jueves, julio 24, 2008

El movimiento se demuestra...¡mirando!

Igual que existe en nuestra mente la idea de que “somos” al margen de nuestro cuerpo, tenemos la ilusión de que nuestros sentidos traducen fielmente la realidad circundante. La vista es el sentido más estudiado, quizás por ser el más importante en primates de pasado arborícola como nosotros. Lo que vemos es una construcción hecha a partir de reflejos variables y movimientos sacádicos. Sobre estos últimos, en particular sobre los más pequeños de ellos, habla un interesante artículo publicado en el número de octubre de 2007 de Investigación y Ciencia, escrito por Susana Martínez Conde y Stephen L.Macknik, del Instituto Barrow de Neurología en Phoenix.

Los movimientos sacádicos (y los microsacádicos, tratados en el artículo) son los que el ojo realiza en sus ajustes permanentes del campo visual. Por suerte o por desgracia para el observador las “realidades” inmóviles no dan mucho juego a las neuronas retinianas. Terminan por habituarse a ellas igual que nuestro cuerpo se habitúa a los zapatos a lo largo del día. Dado el particular patrón de descarga de información de nuestras células nerviosas, el fenómeno de habituación es algo, digámoslo con una redundancia, habitual.

Así, si lo que vemos permanece estático y nuestros ojos tampoco se mueven el resultado es que nuestro campo visual va reduciéndose en ondas concéntricas que van de fuera hacia dentro. Al final no queda nada. La oscuridad lo devora todo. Y el caso es que ahí fuera hay algo, pero no lo percibimos, salvo que se mueva.

La ceguera por parálisis pone de manifiesto la función primordial de la vista. No fuimos dotados de vista por un creador benevolente para contemplar las bellezas del universo. La vista surgió en la evolución para percibir oportunidades y peligros, en forma de presas o predadores, en un entorno cambiante. Las ranas, como ejemplifican los autores del citado artículo, no ven una mosca que está quieta en una pared, pero en cuanto esta alza el vuelo se percatan de su “presencia” de inmediato. No hay que irse tan lejos. El juego de los toreros con el movimiento de la capa pone de manifiesto que animales tan cercanos a nosotros como un toro ven mucho mejor lo que se mueve.

Los movimientos de los ojos, tanto los sacádicos como otros casi imperceptibles denominados por los expertos “deriva” y “temblor”, hacen real la realidad, en particular las naturalezas muertas. Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma tendrá que ir a la montaña. Si lo que nos rodea no se mueve, tendremos que movernos nosotros.

Durante el sueño REM (Rapid Eyes Movement) movemos, como su propio nombre indica, los ojos rápidamente. Es en esta fase del sueño en la que las ensoñaciones son más abundantes. El movimiento de los ojos seguramente contribuye a crear las imágenes oníricas, aunque se produzca bajo el telón oscuro de los párpados cerrados. También se sueña en los períodos no REM, aunque parece que menos. Supongo que en esa fase habrá movimientos microsacádicos, temblores y derivas.

Y cuando soñamos despiertos, cosa que hacemos más a menudo de lo que quisiéramos reconocer, nuestros ojos se mueven, sin que lo notemos, de manera que traigan a nuestra mente las imágenes soñadas.

Cuando una persona que nos resulta atractiva entra en nuestro campo visual, pequeños movimientos de nuestros ojos nos llevan hacia donde está ella. Podemos estar mirando a otro lado, centrándonos o tratando de centrarnos en otros objetos o sujetos. Pero nuestros pequeños movimientos oculares quieren que miremos hacia el objeto de nuestro deseo.

Así pues, podemos concluir que, para construir nuestra realidad visual, el cerebro no sólo procesa la información entrante en la retina, sino que además suscita movimientos en los ojos para que esta información sea traducible, a través de impulsos neuronales, en algo “inteligible”. Y los movimientos suscitados son no solo de enfoque, sino de búsqueda soterrada, constante e incansable de oportunidades y peligros en derredor.