martes, mayo 13, 2014

Eros y alcohol

Antes de que en el mundo hubiera vid o uva nuestra alma estuvo embriagada de un vino inmortal (Rumi).
botella


El mito atribuye a Dioniso la autoría del vino, el que lo dio a conocer a la humanidad a fin de procurarle esa embriaguez que todos conocemos a propósito del alcohol. En realidad un proceso de lo más natural puesto que la fermentación es uno de los destinos de la glucosa y por tanto de la fruta madura.


Lo que permite asegurarnos la idea de que nuestra especie, asi como todas las especies frugívoras hemos estado en contacto con el alcohol etílico desde tiempo inmemorial, aunque es cierto que siempre en pequeñas cantidades hasta que Dioniso nos enseñó a cultivar la uva y más tarde a utilizar sus azúcares fermentados para la elaboración del vino. Tambien la cerveza apareció de forma similar.
Paradójicamente con esta idea, el alcohol etílico a pesar de sus profundos efectos sobre el cerebro no posee receptores propios, como el opio o el cannabis y se limita a ocuparlos todos, provocando una especie de tormenta cerebral que conocemos con el nombre de embriaguez.

alcohol

Y consecuentemente con ella, nuestro hígado posee un enzima especifico para degradar el alcohol, la alcoholdeshidrogenasa que degrada el etanol y lo convierte en acetaldehido que posteriormente se degrada en dioxido de carbono y agua. Sólo dos pasos para la degradación. Lo curioso de la deshidrogenasa es que está presente no sólo en las especies que están expuestas al etanol como sería de suponer, sino que algunas especies marinas también poseen este enzima necesario para no morirnos cuando nos bebemos una cerveza.
Y son estos productos tóxicos, el acetaldehido-acetato precisamente los responsables de la conocida "resaca", junto con la deshidratación (salida de agua de la celula al espacio intersticial) que conlleva la intoxicación del etanol la responsable de ese "dia después" donde pagamos las consecuencias del exceso.
Dicho de otra manera el alcohol es un tóxico.
Más paradojas: es un tóxico pero tambien tiene propiedades medicinales, me refiero concretamente al vino con sus conocidos polifenoles y más concretamente el resveratrol que es el componente más estudiado y que da lugar a un curioso fenómeno conocido como "paradoja francesa". Los paises productores y mayormente consumidores de vino tienen menos enfermedades cardiovasculares que aquellos paises donde no se consume vino.
Y sobre todo es más tóxico para unos que para otros. ¿Cómo se explica este contradicción?
Lo cierto es que los alcoholes no son todos iguales, no son los mismo los que proceden de la fermentación que los destilados. Unos tienen más graduación que otros como todo el mundo sabe, los alcoholes blancos (ron, ginebra) son más tóxicos que los pardos o el propio vino.
La verdad del asunto es que no sabemos cual es el limite por el que un individuo pasa de ser un consumidor a un adicto. Todos nosotros más o menos somos consumidores de alcohol y sin embargo no somos alcohólicos, ¿cómo podemos explicar este fenómeno?

El fenómeno tiene dificil explicación desde el paradigma neurobiológico, que es el políticamente correcto, me refiero al modelo de adicción que el modelo hegemónico en biomedicina. Según este modelo la adicción seria el trasunto final del abuso crónico de alcohol. El problema está en definir que es uso y qué es abuso. "Beber como un caballero" o aprender a beber es un asunto nada baladí, porque beber es algo que se aprende, algo que tiene un sentido, algo que puede representar un rito inicático o algo que simplemente sucede como una manera de autoprovocarse una embriaguez rapida y sin sentido. Aqui en este post me preguntaba precisamente si sabemos beber.
Y no, la mayor parte de los adictos al alcohol no saben beber. O dicho de otra manera: para ser un adicto al alcohol es necesario utilizar el alcohol como una automedicación, es decir para aliviar ciertos contenidos de la conciencia. El alcohol usado como medicamento para inducirse tranquilización, motivación o exaltación es muy peligroso.
En realidad los efectos neurobiológicos del alcohol son muy ambigüos (recordemos ahora la ausencia de receptores especificos). En algunas personas se comporta como un sedante, en otras excitante, estimula la agresividad pero tambien el contacto, nos hace parlanchines y alegres y a veces inunda nuestro psíquismo de una profunda confusión mental.
Todo depende claro está del individuo y no tanto del alcohol en sí. Pero sabemos algunas cosas: los factores que intervienen son múltiples: el sexo, el peso, la edad, el patrón de ingesta, la existencia de tolerancia, la forma de metabolización hepática (rápida o lenta) y sobre todo una variable crítica: el grado de conciencia alcanzado en la propia evolución personal que determina el por qué se consume el alcohol y sobre todo; en qué contextos psíquicos o ambientales.

Algunas de estas variables nos pasarían desapercibidas si solo aplicáramos el modelo de adicción al estudio del alcoholismo o la dependencia al mismo. Curiosamente hay personas que abusan del alcohol y no presentan jamás sintomas de deprivación y la abstinencia es precisamente una de las condiciones por las que sabemos que el alcohol induce dependencia. Otras desarollan una cirrosis sin presentar jamás signos de abstinencia y otras presentan alucinosis alcohólicas o delirium tremens sin haber dado muestras de una grave dependencia anterior. Todo lo cual viene a señalar en la dirección de que existen otros factores que juegan su papel en el desarrollo de complicaciones graves.
En realidad considerar que el alcohol es un tóxico que causa dependencia es una elaboración "postdictiva". Sabemos que tal o cual paciente es un dependiente porque ha hecho una complicación de este tipo pero no podemos predecir qué pacientes la harán y cuales no.
Con esto no quiero decir que no exista la dependencia al alcohol, lo que quiero decir es que el modelo adictivo es insuficiente para explicar la fenomenología del beber en exceso. Y que además se hace un uso abusivo de él, me refiero al modelo adictivo pues hoy ha dejado el campo de las sustancias psicoactivas y ya hablamos de adicciones comportamentales, del juego patológico, de la dependencia al "jogging" o de adicción al sexo o la comida.

En mi opinión se trata de excesos del lenguaje, no puede haber adicción mas que a ciertas sustancias psicoactivas y es muy probable que aun en estos casos la adicción no sea tal y como nos la imaginamos. Por ejemplo en este articulo de Vohs y Baumeister, (2009)  "Creer o no creer en el libre albedrio" los autores ponen el dedo en la llaga cuando se plantean la hipótesis de que en realidad tanto para el enfermo como para el médico es mejor creer en que la adicción es una enfermedad cerebral que una patología de la responsabilidad. Convertir  una elección equivocada en una pulsión biológica alienada es una buena forma de escurrir el bulto y refugiarnos en el determinismo biológico inapelable, en un cerebrocentrismo donde la enfermedad es la consecuencia de un mal funcionamiento cerebral. En este sentido el consumo de alcohol o tóxicos, junto con otras conductas dañinas han sufrido un proceso de desmoralización en el sentido que Jonathan Haidt ha dado a esta idea.

Por otra parte no está nada claro que las adicciones sean enfermedades genuinas, como las otras (las de verdad). ¿Es el alcoholismo una enfermedad como las demás? a pesar de los cambios cerebrales que se han descrito con el uso y abuso crónico del tóxico las cosas no acaban de estar claras del todo y la variable responsabilidad ha sido barrida del discurso médico.

Enfermedades y no-enfermedades.-
Lo que diferencia una enfermedad verdadera de una adicción, es el hecho de que las enfermedades son espontáneas, es decir suceden más allá de la voluntad del propio sujeto. Algo que se encuentra bastante alejado de la “voluntariedad” que manifiestan las adicciones. En cualquier caso se trata de una “enfermedad” autoinducida lo que la diferencia de las demás y no sólo eso sino que una adicción supone siempre el quebrantamiento de un consenso moral: las drogas son ilegales (casi todas) porque el Estado las ha prohibido por sus efectos adversos y visibles con rapidez, los que caen en ellas antes de ser enfermos son transgresores de una norma cívica.
Por otro lado el criterio de cambios cerebrales por sí mismo no justifica el calificativo de “enfermedad”.
No debemos perder de vista que ciertos procesos han sido sometidos a una “moralización” por ejemplo la prohibición de comer carne en ciertas religiones o en los vegetarianos, mientras que otras conductas han sido sometidas a una desmoralización (o una naturalización), significa que las adicciones han pasado de considerarse “vicios” a considerarse “enfermedades”. Mi opinión es que al sustraerles la parte moral a este tipo de conductas les hemos quitado tambien la posibilidad de redimirlas a través de otra conducta moral. Por ejemplo el alcoholismo se cura a través de una especie de “ritual religióso” como la que proponen las ordenanzas de “alcohólicos anónimos” que prescriben una supresión del alcohol de por vida (similar a la que postulan las religiones). En mi opinión estas técnicas tienen más éxito que las médicas pues devuelven al individuo cierto control sobre su conducta, mientras que la medicalización de las mismas tiene un éxito muy relativo y menor.
Por todo esto, algunos expertos defienden que la adicción no debería ajustarse al término enfermedad, sino a una forma extrema de la normalidad, o más exactamente, una forma extrema de aprendizaje.
Pero no solo de aprendizajes vive el hombre sino también de trascendencia, es por eso que en el próximo epígrafe hablaré de un modelo alternativo, un modelo metafisico: la metafisica del alcohol.

Metafisica del alcoholismo.-

Pero volviendo al tema concreto del alcohol, me parece obvio señalar que el alcohol es una droga maníaca, es decir propicia - a diferencia de otras drogas como la heroína- una especie de embriaguez anagógica. Una embriaguez exaltada que agranda artificialmente el Yo y le dota de un poder que el estado natural no puede alcanzarse espontáneamente.
Podríamos decir que la embriaguez alcohólica es buscada precisamente porque modifica la consciencia en un estado que es percibido como benéfico para el individuo concreto. De lo contrario -sin ese enlace con un estado nuevo y vigoroso- no podría entenderse la repetición y la búsqueda de nuevas embriagueces en el individuo "adicto". ¿Qué sentido podría tener repetir una experiencia de embriaguez que casi siempre termina bordeando los limites de la tragedia, o al menos del malestar o displacer de la resaca o las consecuencias sociales de la misma?
Es obvio que en la experiencia de embriaguez -en sí - está la variable critica que apunta frente a la repetición de la misma. En la embriaguez hay un placer, por más que se prolongue en un displacer posterior que no sirve como corrección de esta búsqueda.
Esta es precisamente una de las patatas calientes con las que se enfrenta la neurociencia en la investigación de la neurobiología del problema. Sencillamente el modelo de placer-recompensa no explica la repetición de una pauta de comportamiento que por sí misma se revela inadecuada a medio plazo. O dicho de otra manera: la búsqueda de embriaguez no se explica con el modelo adictivo, tiene que haber algo más. El alcohólico en este sentido no es sólo una persona capturada por mecanismos adictivos de su cerebro sino que hay algo más en esa repetición.

¿Qué se busca en la embriaguez?.-

Para contestar a esta pregunta deberemos recordar dos cuestiones teóricas, la primera es Eros y su función y la segunda la constitución de la consciencia humana tal y como la conocemos en nuestra especie, algo de lo que ya hablé, en una serie de post que titulé "¿Una conciencia doble? y también en esta conferencia que podeís ver en video aqui (son tres vídeos) donde hablé de malestar que emerge de nuestra consciencia dividida.
De esta conferencia -donde hablo precisamente de las ventajas y desventajas de eso que Huxley y Rojo han llamado "ruptura de la simetría"-, no voy a volver a hablar salvo para decir que una de las consecuencias más importantes de la ruptura de la simetría de la conciencia -la Gran escisión- es ese anhelo que queda en todos nosotros los humanos respecto a la Unidad, algo que queda como una especie de anhelo de trascendencia y que podemos explorar gracias a Eros.

Eros no debe confundirse con el amor, ni siquiera con el instinto reproductivo. Eros es una entelequia, un intangible que tiene propósito (telos) en sí mismo (en) y que sólo adquiere visibilidad cuando nos situamos en un plano metafísico, un plano donde las cosas no pueden verse (no existen) pero pueden sentirse (son) a través de sus efectos sobre lo material . Eros en este sentido y según el mito es hijo de un Dios y de una mortal, pero no de una mortal cualquiera sino de la Privación, la Pobreza y la Necesidad. Eros es un psicopompo, -el que conduce el alma a su destino inferior o superior- y que enlaza al ser humano con la Unidad y a ese movimiento le llamamos trascendencia.
Pues lo humano tiene esa Falta fundamental, es su eje de torsión. La privación es en lo humano su eje fundacional, somos seres incompletos que buscamos a través de lo Otro, nuestra completud, sea lo que sea eso Otro. Y lo hacemos frecuentemente de una forma sacrificial bien consciente o bien inconscientemente pues Eros no puede disociarse de Tanatos.
De manera que podemos entender ahora que Eros es una embriaguez que nos lleva hacia la degradación o destrucción de lo humano (catagógica) o hacia la elevación trascendente (anagógica).
Para entenderlo mejor tomaremos la siguiente metáfora. Una metafora que llamo la "metáfora del contador de corriente".
Todos nosotros tenemos corriente eléctrica en casa, de modo que es una metáfora comprensible para todos.
Tenemos cada uno de nosotros contratada una potencia eléctrica en nuestro hogar (contada en Kw), este contrato podria asemejarse a nuestra esencia, lo que traemos de genético, epigenético y ambiental de nuestra primera infancia. El contrato de Kw depende naturalmente del número y la cantidad de electrodomésticos que tengamos en nuestro hogar. Por termino medio tenemos contratados unos 5 kw.
Despues en cada edificio hay un contador individual: ese contador está diseñado para que no se superen los Kw que tenemos contratados de tal forma que si lo hacemos corremos el riesgo de que el automático salte y nos quedemos sin luz. Otra opción que tienen las eléctricas es contarnos el gasto a precio de oro si sobrepasamos la potencia contratada.
En cualquier caso y para que la metáfora siga siendo servible, el gasto de energía de nuestro cerebro (que es el contador) no puede exceder del gasto de energía contratada y si lo hace se sigue un verdadero estropicio en nuestra instalación.
Pues bien: Eros es algo asi como la potencia contratada. Lo interesante es que no tenemos el mando sobre esta "potencia" sino que nos viene de serie. Si forzamos nuestra maquinaria lo único que conseguimos en que salten los plomos y nos quedemos sin luz.
Eso es poco más o menos lo que les sucede no sólo a los alcohólicos sino a todos aquellos que viven o desean vivir experiencias (o negarlas) que van más allá de su potencial de cambio plástico. Estoy pensando ahora en los maníacos donde podemos contemplar precisamente a Eros haciendo de las suyas y llevando el paciente hacia una embriaguez catagógica, empujándole a caer por una pendiente de gastos excesivos, excesiva confianza en sí mismo, a tomar decisiones imprudentes, etc. En suma irracionalidad. Eros se ha impuesto al Logos.
La fuerza y el vigor de Eros es extraordinaria y cuando podemos contemplarlo sin los controles de un cerebro sano se revela en su verdadera animalidad, en su pulsión destructiva y desnuda y en su intención esencialmente unitiva y trascedente arrastrando al individuo más allá de su voluntad.
Lo que busca Eros es precisamente la reunión: volver a ser uno, abandonar la dualidad, fundirse en un abrazo perenne con lo que no-Es, con lo Otro.
Naturalmente las adicciones son simulacros de este anhelo de reunión y aunque en momentos puntuales puedan prometerla, se trata de una promesa que en el largo plazo no podrá ser cumplida. Más concretamente arrastrará al individuo a su destrucción y degeneración cuando no a la animalidad pura.
Lo interesante de contar con Eros para explicar tanto lo maníaco como la adicción al alcohol es que con mucha frecuencia los enfermos depresivos -y también otros- recurren al alcohol para propiciarse estados hipomaníacos es decir como antidepresivo. Ahí es posible entrever el carácter maníaco de Eros insuflando energía al sistema ya de por si sobrecargado.
El alcohol es en este sentido una especie de curalotodo, un bálsamo de Fierabrás tal y como nos cuenta Cervantes en el Quijote.

El bálsamo de Fierabrás es una poción mágica capaz de curar todas las dolencias del cuerpo humano que forma parte de las leyendas del ciclo carolingio. Según la leyenda épica, cuando el rey Balán y su hijo Fierabrás conquistaron Roma, robaron en dos barriles los restos del bálsamo con que fue embalsamado el cuerpo de Jesucristo, que tenía el poder de curar las heridas a quien lo bebía.
En el capítulo X del primer volumen de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, después de una de sus numerosas palizas, Don Quijote menciona a Sancho Panza que él conoce la receta del bálsamo. En el capítulo XVII, Don Quijote muestra a Sancho que los ingredientes son aceite, vino, sal y romero. El caballero los hierve y bendice con ochenta padrenuestros, ochenta avemarías, ochenta salves y ochenta credos. Al beberlo, Don Quijote padece vómitos y sudores, y se siente curado después de dormir. Sin embargo, para Sancho tiene un efecto laxante, justificado por El Quijote por no ser caballero andante. (extraido de esta web)

El mito es demasiado parecido al de Dioniso que nos trajo el cultivo de la vid, un regalo que robó a los mismos dioses para la elaboración del vino y sus efectos tan distintos según quien lo tome. Hay algo en el alcohol  de incierto, un efecto mágico e impredecible y que hoy podríamos reconocer en sus efectos paradójicos: no tiene el mismo efecto según quien lo tome, o si es la primera vez o si no hay acostumbramiento (hoy diríamos dependencia).
No es que el vino nos lleve hacia la verdad pero es seguro que el vino nos lleva hacia la verdad que nos gustaría poseer. De no ser -claro está- por ese fatídico día después que a veces se adelanta y se funde con la embriaguez propiamente dicha y nos lleva hacia el sueño, un psicopompo pariente de Eros pero de sentido totalmente contrario.