jueves, enero 08, 2009

Sextos sentidos

Hay cosas que damos por sentadas y cosas de las que ni siquiera llegamos a ser conscientes. A algunas de ellas aludiré para hablar de nuestros sextos sentidos en los dos "sentidos" en los que se interpretan:

1)
Como un sentido en "sentido" estricto, como una forma de percepción.

2) Como la capacidad de interpretar atinadamente psicologías ajenas y de percatarse en situaciones sociales (y en ocasiones no sociales) complejas de cual es el mejor camino a tomar, o de cual es la solución correcta de una forma rápida e inopinada, percibiendo oportunidades y peligros donde los demás solamente perciben lo mismo de siempre o un paisaje indescifrable.

Ya en este post traté el tema del sexto sentido en humanos, si bien de modo indirecto, y apoyándome en un destacado neurocientífico español, el Doctor Francisco José Rubia. Cité algunos pasajes de un capítulo de una de sus obras de divulgación sobre el cerebro titulado, precisamente, ¿qué es el sexto sentido?, para hacer una pequeña crítica sobre la benevolencia con la que el autor trataba los dudosos estudios de la telepatía. Debo decir que el propio autor (o un suplantador muy elocuente) se tomó la molestia de responderme para asegurar que no tomaba en serio la telepatía, pese a (o precisamente por) lo que decía en su libro. Dejo al juicio del lector (que supere la prueba de leer aquel post y al menos ese capítulo del libro de Rubia) el veredicto acerca del asunto, su propio veredicto independiente, sea este más o menos amigo de la huidiza verdad.

En dicho capítulo, en cualquier caso, se apuntan auténticos sextos sentidos en el reino animal, sentidos que nosotros no poseemos. La selección natural ha dado origen a una amplia variedad de adaptaciones de la que los sentidos, más que ninguna otra cosa (pues son las puertas y ventanas al mundo de un ser vivo), no podían quedar excluidos. Últimamente la ciencia está empezando a descubrir toda esa diversidad sensorial.

Los hombres, pese a nuestra superioridad más que demostrada para dominar el planeta, usar lenguaje simbólico, herramientas complejas y algunas otras facetas, carecemos de ciertas formas de percepción que para llegar a este "aquí y ahora" como especie diferenciada y de poderosa cognición, a través de una larga y penosa evolución, no necesitamos.

Pero tenemos también nuestros sextos sentidos. Uno de ellos, en verdad, no tiene nada de original, y podría resultar decepcionante al lector, pero es el sexto sentido en "sentido" estricto del que hablaba. El otro cabe atribuirlo a la estratificación en capas de nuestro cerebro, y viene a ser como una puerta y/o una ventana abierta en el piso bajo de un edificio por la que entran estímulos, de los cuales casi todos suben por el ascensor pero sólo unos pocos van al último piso, quedando muchos de ellos en pisos intermedios y realizando en ellos un trabajo fundamental. Se trataría de un subconsciente no freudiano, no cultural, enteramente biológico, con componentes de memoria filogenética y ontogenética, que podría llamar la atención de mucha gente que siga viviendo en el limbo del yo unificado y coherente, racional y en cierto modo simple. Pero vayamos al detalle.
Para hablar del primero de estos dos sextos sentidos, el que lo es propiamente, y que, con toda propiedad se denomina "propiocepción", acudiré a Oliver Sacks, y a su genial obra sobre impresionantes casos neurológicos, y fuente inagotable de carcajadas para los apasionados del más cruel humor negro o el más disparatado humor del absurdo: "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", en la que, de de entre todos los desgraciados casos, escojo el de la mujer desencarnada.

Comienza el capítulo con una cita de Wittgenstein:

Aquellos aspectos de las cosas que son más importantes para nosotros permanecen ocultos debido a su simplicidad y familiaridad (no somos capaces de percibir lo que tenemos continuamente ante los ojos). Los verdaderos fundamentos de la investigación no se hacen evidentes ni mucho menos.

Hay cosas, nos dice el filósofo, que damos por sentadas, y que no debiéramos pasar por alto si lo que queremos es saber. Aunque de lo que a continuación nos habla Sacks es de una mujer para la que la verdad que tenía que conocer a través de su negación no era un concepto, una idea, una abstracción ajena a su cotidianidad sensorial, sino una verdad con cuya puesta en evidencia no colapsaba una construcción teórica más o menos elaborada, sino los cimientos mismos de su ser y actuar en el mundo. Dicha mujer perdió el sentido de la propiocepción, su sexto sentido, quedando, en palabras de Sacks, "desencarnada".

La propiocepción la damos por supuesta, tanto que la mayoría de los lectores se preguntarán extrañados: ¿y qué es la propiocepción?. Volvamos el refrán del revés: "Ojos que ven, corazón que no siente". Todos sabemos, y está también en la sabiduría popular, que valoramos más las cosas cuando no las tenemos o cuando las perdemos. La ausencia de algo necesario o muy apetecido se experimenta como un infierno y un anhelo. La propiocepción es un sentido del propio cuerpo en el espacio, un sentido que, ayudado por el aparato vestibular (que está en el oído y sin el cual los trapecistas no podrían hacer sus equilibrios precarios ni nosotros los nuestros de andar por casa y por la calle), constituye la base sobre la que se asienta la estructura de nuestra corporeidad.

En palabras de Sacks:

El resto de nuestros sentidos (los cinco sentidos) están abiertos, son evidentes, pero esto (nuestro sentido oculto) hubo de, digamos, descubrirlo Sherrington, en la década de 1890. Le llamó propiocepción para distinguirlo de la exterocepción y de la interocepción, y, además, por ser imprescindible para que el individuo tenga un sentido de sí mismo; porque si sentimos el cuerpo como propio, como propiedad nuestra, es por cortesía de la propiocepción.¿Hay algo que sea más importante para nosotros, a un nivel básico, que el control, la propiedad y el manejo, de nuestro propio yo físico?. Y sin embargo es algo tan automático, tan familiar, que no le dedicamos jamás un pensamiento.

Después comenta el caso de Cristina, una joven de 26 años perfectamente sana que tras un tratamiento antibiótico profiláctico previo a una operación pasó, en sus propias palabras, a no sentir su cuerpo, a sentirse rara, desencarnada..."esta propiocepción es como los ojos del cuerpo, es la forma que tiene el cuerpo de verse a sí mismo. Y si desaparece, como en mi caso, es como si el cuerpo estuviera ciego". No podía sostenerse en pie, había perdido sensibilidad en las manos, que vagaban, se equivocaban constantemente en sus movimientos, y no agarraban las cosas, que caían de ellas. Necesitaba siempre mirar las partes de su cuerpo que quería mover, se apoyaba en su vista pues el punto de apoyo natural y hasta entonces ni siquiera sentido conscientemente había desaparecido. Así logró algunos avances pero jamás se recuperó, jamás recuperó su propiocepción. "Mi cuerpo no puede verse si ha perdido los ojos ¿no?. Así que tengo que vigilarlo...tengo que ser sus ojos ¿no?", preguntaba al Doctor. Como antes dije "ojos que ven corazón que no siente".

El otro sexto sentido surge de lo profundo de nuestro universo psíquico inconsciente. No es, de hecho, un sentido, sino simplemente una habilidad cognitiva que se deriva directamente de la formación y la genética sentimentales, del procesamiento veloz, previo al consciente, de los estímulos, a través de las conexiones entre el tálamo (lugar de paso de todos los sentidos excepto del olfato) y el denominado sistema límbico, especialmente con la amígdala, centro de emociones primarias como el miedo y la agresividad.

Desde hace ya bastante tiempo neurocientíficos como Antonio Damasio o Joseph Ledoux nos vienen informando del esencial papel que las emociones juegan en nuestra conducta y en nuestras percepciones internas, sean "racionales" o "sentimentales".

En "El error de Descartes" Damasio incide mucho en la memoria emocional. Cuando nos sucede algo (para ser más exactos, cuando penetra un estímulo en nuestro cerebro a través de alguna de las ventanas sensoriales) el cerebro etiqueta el estímulo o suceso de acuerdo con experiencias pasadas similares o idénticas. Esto lleva a otros neurocientíficos como Gerald Edelman a afirmar que las percepciones son una forma de presente recordado, puesto que el cerebro colorea la percepción con el color de lo ya percibido, tanto emocionalmente como "físicamente". Un ejemplo "físico" de esto lo tenemos en el relleno del campo visual que hace el cerebro con el llamado punto ciego de la retina y los bordes del campo visual. Pero es de mucha mayor importancia que la unidad de la percepción física la evaluación emocional rápida de lo que nos sucede, pues las emociones son programas de acción validados por millones de años de evolución. Por ello el tálamo (por el que, como decíamos, pasan todas las entradas sensoriales excepto la olfativa) tiene conexiones con el sistema límbico, especialmente la amígdala, que permiten que lo percibido lo sea primero allí, antes de llegar a la corteza, que procesa más detalladamente pero con más lentitud.

En la amígdala, nos dice LeDoux, hay una forma de memoria, más primitiva que la elaborada por el juego entre el hipocampo y la corteza, pero mucho más profunda y a cuyos veredictos obedecemos con mayor prontitud e intensidad, subordinando nuestra racionalidad hasta el punto de convertirla en mero instrumento.

Las emociones son el Iceberg del cerebro....Nuestro control consciente sobre las emociones es débil, pues la construcción del cerebro en este punto de la evolución favorece a las emociones: las conexiones desde los sistemas emocionales hasta los cognoscitivos son más fuertes que las que van en sentido contrario.

Dice en otro lugar en el que habla de experimentos de condicionamiento del miedo con descargas eléctricas en las patas de ratas asociadas a un sonido: "un estímulo auditivo ..puede llegar directamente a la amígdala sin pasar antes por la corteza y producir respuestas emocionales independientes".

La amígdala tiene memoria, una memoria que marca como buenos o malos los estímulos entrantes antes de que pensemos en, y siquiera seamos conscientes de ellos. Damasio nos habla de esas sensaciones desagradables o agradables que a veces tenemos sin saber muy bien porqué. A veces las sacamos a la luz de la consciencia, pero otras muchas permanecemos en la ignorancia acerca de lo que nos ha hecho sentir bien o mal.

Dentro de la memoria emocional yo distinguiría dos tipos, y creo que la dicotomía es absolutamente precisa y necesaria: la memoria filogenética y la ontogenética, es decir, la que está de alguna manera impresa en los genes y en la construcción que estos hacen de nuestro cerebro y la que se debe a los estímulos ambiente, desde el mismo útero, que afectan a nuestro desarrollo con seres a lo largo de la vida a través de los cambios en la organización neuronal (en la medida en que se de o pueda dar plasticidad neuronal). Es de suponer que en la parte del cerebro donde se procesan y crean las emociones, más antigua filogenéticamente, sean bastante más difícil los cambios suscitados por el ambiente. La tabla es menos rasa cuanto más se profundiza en el cerebro (y con ello en la evolución).

Un ejemplo de memoria emocional filogenética es nuestro temor a las serpientes, que apenas requiere estímulos ambientales para desarrollarse. Y otro aún más sorprendente nos lo cuenta LeDoux al hablar de sus ratas de laboratorio:

Las ratas nacidas en el laboratorio exhiben respuestas emocionales de miedo la primera vez que ven a un felino aunque nunca hayan estado cerca de uno. Esto no deja de sorprender, porque estos animales seleccionados en el laboratorio no han tenido contacto con gatos desde hace muchas generaciones.

Ejemplos de memoria emocional ontogenética los tenemos a miles. Todos nosotros tenemos al menos algunos pocos que contar. Juan sin miedo no existe, salvo que sea un paciente con lesión cerebral en las amígdalas de ambos hemisferios cerebrales. Expuestos a tantos azares para satisfacer nuestras necesidades tenemos por fuerza que sufrir percances que nos marquen emocionalmente, la mayor parte de las veces inconscientemente. Así Freud tendría razón al hablar del subconsciente, pero como antes decía sería este subconsciente un subconsciente no freudiano, puesto que poco tendría que ver con la cultura almacenada en nuestra neocorteza y su complejidad, poco o nada se debería a "complejos".

Al final todo esto me lleva, por los retorcidos caminos que pasan por el tálamo y van a las amígdalas (y partes adyacentes de corteza) y a la neocorteza, y los que unen ambas, al sexto sentido. "Tiene un sexto sentido para los negocios, para el póker, para las mujeres.....para...", se dice popularmente. Y no hay tal, si apuramos. Las habilidades cognitivas y motoras para las tareas y acciones más variadas son fácilmente distinguibles. Sin embargo esa base emocional no lo es tanto, y es, como buen iceberg, la que determina qué hacemos y cómo lo hacemos. La "difícil facilidad" de muchos maestros del arte, la ciencia, los negocios...tiene su asiento también, y especialmente, en el inconsciente emocional, en su memoria emocional, en cómo experimentan en el fondo de su psique los estímulos que les entran sobre su particular dominio. La experiencia acumulada lo es de todo el cerebro, no solamente de la neocorteza. El cerebro procesa todo como una unidad, y así lo demuestran los casos neurológicos de daño cerebral. Cuando falta una parte de la neocorteza puede faltar un sentido, puede no procesarse correctamente el habla, pero si falta la conexión con el cerebro emocional el ser humano pierde cualquier sexto sentido que antes hubiera tenido en cualquier área.

Obras:

"El nuevo mapa del cerebro". Rita Carter (artículo insertado de Joseph LeDoux).

"El hombre que confundió a su mujer con un sombrero". Oliver Sacks.

"Emoción y conocimiento". Varios autores (Joseph LeDoux)

"El error de Descartes". Antonio Damasio.

Publicado originalmente en Lidiando con la fatalidad.