domingo, septiembre 07, 2014

Evolución y especies humanas

Aunque en apariencia parece que nuestro conocimiento sobre la evolución de las especies biológicas es alto, la realidad es que aún tenemos numerosas dudas sobre lo más básico. Los conceptos que tenemos sobre la realidad biológica que significa la evolución, la forma de realizarse y como poder estudiarla con un adecuado fundamento, dista mucho de ser plenamente satisfactorio. La complejidad de los procesos evolutivos es un tema ya tratado en este blog (¿Qué entendemos por evolución?) del que nos interesa recordar las dos formas generales de producción evolutiva. En general, y asumiendo que la existencia de una no excluye la presencia de la otra debido a la evolución en mosaico, se pueden ofrecer dos formas de cambio morfológico.

- La primera está representada por la teoría sintética, que se distingue por formas de evolución de forma lenta, estando siempre dirigida durante su desarrollo por la acción de la selección natural, es decir, con una consecuente mejora de la adaptabilidad al medio que hace que perdure y mantenga genéticamente.
- La segunda estaría basada en los conceptos que la Biología ha desarrollado en estos últimos años, y que engloba al modelo paleontológico de los equilibrios puntuados (Gould y Lewontin, 1984), donde se explica la producción evolutiva con otros parámetros, entre los que destaca la realización de algunos cambios anatómicos relativamente rápidos, y su posterior sometimiento a los controles de la selección natural. Constituye un modelo epigenético basado en los fundamentos de la Genética y Biología del Desarrollo.

Naturalmente, ambas formas de cambio, dentro del mosaico evolutivo característico de nuestro linaje, pueden darse a la vez, alternativamente y en áreas corporales diferentes. Incluso tales formas están incluidas en los dos modelos evolutivos, pero la importancia evolutiva cambia radicalmente en cada uno de ellos. En el primero es la selección natural la que dirige los cambios morfológicos, admitiendo de forma más ocasional que frecuente los procesos de exaptación. Mientras que el segundo da más valor a los procesos heterocrónicos, embriológicos y epigenéticos dentro de una amplia utilización exaptativa. Estas características dificultan mucho su estudio, obligando a mantener los dos procesos de cambio como posibles, pero dentro del concepto de evolución mosaico.

Las especies del género Homo

En este complejo contexto surge una pregunta: ¿Qué son y cómo se formaron la diversidad de especies que componen el género Homo?

Lo primero que hay que aclarar es el propio concepto de especie, pues aunque parece ser un hecho biológico claramente admitido por todos, lo cierto es que estamos usando una idea útil pero equívoca. El concepto de especie en biología parece estar bien establecido, en realidad en un tanto abstracto, controvertido y a veces poco fiable. Pero, es muy útil, pues no existe otra forma de establecer un análisis racionalizado de la variedad biológica del presente y del pasado. La aceptación de la idea de especie como un hecho real, corresponde a un proceso clasificatorio existente en la estructura académica vigente, siendo usado para una mejor exposición doctrinal de la realidad viviente y fósil. Así, lo expresa Emiliano Aguirre en su discurso del acto de recepción a la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (Aguirre, 2000: 35):

Un taxón no es el ser viviente que pretendemos conocer – y que representa realmente nuestro fósil-: los taxones son entidades abstractas, producto de una operación racional, término de un lenguaje técnico.

Pero estas entidades abstractas hay que definirlas para que, conociendo sus características, nos puedan ser útiles en el trabajo biológico y paleontológico. Su definición más aceptada corresponde a un concepto biológico que especifica su contenido como la capacidad de reproducción o descendencia fértil entre elementos observables de similar anatomía (Ayala, 1980: 96). Tal definición es muy práctica en el mundo actual, donde la comprobación de similitud anatómica y el cruce biológico con descendencia fértil es posible. En el registro fósil es imposible poder conocer esta característica biológica, por lo que deben de establecerse criterios puramente morfológicos, considerando miembros de especies diferentes aquellos organismos de distintas épocas (aunque existe la posibilidad de convivencia temporal más o menos limitada) que difieran anatómicamente entre sí, al menos tanto como se diferencian los organismos actuales clasificados como especies distintas (Simpson, 1945: 16).

Versión de Chris Stringer del árbol de la familia del Género Homo
Queda claro que los criterios de definitorios de una especie del paleolítico son exclusivamente morfológicos, es decir, se llega a un consenso o se define a una nueva especie por las particularidades morfológicas que muestran sus fósiles dentro de unos márgenes de variedad limitados. La parquedad de los fósiles encontrados hace que se presenten paradojas teóricas a la hora de definir una nueva especie. Si se encuentra una mandíbula que no corresponde morfológicamente a ninguna de las especies que se conocen en ese periodo y lugar, automáticamente surge la idea de nueva especie. Enseguida sus descubridores, tras mostrarla en las revistas especializadas de mayor impacto, le dan un nombre e intentan situar a esta nueva especie en el árbol evolutivo que mejor les parece sobre la evolución humana. Aunque parezca demasiado simple es lo único que se puede hacer, y de la continua crítica y nuevos descubrimientos es de donde se irían perfilando sus características biológicas o su definitiva desaparición del mundo científico.

Al ser imposible comprobar la hibridación biológica de los grupos humanos en el Paleolítico, todo quedaría en el análisis de la diferenciación anatómica, la cual estaría marcada en función del azar de los descubrimientos en el tiempo y el espacio, del número de muestras a estudiar, del estado de las mismas, del registro paleoantropológico anterior y del propio criterio de sus descubridores, lo que implica una subjetividad científica importante, sólo admisible ante la notoria falta de datos más fiables. Por tanto, no podemos precisar, con la seguridad deseada, que algunas de las especies de nuestro género no sean en realidad manifestaciones diferentes de una misma identidad biológica (entidad de base real desconocida), con todo lo que ello podría significar.
El debate paleontológico

La teoría sintética de la evolución entiende a las especies no como entidades inmutables, sino como realidades dinámicas en continuo cambio en el tiempo y en el espacio, ofreciendo un paulatino y lento cambio morfológico. Esta forma de cambio evolutivo se produce junto a otras variaciones morfológicas realizadas con mayor rapidez en la formación de las especies, como explica el modelo de los equilibrios puntuados y las nuevas directrices sobre el cambio morfológico ya mencionadas. Sin embargo, existe una gran dificultad para poder concretar cuál de ellas actuaron en un determinado proceso evolutivo, o si el resultado evolutivo fue consecuencia de su acción simultánea o conjunta en diferentes áreas anatómicas de nuestro mosaico. Lo cierto es que, ya sea de una forma más rápida (dentro del tiempo geológico y evolutivo) o lenta, las especies se fueron trasformando y dieron lugar al registro paleontológico conocido.

Por otro lado, el desarrollo actual de la Paleogenética ha mostrado una realidad diferente a la que se tenía con anterioridad a su inicio. La información que podemos obtener de las nuevas técnicas sobre el ADN fósil, puede aclarar mucho la situación o complicarla aún más, pues es muy posible que rompa las simples ideas de evolución más o menos lineal y/o gradual de especie en especie (p. e. Homo habilis, Homo erectus, Homo sapiens como entidades biológicas independientes y continuas en el tiempo). Si bien el alcance temporal de esta ciencia es aún limitado, si ha demostrado que existen ciertos intercambios genéticos (hibridación y descendencia fértil) entre los Humanos Anatómicamente Modernos (HAM) y los Humanos Neandertales (HN), aunque no todas las poblaciones modernas tengan los genes de los neandertales; así como entre los Denisovanos y los neandertales. En estos casos la aplicación del concepto de especie queda en suspenso, pues las diferencias morfológicas entre los HAM y HN son lo suficiente como para definirlos como especies diferentes, pero genéticamente tienen descendencia fértil.

Con todo esto llegamos a la conclusión de que el concepto de especie que se utilizan en la actualidad en las entidades biológicas actuales puede no ser válido en su aplicación a los fósiles del Paleolítico. Es muy probable que el concepto de especie, tal y como lo usamos en la actualidad, haya que revisarlo cuando se trate de poblaciones humanas del Pleistoceno (paleolíticas), pues la variabilidad morfológica (p.e. Dmanisi) y los actuales datos de la Paleogenética impiden avanzar por el camino estricto del tradicional concepto de especie. En este sentido, muy recientemente el paleoneurobiólogo Emiliano Bruner ha realizado una crítica sobre el cado de Dmanisi en el blog del Museo de la Evolución Humana.

El concepto de especie es un ladrillo fundamental en la teoría evolutiva, pero si se intenta aplicar estrictamente a la variabilidad biológica puede dar mucha guerra y mucho que discutir.....
Quizás habría que preocuparse menos de los nombres de las especies (un tema importante pero que siempre se queda en el contexto de la especulación) e interesarse más por el significado biológico de todas las variaciones anatómicas, dedicando más tiempo al conjunto del registro fósil y evitando centrar demasiado la atención en individuos aislados. Quizás en general habría que replantearse algunos objetivos, abandonando aproximaciones evolutivas que ya empiezan a ser bastantes anacrónicas en un mundo donde el procesamiento de informaciones se hace cada día más complejo. En ciencia y en investigación, una buena pregunta vale mucho más de una insondable respuesta.

La necesaria interdisciplinariedad entre Paleontología y Arqueología

El avance de la ciencia siempre evoluciona a través de nueva síntesis teórica, lo que parece indicar la necesidad de un nuevo paradigma, que sea mas flexible a estos nuevos datos genéticos y paleontológicos. La complejidad que supone la evolución de los seres humanos, pues con ellos se añaden nuevos conceptos que no presentan las otras entidades biológicas, como es la cultura humana, capaz de modular en parte la acción de la selección natural. Esto se ve claramente en la expansión de los humanos, proceso que ninguna otra especie de primates ha podido realizar.


Ante esta complejidad evolutiva y la posibilidad (comprobada en algunos casos) de varias especies coetáneas, algunos autores ven la evolución humana como un arbusto ramificado, con gran dificultad para conocer cuál es el pariente más cercano y quién es el antepasado de quién (Angela et al. 1989: 187). En este arbusto, cada humano representado por sus restos fósiles son sólo unas ramitas laterales que se han significado, no sólo por sus cualidades, sino por la extinción de todos los demás. El concepto tradicional de especie se diluye y es posible que grupos humanos con una determinada anatomía (más o menos aislados geográficamente) en sus continuas emigraciones (por empeoramiento climático, desastres naturales, etc.) pudieron cruzarse biológicamente con otros humanos con los que mantenían diferencias morfológicas importantes, siendo sus descendientes fértiles o no. Esta situación nos plantea una serie de problemas que no siempre se tienen en cuenta:

- Inseguridad a la hora de definir y diferenciar grupos humanos como especies, sobre todo cuando son coetáneas, como es el caso de Dmanisi.
- La hibridación solo confiere como certeza la descendencia de la mezcla de dos grupos, es decir, la capacidad biológica de fecundación. Pero no condiciona que sus capacidades cognitivas sean iguales. Este problema se agudiza entre las poblaciones más recientes de nuestro linaje y que además convivieron cierto tiempo, me refiero a los HN y a los HAM.
- Dificultad para analizar las características psicobiológicas de cada grupo humano, pues dependiendo de la forma de evolución así se tendrán unas propiedades u otras. La evolución no produjo automáticamente la aparición de poblaciones humanas con los logros conductuales que la arqueología nos muestra, por lo que seguir justificándolos como logros directos de mutaciones o procesos evolutivos específicos, así como intentar ver logros culturales y simbólicos a través de la propia evolución morfológica, no creo que deba ser el camino que la Arqueología deba seguir en la actualidad. Opino que debe crear sus propios cauces y directrices sobre la evolución humana en los aspectos conductuales, pero con cierta independencia de los criterios morfológicos propios de la Paleontología. En este sentido, parece que la Arqueología cognitiva si puede tener mucho que decir.

Parece lógico que no tengamos todas las respuestas a nuestras preguntas, y que intentemos, con los precarios datos que tenemos, esclarecer lo mejor posible la complejidad de nuestro pasado. Pero, desde luego hay que ser ecuánimes, y si se sabe o se piensa una cosa, no parece lógico que luego hagamos investigaciones diciendo todo lo contrario. Todos los estudios paleontológicos y arqueológicos tienen en común que el fundamento de sus estudios es el resultado de los procesos evolutivos. Si bien no conocemos cómo se han producido muchos de los cambios que han dado lugar a las poblaciones en estudio, si estamos en posición de conocer qué mecanismos generales intervinieron en su mayoría. Así, las características resultantes (p. e. conducta humana) tendrían que estar en consonancia con las formas de cambio generales. Es decir, si la diferencia genética entre todos los primates es tan pequeña (p. e. aproximadamente el 98% de nuestro genoma es idéntico al genoma del chimpancé. Solo el 2% es el responsable de las diferencias anatómicas y cognitivas), no se puede continuar explicando cada una de las diferencias morfológicas y conductuales como el resultado de una evolución (mutación de los genes responsables) como un hecho independiente y regulado por los mecanismos de la selección natural o mejoría de la adaptación.

La única explicación (con rango de generalidad) que puede coordinarse con estos hechos es la utilización de los procesos ya conocidos de heterocronías, embriología y control de la expresión génica como mecanismos prioritarios en la evolución, aunque no exclusivos, lo que habría que analizar en cada caso en particular (difícil con los medios actuales). La selección natural actuaría sobre seres vivos en conjunto, eliminando los que no puedan sobrevivir, lo que en el caso de los seres humanos hay que tener en cuenta la progresiva protección que la cultura proporciona en la lucha por la supervivencia individual y colectiva.
Este sería un ejemplo de una conclusión de carácter interdisciplinario, pues no todo es adaptación, sino un conjunto de procesos que actuando de forma coordinada dan lugar a los seres vivos que, en aras de la racionalización de su estudio, agrupamos en especies con conceptos humanos que no siempre tienen su razón de ser en la naturaleza.

* Angela, A. y Angela, P. (1989): La straordinaria storia dell'uomo. Mondadori, Milano.
* Ayala, F. J. (1980): Origen y evolución del hombre.Alianza. Madrid.
* Simpson, G. G. (1945): The principles of classifications and a classification of mammals. Bulletin of the American Museun of Natural Histoty, 85: pp.i-xvi, 1-350.