sábado, septiembre 12, 2009

¿Por qué llamamos guarras a las mujeres promiscuas?

El cerdo es, en cierto modo, una creación nuestra. Durante miles de años de selección artificial hemos convertido lo que originariamente debía ser algo muy parecido a un jabalí salvaje en un producto de consumo del que se aprovecha todo.

Tantos milenios conviviendo con ellos –mientras les dábamos forma para adaptarlos a nuestras apetencias culinarias- nos han permitido apreciar, además de estas virtudes como fuente de alimento, a las que los propios cerdos permanecen ajenos, algunos “defectos”.

Naturalmente lo de las virtudes y los defectos es algo muy subjetivo, y además muy humano. Ningún otro animal se pone a ponderar estas abstracciones. Y si a esto le añadimos que lo que para una especie es virtud para otra bien pudiera ser un defecto, si es que estuviesen en condiciones de valorar estas cosas, sólo nos queda considerar que la suciedad del cerdo está en nuestra cabeza, como tal suciedad.

Esa valoración del ser sucio como un defecto está estrechamente vinculada a la importancia instintiva que atribuimos a la higiene. Que consideremos el ser sucio de esta forma se debe a que la denominada suciedad es básicamente una fuente de patógenos. Nuestra moral, en esto como en tantas otras cosas, se edifica sobre el cimiento de la necesidad. La falta de higiene es mala, si, pero también aquellos que son poco higiénicos, al convertirse ellos mismos en fuente de patógenos.

Llamar cerdo a alguien puede significar dos cosas. Una que la persona aludida tiene poca higiene corporal. La otra que tiene poca higiene moral. Puede en principio parecer que ambas cosas nada tienen que ver, pero tienen una relación sutil, que se da sobre todo en cuestiones sexuales. Estas significaciones tienen su causa común en la necesidad. La suciedad es peligrosa, así como las personas sin escrúpulos morales.

El caso que probablemente mejor lo ejemplifique es el de las mujeres promiscuas, y la universalidad del rechazo a las mismas, que en toda cultura se expresa, verbalmente, a través de epítetos que hacen alusión a la suciedad.

Una mujer siempre sabe que ella es la madre de sus hijos. El hombre en cambio se ha tenido que guiar durante toda la historia humana –y la más larga prehistoria, durante la cual se conformó su mente- por indicios para reforzar su certidumbre de paternidad.

Las mujeres promiscuas son moralmente reprobadas, en toda sociedad, por no ofrecer garantías a los posibles padres de la criatura. Su promiscuidad supone un juego de lotería genético intrauterino al que muy pocos hombres se muestran dispuestos a jugar. Por supuesto si están dispuestos a tener una relación ocasional, ya que buscan el mayor número de potenciales parejas y de puestas de semilla, pero no lo están en absoluto para tener una relación estable, formal, que implique formar una familia, tener hijos y sacarlos adelante. Así, las mujeres promiscuas se ven como un producto, igual que el cerdo, de usar y tirar.

Por otro lado está el aspecto higiénico puro y duro. Una mujer promiscua intercambia flujos corporales con multitud de personas. Estos flujos son también una importante fuente de patógenos. Así, la persona promiscua resulta ser sucia en un sentido nada metafórico, al portar potencialmente mayor número de enfermedades –no exclusivamente venéreas.

Si la mujer es promiscua será además, por lo general, apasionada en su encuentros sexuales. Esto implica entregarse de forma mucho más arriesgada. No voy a entrar en los detalles de las prácticas sexuales más “sucias”, que todos conocemos. Si diré, no obstante, que muchas de ellas son escenificaciones de un juego ancestral de sumisión al macho dominante que implica una entrega total (y de la que debieran abstenerse todas las feministas). Dicha entrega dura lo que dura el encuentro, pero es suficiente para rebajar moralmente –además de ensuciar- a quien la realiza.

¿Por qué llamar guarras a las mujeres promiscuas y no a los hombres igualmente promiscuos? Algunos lo explicarán por la huella dejada por un machismo patriarcal en el lenguaje y en las costumbres. Pero una vez más el cimiento está en la biología y en la necesidad. Son las mujeres las que traen la descendencia y las que se ocupan principalmente de ella (a pesar de las igualdades de género soñadas o impuestas). Son ellas y las criaturas que llevan en su seno el centro mismo de todo el complejo y emocionante juego del sexo. Un hombre promiscuo es como un satélite que se sale de su órbita. Una mujer promiscua es una peligrosa apuesta evolutiva.