donde se manifiestan los valores más importantes de una sociedad y la proyección de esta en un más dilatado plazo. Los subproductos de la escuela nacional basura ya votan, así como los de las escuelas nacionalistas basura.

Un saludo.

Ijon Tichy dijo...

Ya me parecía a mí que la mariconada de ponerle al café cualquier guarrería endulzante en lugar de auténtico azúcar no podía ser buena.

En fin, realmente supongo que lo que origina la angustia que invariablemente acompaña a la (relativa) abundancia es el miedo a perderla.

Germánico dijo...

Y son muchos, Ijon, los adocenados en esa relativa abundancia que se angustian por temor a perderla pero por otra parte, por negligencia o ignorancia, no hacen lo que tienen que hacer para conservarla.

Carlos Suchowolski dijo...

Todo esto lo resolverá la ingeniería genética o la evolución natural, dependiendo de quienes gobiernen el mundo o qué guerras, pestes, deportaciones y/o éxodos a otros planetas, etc., se produzcan. La educación no dará la masa crítica suficiente para que las cosas cambien sino todo lo contrario, ya que depende de sus gestores. La ingesta de azúcar da al cerebro energía pero no capacidad reflexiva. Cada vez estoy más "pesimista" respecto de la capacidad "recuperatoria" de la población mundial actual. Mi próxima novela... je, je... (espacio publicitario), sugerirá algo de todo esto. (Por cierto, aprovechando, os invito a la presentación de mi novela el 14-3, así hablamos de lo malo o lo menos malo del resultado electoral previo! Datos en la "Agenda" que aparece en la solapa derecha de mi blog.) Un abrazo.

Germánico dijo...

jeje Carlos, puestos a ser apocalípticos podríamos decir que la ingeniería genética contribuirá al desastre, porque tirarán de ella los que no acepten su naturaleza, y por tanto prefieran deformarse a ceñirse a las buenas costumbres. Y la evolución natural no tendrá tiempo de "actuar".

Gracias por la invitación. No sé si podré ir porque últimamente apenas tengo tiempo para nada (lo de poder acudir a la presentación de M.W. podría calificarse de milagro).Ya te diré según se aproxime la fecha.

Un abrazo.

Carlos Suchowolski dijo...

¿Por qué sin embargo TENEMOS que considerar todo eso como NUESTRO problema? ¿Acaso alguno de nosotros puede volverse loco y creer que nos reencarnaremos dentro de 50.000 años?
En todo caso, creo que hasta eso es más "lógico" (genéticamente hablando) que bregar por "nuestras" costumbres como "buenas" (¡y a mí que no me las cambien!)

Germánico dijo...

Lo importante, pienso, es que las buenas costumbres prevalezcan en los "grandes números".

Siempre se pueden consentir pequeños vicios privados. Y destaco lo de "pequeños" y lo de "privados".