De entre
todas las corrientes científicas de toda la historia, una de las más ingenuas y
arrogantes ha sido el conductismo. John B. Watson, padre de la criatura,
defendía egregiamente la teoría de la tabula
rasa. Pensaba que los seres humanos nacíamos como una hoja en blanco en la
que, mediante el aprendizaje, se podría escribir cualquier cosa. La mente era
capaz de aprender lo que fuera, sin casi ninguna importancia a cualquier tipo
de condicionamiento innato o genético. La base neuronal de semejante idea
corría a cargo del psicólogo Karl Lashley, colega de Watson en la Universidad
Johns Hopkins. Provocando lesiones controladas en determinadas zonas del
cerebro de ratas de laboratorio, Lashley comprobó que la localización de la
lesión no tenía importancia, mientras que la cantidad de tejido dañado o
extirpado sí. Cuánto más tejido dañabas, más se modificaba la conducta
posterior de la rata. Por el contrario, no observó nada en la conducta que
dependiera de la zona dañada. En coherencia con estos experimentos postuló dos
principios:
1. Acción de masa: la acción del cerebro en
su conjunto determina su rendimiento. Si te van extirpando trocitos de tu
cerebro te irás quedando más tonto, pero da igual de dónde te los extirpen. El
cerebro funciona como un todo.
2. Equipotencialidad: cualquier parte del
cerebro puede realizar la tarea de otra, por lo que en el cerebro no hay ningún
tipo de especificidad funcional.
El
segundo principio ha vuelto a estar muy de moda cuando hablamos de la plasticidad cerebral. Tenemos los
sorprendentes casos de las hemisferectomías: personas a las que, literalmente,
se les ha extirpado la totalidad de un hemisferio cerebral (la mitad del
cerebro) y que pueden llevar una vida relativamente normal. Parece que unas
partes del cerebro pueden suplir, sin demasiados problemas, las funciones de
otras partes. ¿Es esto realmente así? Rotundamente no.
Además,
esto se reforzaba con un dogma muy extendido dentro de las neurociencias:
pensar que todas las neuronas son básicamente iguales. Las comparaciones entre
células de diferentes especies animales iban en esa dirección: las células de
los mamíferos son todas eucariotas con, básicamente, los mismos elementos: su
núcleo con su ADN, sus mitocondrias y demás orgánulos celulares. ¿Por qué las
células del cerebro iban a ser diferentes entre, por ejemplo, los primates y
los humanos? Durante mucho tiempo, las diferencias conductuales entre especies
se justificaban simplemente apelando al tamaño de su cerebro, aspecto que se
comprobaba observando la evolución del tamaño cerebral desde los primeros
homínidos hasta el homo sapiens. Si tenemos al australophitecus afarensis con
un capacidad craneal de unos 400 cm. cúbicos, nuestras superiores capacidades
cognitivas se explican a partir de que nuestro cerebro es mucho más grande
(unos 1.250 cm. cúbicos). Desde los primeros homínidos, el tamaño del cerebro
se ha triplicado.
Pero
esta visión neurológica que tan buenas migas hizo con el conductismo se ha ido
derrumbando progresivamente. En el 2009, el equipo de Federico Acevedo,
mediante técnicas de conteo neuronal, descubrió que el ser humano tiene unos
86.000 millones de neuronas. Haciendo un estudio comparativo se observó que no
posee relativamente más neuronas que lo que cabría esperar de un primate de nuestro tamaño. Los seres
humanos no constituyen ninguna excepción entre los primates por un tamaño del
cerebro mayor de lo esperado en relación con el tamaño de su cuerpo. El volumen
del córtex cerebral humano es 2,75 veces mayor que el del chimpancé, pero solo
tiene 1,25 veces más neuronas. Nuestro cerebro creció de tamaño pero no,
proporcionalmente, en número de neuronas. Al crecer de esa manera, lo que el
cerebro humano tiene es un espacio "vacío" mayor entre neuronas (lo
que se conoce como neuropilo). Esto tiraba por tierra las tesis de Lashley y
Weiss. ¿Por qué? Porque si aumenta el espacio entre neuronas y queremos
mantener el mismo nivel de interconexión de todas con todas para que el cerebro
funcione de manera global, sin especificidad alguna, los axones deberían ser
mucho más largos y, por lo tanto, decrecería mucho la velocidad de
procesamiento. Para que un cerebro equipotente e inespecífico funcione bien, su
tamaño relativo no debe sobrepasar cierto punto máximo de crecimiento, a riesgo
de perder velocidad. Lo que realmente ocurrió cuando creció el cerebro es que
tuvo que especializarse para seguir siendo eficaz. Por eso se fueron creando
circuitos locales altamente interconectados (el espacio "vacío" del
neuropilo realmente, está lleno de conexiones: axones, dendritas y sinapsis).
Lo que nos hace diferentes a los primates no es un mayor número de neuronas
sino una mayor conectividad local.
Los
experimentos de Lashley y Weiss estaban equivocados. Lo que ocurría con las
ratas de Lashley es que sus cerebros de rata, al ser muy pequeños, no tenían la tasa de
especialización del cerebro humano. Los resultados no eran extrapolables a la especie humana. Y, con respecto a los tritones de Weiss, el error estaba en que
la regeneración neuronal propia de los anfibios no se da en los seres humanos.
Nosotros no podemos regenerar el sistema nervioso tal y como lo hacen los
tritones. Es por ello que en estos animales existe una mayor plasticidad que en
nosotros. Roger Sperry (discípulo de Weiss) hizo un montón de experimentos
posteriores que demostraban que la idea de Weiss era incorrecta. Por ejemplo,
intercambió las conexiones nerviosas entre los músculos opuestos flexor y
extensor de las pezuñas traseras de ratas. Con ello se invertía el movimiento
del tobillo, provocando grandes dificultades para caminar a las ratas. Si la
tesis de Weiss era correcta, con algo de entrenamiento, las ratas deberían
aprender a caminar bien. Sin embargo, por mucho que se las entrenaba, eso nunca
ocurrió. Siguiendo con investigaciones acerca del desarrollo de las fibras
neuronales, Sperry terminó por demostrar que el crecimiento y la formación de
circuitos neuronales estaban fuertemente determinadas genéticamente por ciertas
codificaciones químicas de rutas y conexiones. Era el fin del mito cerebral de la tabula
rasa.
Hoy sabemos mucho más sobre la
anatomía y la funcionalidad del cerebro. Sabemos con amplia certeza que el cerebro
es un conjunto de módulos que cumplen unas funciones muy determinadas y que, si
dañamos alguno, sus funciones específicas se pierden para siempre. Es cierto
que hay casos muy llamativos de plasticidad cerebral y, es cierto, que tal
plasticidad existe, pero está muy limitada. De hecho, incluso el dogma de que
todas las neuronas son esencialmente iguales se está empezando a poner en duda.
Por ejemplo, sabemos, a partir de las investigaciones del neuroanatomista Todd
Preuss, que las neuronas de la capa cortical A4 son diferentes entre los
humanos y los primates en aspectos bioquímicos y estructurales. Otro ejemplo estaría en la demostración de
Guy Elston de que las neuronas piramidales del córtex prefrontal tienen
patrones de ramificación diferentes al de otras neuronas, además de que el
número de sus dendritas basales es mucho mayor, lo que les otorga más
conectividad. Este tipo de células tienen muchas diferencias estructurales con
las de los primates.
Nuestra capacidad de aprendizaje es
muy grande, eso está fuera de toda dudas. La neotenía propia de nuestra especie
sirve para mostrar la gran cantidad de tiempo de nuestra vida que dedicamos al
aprendizaje. Sin embargo, solo aprendemos en base a unos factores previos que
limitan lo que podemos y no podemos hacer. Tenemos unos parámetros y
estructuras innatas que determinan qué tipo de aprendizajes somos capaces de
realizar. Por ejemplo, es cierto que podemos aprender diversos idiomas con
estructuras sintácticas y gramaticales diferentes. Pero hay que tener en cuenta
de que aprendemos idiomas, no otra cosa. Ilustrar esta idea es fácil si nos
comparamos con un chimpancé. Según sus genes, está dotado para aprender muchas
cosas. Las habilidades manuales que puede aprender son notables. Puede usar
herramientas con cierta destreza. También puede aprender un determinado
lenguaje rudimentario. Pero, las características de su aparato fonador le
limitan para poder hablar, le imposibilitan para expresar la variedad de letras
y sílabas que tiene el vocabulario humano. Entre otras cosas, su lengua es
mucho menos ágil que la nuestra. A pesar de esto se les intentó enseñar el
Ameslan (la lengua de los sordomudos americana) y se consiguieron ciertos
logros (un ejemplo paradigmático es el de Kanzi), si bien muy limitados:
lenguajes de solo varios centenares de palabras sin ningún tipo de término
abstracto y con una sintaxis muy simple. Por mucho que quisiéramos, a un
chimpancé no le podemos explicar qué es la democracia. Su cerebro está
biológicamente limitado para ello pues, al igual que el nuestro, no es una tabula rasa que pueda aprender cualquier
cosa.