miércoles, noviembre 06, 2013

Sexo a primera vista



La adolescencia es un período difícil para los machos humanos. Habiendo descubierto su sexualidad y los roles masculinos que más “enrollan” a las hembras que seleccionan sexualmente, compiten entre sí como fieras para ser los primeros en algo, sea lo que sea, que haga destacar su fortaleza física o mental. Pueden ser atletas o músicos, macarras “pasotas” que pretenden mostrar una especie de autonomía y seguridad desafiando a lo establecido, y con ello valentía y una especie de criterio propio (fortaleza la primera física y la segunda mental) o bien buenos chicos que triunfan o emulan a los que lo hacen en las etapas de los caminos más convencionales trazados por su cultura. Paradójicamente dicha competencia feroz y “salvaje” (merecen dicho calificativo aunque se barnicen con eufemismos políticamente correctos) conlleva un grupalismo no menos feroz por su carácter excluyente: Dios los cría y ellos se juntan.  En el fondo el juego consiste en que cada uno busca a “otros” que le sirvan de aliados en su lucha individual por tener éxito contra todos los demás, siendo el “otro” elegido lo más parecido a uno mismo en la elección de rol, lo más parecido a uno mismo, en definitiva, y no siendo considerado por ello, en principio, como un “otro” cualquiera. La mente separa rápidamente al endogrupo del exogrupo y hay dos tipos de prójimos: los que forman parte del proyecto vital individual de uno y los que son rivales, por formar parte de otras agrupaciones con fines inmediatos distintos, aunque con fines últimos idénticos.   

¿Que qué es lo que busca el adolescente?: su grupo final. A lo largo de una extensa historia evolutiva ese grupo ha estado compuesto en casi todos los casos por una mujer y  los hijos con ella engendrados., lo que se conoce como familia nuclear. Alrededor de ella termina por recuperarse a la familia extensa, temporalmente olvidada u obviada por el gran número de hormonas en circulación. Pero los hombres, como dicen algunos con buen criterio, tienden a la promiscuidad y a la poligamia, a contravenir la Ley Mosaica y desear a la  mujer del prójimo, a buscar a todo bicho viviente con aspecto de mujer apetecible y cazarlo sexualmente. Y ésta tendencia masculina tan arraigada tiene sus correlatos neuronales. Sí, lo han oído bien, pero si son hombres y leen este texto lo habrán “visto” mejor….porque su sistema visual, que no es enteramente guiado por el cerebro consciente, les lleva a mirar, sin que ustedes puedan fácilmente controlarlo y en muchas ocasiones sin que tengan tiempo de percatarse, hacia objetos y objetivos sexuales potenciales. 

Ustedes formarán familias y serán fieles, porque es algo que conviene a la crianza de los hijos y tiene también su programa neuronal completo dentro de su cabeza, pero en su mente masculina, emanada de un cerebro masculino también seleccionado para seleccionar buenos traseros, buenas delanteras , rostros angelicales y melenas tupidas ondeando al viento, usted no podrá evitar imaginar a mujeres bellas o conjeturar de forma rápida y acrítica que ésa chica que pasa y da la vuelta a la esquina es la mujer de su vida. Su cerebro no ha  procesado apenas información visual pero ha rellenado los huecos dejados por el rápido vistazo en una imagen idealizada de la belleza de la fémina.  Algo en usted le impulsa a perseguirla, mientras su lóbulo frontal trata denodadamente de inhibir el impulso persecutorio. Si es usted lo sufientemente  razonable, experimentado o incluso sabio se dirá: “¡Bah, otra vez mi mente me está engañando! Es una mujer como otra cualquiera, todo lo más es un poco más guapa que la media. Y total, si entro en relaciones con ella no puede darme más que problemas con mi pareja y la estabilidad que representa, trayendo solo los conflictos propios de una nueva relación, quizás peores que los que sufro ahora”. 

Pero, esperen……he dado un salto de la mente adolescente a la de un adulto ya emparejado sin solución de continuidad, ¿qué es lo que ha pasado? Básicamente nada: un cerebro y otro buscan mujeres nuevas continuamente, y sólo la capa de racionalidad de la que nos ha dotado la selección natural igual que nos dotó del impulso sexual indiscriminado pone freno a éste último en cada batalla de una guerra sin cuartel entre distintas facciones del cerebro.  Pero la capa de racionalidad no está del todo asentada en la adolescencia, por lo que el impulso es más fuerte.  Y es más fuerte aún porque en la adolescencia la tormenta hormonal nos hace terriblemente proclives a los pensamientos libidinosos. Así, un lóbulo frontal no completamente desarrollado y unas emociones a flor de piel exacerbadas por cascadas y cascadas de hormonas sexuales volcadas al torrente sanguíneo nos convierten, en la adolescencia, en  perseguidores activos de hembras potencialmente receptivas. Y ese programa chapucero nos lleva a buscar sexo, lo que, una vez se encuentra, con otras hormonas sexuales de  vinculación nos puede conducir suavemente a una monogamia primero asediada permanentemente por las tentaciones, y con posterioridad asentada relativamente en la medida en que los conflictos surgidos de ella no desborden los diques creados por el cerebro racional y el flujo contracorriente de los impulsos sexuales indiscriminados de las  hormonas de vinculación (oxitocina, vasopresina).

Miramos pues a las mujeres que pasan, digamos, con interés. Dicho interés será mayor o menor en función de nuestra edad, experiencia y circunstancias, pero existirá siempre y moverá nuestros ojos a dónde le de la real gana, es decir, a las formas femeninas que parezcan ser bellas en un primer vistazo. Y eso es el sexo a primera vista, una cosa que tenemos metida dentro y que no desaparece con la edad, en todo caso se atenúa. Tiene pleno sentido evolutivo. Si lo piensan detenidamente su pareja no es la única potencial pareja que tienen. Las cosas pueden ir mal…¿y entonces? Conviene no haber perdido el instinto de cazador de parejas sexuales. Sigue siendo usted un individuo que busca o bien una pareja y una estabilidad emocional o bien un sucedáneo o un simulacro, aunque se convenza de que sólo quiere divertirse. Habrá entre los hombres una variabilidad inherente a cosas tales como el número de receptores de vasopresina (1), pero en general la tendencia existirá en casi todas las personas “normales” (dentro de una distribución normal).

David Eagleman, en su libro Incógnito (2), nos habla de este asunto, y de un experimento de laboratorio que condujo con un colega suyo:

En un estudio llevado a cabo en el laboratorio, los participantes vislumbraban brevemente fotografías de hombres y mujeres y clasificaban su atractivo (3). Posteriormente se les volvía a enseñar las fotos y se les pedía que las clasificaran igual que antes, pero esta vez disponían de todo el tiempo que deseaban para examinarlas. ¿El resultado? Las personas que ves durante un momento son más hermosas. En otras palabras, si vislumbras a una persona doblando una esquina o pasando en coche rápidamente, el  sistema perceptivo te dirá que es más hermosa de lo que considerarías en otras circunstancias. En los hombres este error de juicio es más poderoso que en las mujeres, presumiblemente porque ellos son más visuales a la hora de valorar el atractivo. Este “efecto vislumbre”concuerda con nuestra experiencia cotidiana, en la que un hombre ve brevemente a una mujer y cree haberse perdido una singular belleza; luego, cuando ha doblado apresuradamente la esquina, descubre que se había equivocado. 

Visto todo esto me siento inclinado, lo sé, no sólo a mirar a mujeres que son solamente un bosquejo de hermosura brevemente pintado y borrado en mi campo visual, sino a reafirmarme en lo duro que es ser adolescente masculino, y más en éstos tiempos, al menos respecto al sexo y a todo lo que lo rodea. El joven de hoy  se ve bombardeado por estímulos visuales rápidos tanto en la calle de las grandes urbes, dónde el tránsito es continuo y acelerado y se ven muchos rostros y cuerpos por minuto, como en la caja de trolas de la televisión, dónde se juega con planos rápidos para crear efectos de belleza tanto en anuncios como en vídeos musicales, por poner dos ejemplos, y como en los lugares de ocio inventados para el encuentro sexual como discotecas y pubs, dónde el juego de luces y sombras contribuye poderosamente a generar efectos visuales de flash. Dicho bombardeo, unido al hormonal, genera una ansiedad y una insatisfacción permanentes en nuestros jóvenes que no contribuye en nada a su adaptación medianamente serena a los cambios propios de la edad y a la entrada en la madurez y en la aceptación de las responsabilidades a ella asociadas, lo cual, en sí, tampoco contribuye demasiado a "generar adultos responsables". El complejo de Peter Pan (en éste caso un Peter Pan ligón que sigue saliendo de copas en busca de un nuevo lío, llevado por los espejismos de la sociedad de masas y comunicaciones, y no un niño que quiere seguir jugando) se mantiene hasta bien entrada la madurez. Y no me digan que no conocen ejemplos….algunos incluso pueden mirarse a sí mismos y constatar que es así.

(        1)    H. Walum, L.Westberg, S. Henningsson, J.M. Neiderhiser, D.Reiss, W.Igl, J.M. Ganiban et al., “Genetic Variation in the Vasopressin receptor 1a gene (AVPRIA) asociates with pairbording behavior in humans”. PNAS 105, nº 37 (2008): 14153-14156.
   
         2) "Incógnito. Las vidas secretas del cerebro". David Eagleman.
(  
         3)    Vaughn y Eagleman, “Faces briefly glimpsed”.