lunes, abril 21, 2014

Las Vacunas y la Paranoia Colectiva

Sharon Kaufman
Los científicos han rechazado hace tiempo que las vacunas tengan relación con el desarrollo de autismo en los niños, pero muchos padres, en Inglaterra y EEUU principalmente, no les creen y se niegan a vacunar a sus hijos, con el importante problema de salud pública que ello supone. Aquí tienes un post muy bueno resumiendo los datos científicos y las razones lógicas para rechazar las ideas que relacionan vacunas y autismo. Pero creo que este fenómeno de “histeria colectiva” o de “paranoia de grupo” requiere una investigación por sí mismo. Cuando investigadores médicos reciben amenazas de muerte y cuando los datos científicos no pueden poner de acuerdo a científicos y ciudadanos se nos tiene que encender una bombilla, la bombilla de que hay una pregunta aquí, de que alguna tecla de la naturaleza humana se está activando, y de que la solución al problema requiere un buen diagnóstico previo. No podemos dar carpetazo al asunto con una dinámica de buenos y malos, concluyendo que hay unas malas personas que nos quieren engañar. Como dice el pediatra Jeffrey Baker, muchos de los padres que no están vacunando a sus hijos están convencidos de que hay algo en las vacunas que está envenenando a sus hijos (es decir, deliran, están fuera de la realidad). Y están tan centrados en sus hijos que pierden la visión global y no aceptan  ninguna responsabilidad por el impacto que sus acciones puedan tener en la salud de la comunidad.

Que era un fenómeno digno de estudio es lo que pensó la antropóloga Sharon Kaufman, que no había prestado atención a este tema hasta que se enteró de que las autoridades que informaban de los estudios, así como científicos que investigan vacunas (como Paul Offit, co-inventor de una vacuna contra los rotavirus), recibían correos electrónicos y llamadas telefónicas insultantes e incluso amenazas de muerte. ¿Qué pasa cuando los científicos  producen unos datos, los pasan al público y la gente no se los cree y no confía en ellos? ¿Dónde nos deja esto? Kaufman se cogió una excedencia de 26 meses para estudiar este asunto y hablar con unos y otros.

La historia del problema empieza por unos sucesos claves diferentes en Inglaterra y en EEUU. En Inglaterra está el famoso trabajo de Andrew Wakefiel, ya retractado, que relacionaba la vacuna triple vírica o MMR (sarampión, paperas y rubéola) con el autismo. Posteriormente se ha comprobado (ocho informes del IOM, Instituto de Medicina norteamericano) que no existe tal relación, y el propio Wakefield se enfrenta a cargos de mala conducta profesional por conflictos de intereses (entre ellos participar en una patente para una vacuna alternativa), aunque él lo niega. En EEUU, el problema empezó con el mercurio (timerosal) que contenían las vacunas y sus posibles efectos secundarios en el desarrollo cerebral. Ante esta incertidumbre, Neal Halsey, director del Instituto para la Seguridad de las Vacunas, urgió al CDC (Centro de Control de Enfermedades) y a la Academia Americana de Pediatria para que retiraran el timerosal de las vacunas, y desde el año 2001, las vacunas infantiles ya no contienen timerosal. Pero, según Kaufman, esto no arregló las cosas, al contrario, alimentó los miedos públicos sobre los peligros de las vacunas.

Fred Clark y Paul Offit
inventores de la vacuna contra rotavirus
Según Baker, si la presencia de mercurio en las vacunas se hubiera conocido en otro momento no se habría generado la “tormenta perfecta” que se ha generado. Pero se juntaron varias cosas, como que las tasas de autismo estaban creciendo de una manera alarmante y que el calendario de vacunas cada vez incluía más vacunas. Todo ello creó la percepción de que un factor ambiental era la causa de esa “epidemia” de autismo. Con respecto a la tasa de autismo, ha crecido desde los años 80 del siglo pasado del 0,47 por 1000 niños, a 6,7 por 1000 en la actualidad, es decir, 1 de cada 150 niños. Aquí habría que hablar de que la definición del autismo se ha ampliado desde que Leo Kanner lo describiera en 1943. Por ejemplo, el S. de Asperger no se incluyó hasta 1994, y sólo el Asperger puede representar el 50% de los casos, según algunos expertos. Pero es que, además, en 1983 los niños recibían  vacunas contra 7 enfermedades. Hoy reciben 14 vacunas con 26 dosis. Este es el factor más importante que llevó a los padres a sospechar de las vacunas. 

La realidad es que la tasa de vacunación en algunas zonas de EEUU han caído. Por ejemplo, en la ciudad de Ashland, sólo el 70% de los padres vacunaron a sus hijos y existen otros lugares con tasas similares en Colorado, Washington y California. Hay que decir que la vacunación en EEUU es obligatoria antes de que los niños vayan a la escuela, aunque los padres pueden objetar por razones filosóficas o religiosas. En Reino Unido no es obligatoria la vacunación. Esto está llevando, como muy bien dice el post que he citado al principio, a la aparición de brotes de enfermedades, como el sarampión, que anteriormente estaban controladas. Esto es así porque si la tasa de vacunación cae por debajo de cierto punto (el umbral crítico de inmunidad colectiva), la enfermedad puede extenderse entre los individuos que no están protegidos. Este umbral varía según la vacuna y la enfermedad pero en el caso del sarampión es del 90%.

Hay más datos alrededor de esta polémica, que puedes leer en el artículo de referencia, pero lo interesante de este problema es el gran número de interrogantes que plantea. Por un lado, el de la relación entre ciencia y sociedad, y la necesidad de transmitir bien los conocimientos científicos a la población. Un error,  generalizado a muchos campos, es el de considera al ser humano un ser racional y pensar que casos como éste se arreglan con información y educación. Pero una y otra vez vemos que esto no funciona, por ejemplo en los casos en los que se hacen dos bandos, como el que nos ocupa, y cada uno lee una información distinta. Otro problema es cómo clasificar el nivel de la información, porque evidentemente, la calidad de la información que manejan las webs antivacunas no está al mismo nivel que la que manejan los científicos. Los medios de comunicación caen, según algunos expertos como Offit, en este problema porque al seguir la máxima de escuchar a los dos lados -o de balancear la información-, presentan a los dos lados del debate como apoyados en la ciencia, cuando en realidad sólo uno de ellos lo está (eso sin contar que en muchos programas aparecen los antivacunas y no lo hace ningún científico para replicar). Pero otro problema es el de hasta qué punto se puede censurar a la gente que tiene ideas contrarias al estado de la ciencia en un cierto momento, a los disidentes o negacionistas como se les ha llamado en el debate sobre el cambio climático. Este es un tema que no tenemos resuelto.

Rachel Casiday, antropóloga, plantea que los científicos no deberían subestimar el poder de la narrativa en el ser humano. Las autoridades dan los datos científicos de una manera fría, con análisis estadísticos, análisis de riesgo y cosas raras que la mayoría de la gente no entiende. Sin embargo, los padres pueden leer -u oír a su alrededor- muchos testimonios de cómo un niño fue vacunado, pasó una fiebre, y desde entonces dejó de relacionarse y ya no es el mismo. Si las autoridades obvian estas historias, la gente piensa que hay intereses ocultos (y las farmacéuticas, por ejemplo, están desde hace tiempo en el punto de mira). Nos olvidamos de que nuestro cerebro no fue diseñado para hacer ciencia, sino para ayudarnos a sobrevivir y dejar más copias de nuestros genes, y nuestros hijos son precisamente esos genes…lo más importante que tenemos. Nuestro cerebro entiende muy bien el estudio de caso único y tiene más problemas, sin embargo, para entender un estudio doble ciego o un metaanálisis. Si me ataca un león en la selva no voy a necesitar hacer un estudio doble ciego para saber si en general los leones atacan a las personas o resulta que el que me atacó a mí era un león raro y atípico. Una exposición es más que suficiente. Como vemos con este debate, cuando afloran los miedos ancestrales ni siquiera el poder de la ciencia puede doblegarlos, y plantear el problema en términos de bandos no va a ayudar a arreglarlo, porque es muy difícil aceptar lo que proviene del otro bando.

Pero por debajo de todas esta cuestiones hay un problema de fondo que este tipo de debates y fenómenos ponen sobre la mesa: que los humanos carecemos de un mecanismo para saber cuál es la realidad, para ponernos de acuerdo sobre lo que es real y lo que no. Lo mejor que tenemos es la ciencia, pero como vemos con este ejemplo, muchas veces no es suficiente. 

@pitiklinov

Referencias


domingo, abril 13, 2014

Autocontrol anticipatorio: el Hombre de Ayer contra el Hombre de Hoy

Thomas C Shelling
Ya hemos hablado del tema de si somos una unidad que tiene unas preferencias definidas y del problema que esto plantea para nuestra idea de la identidad. Este asunto ha interesado también a los economistas, y uno que ha dedicado bastante esfuerzo a entender el problema del autocontrol -y en especial el caso del autocontrol anticipatorio- es Thomas C Shelling. Schelling, que se interesó en varios artículos por situaciones como la siguiente. En USA, hace unas décadas, se estaba planteando en las consultas de obstetricia que las mujeres pedían a su médico que no utilizara anestesia en el momento del parto. El médico a veces les ofrecía disponer de una máscara y que pudieran inhalar el anestésico si lo necesitaban. Pero algunas mujeres muy determinadas se negaban a ello, decían que si disponían del anestésico lo utilizarían, y ellas no querían ser capaces de usarlo.

Esta petición es muy interesante y plantea cuestiones de tipo ético, político y médico, aunque la mujer esté cometiendo un error y no sepa el dolor que va a sentir realmente en el momento del parto y lo agradecida que va a estar retrospectivamente de que se lo alivien. De hecho, algunas mujeres que pedían esto habían dado a luz previamente y sabían lo que es un parto. Estas mujeres lamentarían que se utilizara anestesia. Se trata de una mujer en perfectas condiciones físicas y mentales que anticipa que, durante un período transitorio, sus preferencias y valores estarán suspendidos o inaccesibles. Por tanto tiene razones para querer frustrar sus propios deseos en el momento crítico. Y un punto que es importante: necesita colaboración, ayuda externa para poder hacerlo. Esto plantea el problema de que sus deseos afectan al médico y afectan también a su marido, y puede haber muchos conflictos si el marido no está de acuerdo con el médico acerca de lo que su mujer quiere realmente.

Este problema del autocontrol anticipatorio lo podemos definir por tanto como el fenómeno por el que una persona en posesión de sus facultades busca racionalmente prevenir o alterar su conducta futura, restringir sus propias opciones, violando las que ella sabe que serán sus preferencias en el momento en que la conducta tenga lugar. Tiene que ver con el tema de las decisiones racionales, la identidad y muchas otras cosas. Puede parecer algo excepcional pero todos conocemos casos similares: “Por favor no me des un cigarrillo aunque te lo pida, o un postre, o una segunda copa…No me des las llaves del coche, no me dejes ir borracho a casa. No me dejes dinero aunque te lo pida. No me dejes un arma…Levántame por la mañana para ir a correr…desenchufa la corriente si me pillas viendo la TV, hazme vomitar si me he tomado una sobredosis de pastillas…”. La mayoría de estas situaciones tienen que ver con el consumo de drogas legales o ilegales (tabaco, alcohol…), el juego, la comida, el ejercicio, la procrastinación, o las compras. En el suicidio se pueden dar, también, dos casos simétricos. Una persona puede pedir que actuemos para impedir que se suicide si en un momento dado quisiera hacerlo. Pero otra puede pedirnos que le dejemos realizarlo, o incluso que pida ayuda para ello. También se puede dar el caso de que un paciente autorice a su psiquiatra para que le ingrese involuntariamente en el caso de que se encuentre psicótico, fuera de la realidad. A este tipo de acuerdos se les suele llamar contrato de Ulises.

Todos estos casos son ejemplos del “problema de la nevera” del que hablábamos en el  post sobre las preferencias. La forma de entenderlos de Schelling es la siguiente: “ La gente se comporta a veces como si tuviera dos yos, uno que quiere unos pulmones limpios y una larga vida y otro  que adora el tabaco; uno que quiere un cuerpo delgado y otro que quiere un pastel; uno que quiere mejorarse a sí mismo leyendo La Teoría de los Sentimientos Morales de Adam Smith, y otro que quiere tumbarse en el sofá a ver la TV. Los dos están en una continua lucha por el control”. Al conceptualizar el problema como una lucha entre dos yos, Schelling se aleja  de la visión clásica en economía del individuo como una unidad: “ Si aceptamos la idea de dos yos de los que normalmente uno está al mando en cada momento, de dos sistemas de valores que alternan, la idea de “decisión racional” hay que reemplazarla por algo como una “elección colectiva”. Dos o más yos que ocupan alternativamente el mismo individuo y que tienen diferentes gustos y deseos, y que  no trabajan juntos en una optimización conjunta sino en un juego estratégico. Y la pregunta, por supuesto, es: ¿Existe un yo auténtico?

Pero esta idea de dos yos peleando dentro de la misma persona ya la había tenido antes Adam Smith, al que acabamos de mencionar, y les llamó El Hombre de Ayer y el Hombre de Hoy. Smith conceptualizó al Hombre de Hoy como una persona real que existe después del Hombre de Ayer, pero también como un constructo imaginario que existe dentro de la mente del Hombre de Ayer. El Hombre de Ayer es muchas veces el que tiene la pasión de actuar. Y el Hombre de Hoy es el que paga las consecuencias. Smith modeló la lucha entre estos dos yos como un juego de elección binaria -tipo el dilema del prisionero- que jugamos contra nosotros mismos (en el artículo de Ortmann y Weber de las referencias tenéis el análisis desarrollado de la matriz típica 2x2  de juego del prisionero entre ambos)

Hay problemas legales con el autocontrol anticipatorio. Yo no puedo renunciar a derechos personales que son irrenunciables. No puedo conseguir una orden judicial contra mí mismo para que me impidan fumar. No puedo contratar con un médico que no me deje salir de una clínica hasta que haya adelgazado 15 kg., o cosas por el estilo (sí puedo hacer, por contra, que me prohiban la entrada a un casino o un bingo para no jugar). Los casos más serios son los que implican el suicidio. La ley normalmente se pone de lado del yo que quiere vivir. Pero está el problema para los médicos o las personas implicadas. ¿A quién hace caso el médico? a la Mujer de Ayer que le pide que no ponga anestesia o la Mujer de Hoy que, llorando y sufriendo, le dice que se la ponga? 

(Introduzco un pequeño paréntesis: a otro nivel, vemos un problema parecido en el caso de naciones o estados, me refiero al problema de la continuidad de una identidad: ¿Deben los estadounidenses actuales pedir perdón por la esclavitud, o los alemanes nacidos después de 1945 pagar compensaciones o reparaciones por lo que hicieron los alemanes de la época nazi? A fin de cuentas, actualmente ningún norteamericano tiene esclavos…¿Debe la nación de Hoy asumir responsabilidades por las acciones de la Nación de Ayer?)

La conclusión de Schelling es que este fenómeno de interacción entre preferencias alternativas no se da solo en estos casos extremos de los que hemos hablado sino que está presente en la mayoría de las decisiones de los consumidores. Pero que ignoramos esta realidad e insistimos en tratar al consumidor como poseedor de unas preferencias y valores uniformes a lo largo del tiempo. Probablemente no nos queda elección, porque asumir que no existe un yo auténtico daría al traste con nuestra vida social y con nuestro sistema legal. De hecho, las personas que cambian de opinión están mal vistas en la sociedad. Nos gustan las personas consistentes, sólidas, que mantienen el rumbo en mitad de la tempestad. No podríamos embarcarnos en un negocio si al año siguiente nuestro socio nos dijera que ha cambiado de opinión y lo deja. El sistema legal no funcionaría si el Hombre de Hoy dice que no tiene por qué pagar un crédito que pidió el Hombre de Ayer. Y luego está el amor…Todavía hoy se promete amor hasta que la vida nos separe, en la salud y en la enfermedad, según famosa formulación. Pero, ¿está obligado el Hombre de Hoy por aquella promesa que hizo el Joven de Ayer a una chica esbelta con la que hablaba de la filosofía existencialista de Sartre, y que ahora se pasa la tarde en el sofá viendo Gran Hermano? ¿o está obligada la Mujer de Hoy por la promesa que hizo la Joven de Ayer a aquel chico melenudo y deportista, que ahora se ha convertido en un gordo calvo al que sólo le interesa la Champions?

Robert Kurzban estaría de acuerdo con Schelling pero dos yos le parecerían pocos, somos muchos más. Para entender la mente humana, su concepto de mente modular aporta una visión interesante, aunque es imposible de aplicar a la vida social. La vida en grupo necesita individuos con un yo, no con varios. Y, como hizo el recientemente fallecido Adolfo Suarez, nosotros seguiremos prometiendo cosas de todo tipo. Pero, ¿realmente podemos prometer?

@pitiklinov

Referencias


Ortmann, Andreas - Weber, A.Thomas Schelling und die Theorie der Self-Command. 
[Thomas Schelling and the theory of self-command.]Thomas Schellings Strategische Oekonomik. Tübingen : Mohr Siebeck, 2007 - (Pies, I.), s. 121-134 ISBN 3-16-149431-8. - (Konzepte der Gesellschaftstheorie. 13) (Versión en inglés)





sábado, abril 12, 2014

La Selección Social, la selección olvidada


Darwin, en 1871 en The descent of man and selection in relation to sex, se dio cuenta de que había importantes diferencias entre la selección que ocurría: 1)  por interacción con factores ecológicos, como los depredadores o el clima; y 2) la interacción con los congéneres, los miembros de la misma especie del organismo en cuestión, y que compiten con él por recursos como comida, lugares para nidos y parejas sexuales. A la primera se le llama “selección natural” y a la segunda “selección social”, siendo la selección sexual , que describió Darwin, un subtipo de la selección social. El ritmo y la dirección de estos dos tipos de selección pueden ser muy diferentes. Los autores que más han caracterizado y tratado de la selección social son  Wyne-Edwards, Crook (el primero en proponer el término selección social) y , especialmente, Mary Jane West-Eberhard, que hace ya más de tres décadas perfiló una teoría general de la selección social, construyendo sobre las ideas de los autores anteriores, empezando por Darwin. A pesar de ello, la selección social sigue siendo ignorada.

En especies solitarias, el éxito reproductor de un organismo depende de características que le permiten tratar con las contingencias ambientales, de la selección natural. El resultado de este proceso es un progreso evolucionista en la morfología y en conductas no sociales, rasgos asociados con la alimentación, la caza, la defensa contra parásitos y depredadores y la lucha contra los elementos. Pero en especies sociales, los semejantes del individuo se interponen entre él y los recursos que le interesan. En este caso, la interacción social actúa como un filtro que determina el acceso a los recursos vitales. Por ejemplo, el estatus o jerarquía puede dejar fuera de la reproducción a algunos individuos. Wynne-Edwards escribió a este respecto:

"La jerarquía es puramente un fenómeno interno que surge entre los miembros de la sociedad, pero puede afectar enormemente las posibilidades de supervivencia y reproducción del individuo. Su establecimiento coloca en sus propias manos una poderosa fuerza selectiva que puede convenientemente ser descrita como selección social. Es similar en carácter a la que Darwin pensó que se aplicaba en el campo más restringido de la selección sexual".

Estos recursos en juego pueden ser comida, un lugar para hibernar, para anidar, materiales para hacer nidos, parejas, o un lugar donde pasar la noche. La definición de selección social, según West-Eberhard, es el diferente éxito reproductivo debido al éxito diferencial en la competición social, sea cual sea el recurso por el que se compita (y la selección sexual es la selección social en la que se compite por parejas sexuales). La diferencia principal de la selección social es que el éxito del individuo  está determinado no sólo por su propio fenotipo, sino también por los fenotipos (y genotipos) de los individuos con los que interactúa; podríamos decir que la selección social es el subtipo de selección natural que resulta de las conductas sociales de otros individuos. Para hacernos una idea, un individuo que fuera un cazador un poco más lento que otro, pero que fuera mejor competidor social podría conseguir al final más comida, y reproducirse más, que un compañero socialmente inferior pero mejor cazador.

Voy a poner un ejemplo de selección social, que es en realidad un caso de selección parental. En unos pájaros llamados focha americana (Fulica americana), las crías muestran unas brillantes plumas naranjas a sus padres para obtener comida, y esto es crítico para su supervivencia. Los padres están escogiendo entre descendencia (favoritismo), no entre parejas, pero el tipo de ornamentación y su función es el mismo que si estas plumas hubieran sido seleccionadas por selección sexual. Hay otros muchos ejemplos, que detalla West-Eberhard, en los que ornamentaciones o armas no han sido seleccionados por selección sexual, sino por otros tipos de competición social. Este es el caso de los escarabajos hembra que utilizan sus cuernos para pelear entre ellas por recursos que son esenciales para producir descendencia, y esta competición selecciona para cuernos de mayor tamaño.

A diferencia de la selección natural, la selección social tiene algunas  características diferenciales, pero hay una que nos interesa especialmente. El éxito depende de lo que otros individuos de la población están haciendo. Dado que la competición social implica superioridad relativa respecto a los congéneres, el umbral o la altura a superar va subiendo continuamente (y va aumentando cada generación). Como la competición entre individuos puede tener un efecto muy fuerte en la reproducción diferencial con respecto a otras presiones ambientales, la selección social puede ser muy potente. Las limitaciones ecológicas (el ambiente físico) no afectan tanto a la selección social y por eso determinados rasgos pueden crecer de forma desorbitada, por un proceso autocatalítico impulsado desde dentro. Es decir, estas peculiaridades pueden llevar a lo que se conoce como “selección desbocada” (runaway selection) hasta llegar a un punto en que ya supongan un riesgo para la supervivencia (los famosos cuernos desproporcionados del alce irlandés). Se produce un fenómeno de Reina Roja similar a la carrera de armamentos entre un huésped y un parásito, o a la coevolución depredador-presa.

Acercándonos a nuestra especie, el interés de la selección social es que es uno de los principales procesos evolucionistas responsables de la emergencia de características conductuales tanto de grupo como individuales. Es tentador especular que el gran desarrollo del cerebro humano sea un proceso de selección desbocada, asociado a la ventaja que la inteligencia supone para la competición social entre primates. Una característica que se ha propuesto también que podría haber evolucionado por selección social es el altruismo (Geoffrey Miller en the Mating Mind), y Randolph Nesse opina igualmente que la selección social puede ser la responsable de muchas de nuestras capacidades prosociales: altruismo, capacidades morales, empatía y Teoría de la Mente. Según hemos expuesto, la selección social consiste en una competición para que nos elijan, pero no sólo los individuos del sexo opuesto como se teorizaba en la selección sexual, sino también nuestros padres (como hemos visto en el ejemplo de los pájaros), y también nuestros amigos o, en general, los miembros de la tribu. Se trata de hacer todo lo posible para que nos elijan como compañero o aliado los demás. Ser elegido como aliado o compañero implica una serie de ventajas, como mayor acceso a recursos y, en definitiva, mayores posibilidades de éxito reproductor. En este sentido, ser altruista es una cualidad apreciada por los demás y se puede producir un “altruismo competitivo”.

Según Nesse, el fenómeno de la domesticación ilustra cómo las preferencias sociales pueden moldear los rasgos prosociales. Por ejemplo, los lobos que tenían menos miedo de los humanos y menores niveles de agresión fueron capaces de acercarse más a los campamentos humanos y conseguir restos de comida. A su vez, los humanos que tuvieron tendencias altruistas hacia los progenitores de los perros recibieron beneficios en el éxito reproductor, como  avisos del peligro, primero, y más tarde protección y ayuda en la caza. Pero es que los humanos muestran muchas características de haber sido domesticados: bajos niveles de agresión, aumento de la cooperación, deseo de agradar a los demás, e incluso cambios en la estructura ósea similares a los de animales domesticados. Esto hace plausible la conclusión de que los humanos han sido domesticados por las preferencias de otros humanos. Los individuos que agradan a los demás reciben recursos y ayuda que aumentan su éxito reproductor. Los individuados agresivos y egoístas no obtienen esos beneficios y son excluidos del grupo y de la reproducción. El resultado son unos humanos domesticados. Sería un caso de efecto Baldwin: el aprendizaje modela conductas adaptativas que crean nuevas fuerzas selectivas que rápidamente facilitan una mayor capacidad para explotar un nuevo nicho. Este proceso de “docilidad” si se desboca puede llevar a conductas que benefician a los demás más que a uno mismo.

Pero para atraer al mayor número de aliados y compañeros hay que saber cumplir con los deseos y expectativas de los demás. Es decir, hay que tener Teoría de la Mente y también empatía. Estas fuerzas selectivas que comentamos darían ventaja reproductiva a los individuos que atendieran a lo que otros quieren o necesitan, es decir, a la Teoría de la Mente. En general, estas fuerzas moldean deseos de complacer a los demás y deseos de evitar desagradar. También tendríamos que saber monitorizar si estamos cumpliendo con las expectativas de los demás (autoestima). Según esta línea de pensamiento, Nesse plantea que la empatía, la autoestima, la culpa, la ira y las capacidades morales  evolucionaron por selección social.

Pero la selección social tiene también su lado negativo. Según Nesse, los beneficios de características seleccionadas socialmente pueden conllevar el coste de hacernos más vulnerables a las enfermedades mentales. Por ejemplo, la rápida selección de capacidades sociales complejas puede haber empujado algunas características a lo que se conoce como borde del abismo (cliff-edge) y algunos individuos sufrirían un fracaso cognitivo catastrófico como ocurre en la Esquizofrenia. Este concepto de borde del abismo lo podemos entender mejor con el ejemplo de los caballos de carreras. La selección de caballos de carreras ha ido produciendo caballos con unos huesos de las patas cada vez más finos, que pesan menos y permiten mayor velocidad, pero el inconveniente es que algunos de ellos tienen mayor facilidad para sufrir fracturas óseas en las patas. Para Nesse, la selección reciente para una cognición social cada vez más desarrollada puede haber llevado la media de estas capacidades demasiado cerca del borde del abismo y algunos individuos, los esquizofrénicos, caerían por él.

En definitiva, tanto en animales pero especialmente en humanos, no sólo elige la hembra, sino todo el grupo, y en nuestro caso, por medio de los valores y las normas. La cultura marca unas características como preferidas en los individuos y así el hombre lleva a cabo una autoselección o autodomesticación. La selección social es capaz de seleccionar rasgos conductuales y psicológicos y nos podría servir para comprender la evolución de buena parte de ellos, como el altruismo, la empatía o la Teoría de la Mente.

@pitiklinov

Referencias







martes, abril 08, 2014

Contradicciones sobre el aborto por ambos bandos

No puedes disuadir con razones a nadie de algo de lo que no fue convencido por razones
-Jonathan Swift

Cuando un tema se politiza apaga y vámonos, es imposible tratarlo de una manera razonada. Normalmente, tomamos una postura y a partir de ahí el mundo se divide entre la gente maja que piensa como nosotros y los descerebrados que piensan distinto. Por eso me ha gustado el ejercicio que hace Joshua Greene en su libro  Moral Tribes de analizar los argumentos a favor y en contra del aborto.

Hay que tener en cuenta que cuando un tema se moraliza no lo dejamos a la libre decisión de cada uno, sino que consideramos que esa norma moral es de aplicación para todo el mundo. Si yo creo que no hay que tener sexo con menores, o que no hay que experimentar con chimpancés, ese tipo de creencias morales no me las guardo para mí, no me digo: “yo no voy a experimentar con chimpancés o tener sexo con menores, pero al que le parezca bien que haga lo que quiera…”. El aborto, y el agrio e interminable debate que le rodea, forma parte de esta categoría de cosas morales, por lo menos por ahora.

Si tú crees que el aborto es un crimen (la muerte de un ser humano inocente) no puedes ser “razonable” y permitir que la gente cometa “asesinatos”. Si tú crees que prohibir el aborto viola derechos fundamentales de las mujeres, tampoco puedes ser “razonable” y permitir que se impida el derecho de la mujer a elegir. Animar a la gente a que sea razonable no va a resolver el problema porque cada bando considera que ya es razonable. Para Greene, habría que dejar al lado el funcionamiento automático y pasar al modo manual, como en una cámara fotográfica (mira aquí la crítica de su libro, para entender a qué se refiere). Si hacemos esto, resulta que casi nadie, ni en la derecha ni en la izquierda, tiene un apostura coherente sobre el aborto, una que resista la evaluación en modo manual.

Me contaron una vez que los maestros rabinos judíos, cuando enseñan a sus discípulos a debatir y argumentar, les suelen pedir que defiendan su postura sobre un tema. Cuando el discípulo ha terminado le dicen: “ahora defiende la postura contraria”. Y cuando acaban, les dicen de nuevo: “ahora vuelve a defender tu postura…”. Ese sería el espíritu de este post. 

Empecemos con los partidarios del aborto. La izquierda, (los liberales en USA), tienden a ver el aborto como una tema de “derechos” (digo de paso que Greene no cree en el tema de los “derechos”, ya que serían sólo racionalizaciones de sentimientos, pero esa es otra historia), de derechos de las mujeres, para ser más específicos. Pero casi nadie cree que una mujer tenga derecho a abortar un feto de nueve meses (el que crea eso probablemente también cree que el infanticidio está justificado, pero esa es también otra historia). ¿Pero por qué no se puede abortar un feto de nueve meses si está todavía dentro del cuerpo de la madre? ( y supuestamente admiten el derecho de la madre a controlar su cuerpo). Por lo tanto, para ser coherente en la defensa del aborto hay que explicar por qué el aborto temprano es aceptable y el tardío no. Tanto los fetos de primer trimestre como de tercer trimestre tienen el potencial de convertirse en seres humanos completamente desarrollados. Por lo tanto, la diferencia moral no puede ser una materia de “potencial” sino que tiene que basarse en algo “actual”: un asunto de lo que el feto “es” durante el embarazo temprano y al final del embarazo.

La distinción más influyente es la viabilidad del feto fuera del vientre materno. Pero la viabilidad de un feto depende más de la tecnología que del propio feto. Ahora los recién nacidos sobreviven con 22 semanas pero es posible que esto cambie pronto, o que en el futuro un feto pueda sobrevivir todo el embarazo fuera de la madre en úteros artificiales. ¿Dirán los partidarios del aborto entonces que no se puede abortar un feto durante el primer trimestre? Parece que este argumento de la viabilidad no se sostiene y que en realidad es un sustituto de alguna otra cosa que es la que de verdad importa. ¿Qué es ese algo especial que sólo tienen los fetos al final del embarazo? En este sesudo, y arduo de leer artículo, defienden que es una mágica actividad cerebral que aparece entre las semanas 25 y 32 semanas de gestación. Pero esa actividad cerebral que al parecer otorgaría el derecho a la vida, también la tienen animales, como el cerdo, que nos comemos todos los días. Una salida sería decir que los fetos avanzados tienen algún tipo de conciencia o algo similar que los precoces no tienen, pero esto tampoco es defendible porque un cerdo, un perro o un chimpancé tienen tanto o más conciencia que un feto avanzado o un recién nacido, y no les damos el mismo derecho a la vida (por lo menos por ahora).

Podemos salir del atolladero diciendo que que los fetos al final del embarazo tienen una mágica combinación que les otorga el derecho a la vida: tienen una conciencia rudimentaria, como los cerdos, pero son “humanos”. Cada una de estas dos cosas no cualifica para  tener derecho a la vida, pero las dos juntas sí lo haría. Pero, aparte de que esto es un argumento completamente ad hoc, entra en contradicción con otras ideas que defienden los liberales, como el derecho a la vida de los simios. Suponiendo que nos encontráramos con un alienígena no humano, como los de Star Treck tampoco tendrían derecho a la vida por no ser humanos. Parece que no es la humanidad lo que otorga unos derechos, sino que son determinadas características las que deberían dar derecho a la vida. 

Personalmente, cuando he leído toda esta discusión he pensado el gran parecido que hay entre las dos posturas sobre el aborto. En ambas aparece de fondo, escondido, el concepto de alma…ambos piensan que el ser humano tiene un alma (ahora lo vamos a ver entre los contrarios al aborto) pero lo que diferencia a ambos bandos es el momento en que ésta aparece. Para los contrarios al aborto es en la concepción, mientras que para los partidarios del aborto en algún momento posterior, difícil de definir.

Pero antes de concluir con las ideas de este bando, quiero insistir en lo de las contradicciones. Normalmente si aducimos un principio para justificar un juicio moral deberíamos seguir defendiendo ese principio en otros casos, y no es esto lo que vemos. Si yo defiendo que la mujer tiene derecho a decidir sobre su propio cuerpo (dicho de paso, el cuerpo del feto y el de la madre son distintos genéticamente, no son el mismo cuerpo) en el caso del aborto, también debería defender la prostitución -siempre y cuando sea libre y consentida- y también debería defender la venta de órganos para transplante, o para lo que sea. O ceder su útero como madre de alquiler, y en nada de ello debería interferir el gobierno. Sin embargo, muchas feministas que defienden el aborto están en contra de la prostitución argumentando que es denigrante para las mujeres, etc. En este caso le niegan a la mujer su libertad de elección, y esto no parece coherente. Y el gobierno mete también sus narices en todas esas decisiones.

En definitiva, que justificar de forma coherente la posición de libre elección de la mujer en el aborto, es realmente difícil. Greene no dice que no pueda hacerse pero requiere complejas maniobras filosóficas, realmente esotéricas. Como ejemplo, me remito al artículo que he citado más arriba, que es un comentario de un libro que defiende filosóficamente el aborto. No creo que ninguno de nosotros (excepto filósofos profesionales) se haya parado a rebatir los 9 argumentos a favor de la vida desde la concepción que ahí se citan, o las 16 objeciones al argumento de Thomson. Los que no hemos hecho ese duro trabajo filosófico no tenemos, por tanto, una postura tan racional como creemos (y los que lo han hecho, me temo que tampoco tengan una postura fruto de sus razonamientos, sino que me inclino  a pensar que sus razonamientos son fruto de su postura).

Vamos ahora con los contrarios al aborto. ¿Lo pueden hacer mejor? Un tipo de argumento se centra en la vida humana que nunca será vivida por culpa del aborto. El aborto niega a una persona su existencia, pero también  lo hace la contracepción y la mayoría de los “pro-vida” no están en contra de la contracepción. Este argumento también se aplica a la abstinencia sexual. Las parejas que no tienen hijos, o que no tienen tantos hijos como podrían, están también impidiendo que se vivan vidas humanas. Esto incluye a las parejas que no tienen recursos económicos suficientes, porque podrían dar esos hijos en adopción. A no ser que creas que debemos tener tantos hijos como nos sea posible no puedes defender que el aborto está mal porque impide que se vivan vidas humanas.

Pero este no es el argumento que hace la mayoría de contrarios al aborto. Ellos diferencian entre vidas que son posibles, y vidas que ya están en construcción. Para la mayoría de ellos, el momento crítico es la concepción (o fertilización: la unión de óvulo y espermatozoide). La idea no es que la vida comience en la concepción sino que la vida de alguien comienza en la concepción. ¿Pero es esto correcto? Aquí Greene habla bastante de lo que ocurre en la concepción y todo este tema está también bien explicado en el artículo citado, y no voy a entrar en la biología de la fertilización. Pero lo que sí podemos concluir es que no hay un momento en que una célula humana (o grupo de células) se convierte en un ser humano, no hay un momento mágico en el que entra el alma en el cuerpo. La fertilización humana es muy interesante pero no ocurre nada en ella diferente de la fertilización de un cerdo o una rana, ningún alma especial humana que entre en la célula. La vida humana no se diferencia en nada de la vida “porcina” o “anfibia”, no existen componentes ( ni proteinas, ni ningún tipo de molécula) propio de la vida humana. Lo mismo que no existió un primer ser humano, tampoco existe ese paso de célula humana a ser humano, sino que es un proceso continuo, y un embrión carece de muchas de las propiedades de un ser humano adulto. Por lo tanto, decir que un embrión tiene derecho a la vida se basa fuertemente en sentimientos y en suposiciones que no están demostradas.

Un defensor más modesto de la postura “provida” podría aceptar que no sabemos cuándo “entra el alma en el cuerpo” pero argumentar que lo más seguro es tomar la concepción como ese momento para estar lo más seguros de no cometer actos malos moralmente. Pero para estar más seguros podríamos ir más atrás de la concepción. Los anticonceptivos podrían estar impidiendo vidas. Cuando una pareja tiene relaciones sexuales un determinando espermatozoide se uniría al óvulo (no siempre) y habría existido un determinado individuo. Que no podamos precisar qué individuo es no quiere decir que, sin medidas contraceptivas y con relaciones sexuales, una pareja habría traído al mundo varios individuos concretos y determinados. 

La postura “pro-vida” está también llena de contradicciones. En un debate moderado por Larry King en el año 2000 entre George Bush, Alan Keyes y John McCain, este último sacó un folleto de la mesa pro-vida del partido republicano -que era contraria al aborto incluso en casos de violación e incesto- y le preguntó a Bush si apoyaba esa plataforma. Bush dijo que estaba de acuerdo con la plataforma republicana pero que estaba de acuerdo con hacer excepciones en el incesto y violación. Pero si analizamos esto con lógica no tiene sentido. Si estamos diciendo que se trata de proteger una vida y que lo que se está protegiendo es un derecho a la vida que no puede ser violado, pues la conclusión es que ese derecho no puede ser violado…ni cuando la vida resulta de un incesto o una violación. Ese derecho no puede ser abolido por la identidad de los padres, por ejemplo, en el caso del incesto.Por otro lado, muchos partidarios “provida”, como el mismo Bush, no tienen reparo en ser partidarios también de la pena de muerte, o de iniciar guerras que van a generar miles de muertos. 

La conclusión de Greene tras este ejercicio es que las actitudes de la gente acerca del aborto no se basan en una filosofía coherente, sino en intuiciones y sentimientos, los razonamientos son justificaciones a posteriori. Cuando los fetos tienen apariencia humana (ojos, manos…) sentimos que no es lícito abortar, cuando no la tienen y son un montón de células no creemos que estemos eliminando un ser humano. Al final, todo es menos filosófico y racional de lo que pensamos. Greene comenta una película muy impactante Silent Scream, realizada por contrarios al aborto, donde se graba un aborto de un feto avanzado y reconoce que es dura de ver, para cualquiera, sea partidario o no del aborto. Pero la película funciona porque se trata de un feto que ya tiene un gran parecido humano. Si la película se rodara en el primer trimestre cuando el feto es todavía un conjunto de células, el impacto no sería el mismo. Y no hay una línea clara entre un feto de apariencia humana y otro que todavía no la tiene. 

¿Entonces qué es lo que hacemos? Pues normalmente depende de lo que otros miembros de tu tribu hagan o piensen. La mayoría de las tribus cree en almas. Si tú crees en almas pues estás obligado a creer que el alma entra en algún momento y , aunque una célula no se parezca mucho a una criatura con alma, pues la concepción es un buen momento para la “llegada del alma”. Por contra, si tu tribu no cree en almas, y valora la elección personal pues aunque no aceptes la “introducción del alma” en la concepción tampoco crees que sea lícito matar fetos que parecen niños, así que lo más seguro es poner como límite el momento en que un feto es viable fuera del útero o agarrarte a alguna actividad eléctrica cortical…

Resumiendo, en este tema de los razonamientos y justificaciones del aborto, según Greene, la mayoría vamos de farol, alardeando. Toda nuestra cháchara de “derecho a la vida” y “derecho a  elegir” no es más que una confabulación para soportar unas teorías de base intuitiva. Si desnudamos todo esa jerga de derechos, lo que quedaría, las posturas de cada bando, si fuéramos honestos, serían aproximadamente éstas:

“Pro-vida”: Creo que la persona es un alma habitando un cuerpo. No tengo evidencia de ello, pero me parece que es así y es lo que dice la gente en la que confío. No sé cómo ni cuando entran las almas en el cuerpo, pero la gente en la que confío dice que es cuando el espermatozoide entra en el óvulo. No puedes matar un alma humana inocente. Sé que esto es parcialmente un tema de fe, y sé que tenemos que respetar las creencias de los demás. Pero no puedo presenciar que se mate a nadie si hay un alma humana dentro. Sé que mucha gente no quiere quedarse embarazada. Pero esa gente eligió tener relaciones sexuales (excepto en la violación que es diferente) y matar a alguien no es la manera de deshacer esa elección. Esto es lo que siento

“Pro-elección”: Creo que la gente debe ser libre de pensar por ellos mismos, y tomar sus propias decisiones, y esto es lo que siento acerca del aborto. Por lo menos durante los estadios iniciales del embarazo. Un feto en el primer trimestre parece un humano pero también parece una rana. Y, aunque no me gusta la idea de matar un pequeño humano con aspecto de rana, creo que forzar a una mujer a continuar un embarazo es todavía peor. Sé que hay gente que quiere adoptar niños, pero tener un niño para entregarlo en adopción me parece angustioso y doloroso. Forzar a una mujer a hacerlo me parece peor que matar un pequeño ser que no parece humano. En el tercer trimestre los fetos me parecen más humanos y matar niños lo veo claramente mal. Por lo tanto, matar un feto en estadios iniciales me parece bien si si es tu elección. Pero si el feto es mayor creo que hay que dejarlo vivir. Esto es lo que siento.

Para acabar, resumo brevemente la postura de Greene sobre el aborto. Greene es utilitarista. Por lo tanto, no utiliza la jerga de derechos o de principios, ni de filosofías y razonamientos, sino que mira  a las consecuencias que tendría prohibir el aborto. Esto daría lugar a cambios en conductas sexuales, abortos ilegales, diferencias en acceso al aborto entre ricos y pobres, etc. La “felicidad” (es el término que emplean los utilitaristas) sería menor en el mundo tomando esa vía, por lo que es partidario del aborto.

@pitiklinov

Referencias




domingo, abril 06, 2014

La cultura como error



Stanislaw Lem, en su maravilloso y casi imprescindible Vacío Perfecto, original conjunto de reseñas a libros imaginarios, nos habla de un tal Wilhelm Klopper y de su obra jamás escrita Die Kultur Als Fehler (La cultura como error). Allí, nos cuenta como Klopper, metódico representante del pensamiento alemán, refuta las tesis de Whistle y Sadbottham, representantes de la escuela anglosajona, reviviendo el clásico conflicto entre analíticos y continentales. Los autores británicos, férreos defensores del evolucionismo, entenderían todo rasgo o cualidad humana en términos de adaptación al medio, considerando todo lo que no se ajuste a tal esquema como equivocado o erróneo. Klopper citaría un "conocido ejemplo" de Whistle:

[...] supongamos - dice el autor inglés - que en una manada de babuinos el macho más viejo, jefe de la tribu, por pura casualidad empieza a comer los pájaros cazados por el lado izquierdo. Lo hace, por ejemplo, porque tiene un corte en un dedo de la mano derecha y le es más cómodo sostener la presa con el lado izquierdo vuelto hacia arriba. Los babuinos jóvenes observan el comportamiento del jefe, para ellos modélico, y pronto, en la segunda generación, todos los babuinos de la manada darán el primer mordisco a los pájaros cazados por el lado izquierdo. Desde el punto de vista de la adaptación, su actitud carece de sentido, porque para el organismo de los babuinos el lado del alimento por el que empiecen a comer no tiene la menor importancia. A pesar de ello, este tipo de conducta se establece en el grupo. ¿Y qué es esto? Es el principio de la cultura (la protocultura), manifestado en un comportamiento insensato bajo el punto de vista de la adaptación.
A partir de aquí, Sadbottham (¿juego de palabras con sad y Bentham?), filósofo analítico supuesto discípulo de Whistle, concluiría una teoría completa de la cultura como error:
El filósofo británico sostiene en su obra principal que las comunidades humanas  crean la cultura a través de errores, pasos en falso, fracasos, tropiezos, equivocaciones y malentendidos. Los hombres se proponen hacer una cosa y hacen otra. Desean comprender bien el mecanismo de los fenómenos, pero lo interpretan de una manera falsa. Buscan la verdad y encuentran la mentira. Y así nacen las costumbres, los temores, la fe, lo sagrado, los misterios; éste es el origen de preceptos y prohibiciones, tótems y tabúes. Si la humanidad crea una clasificación falsa del mundo que le rodea, aparece el totemismo. Las generalizaciones equivocadas originan el concepto de lo absoluto. De las ideas erróneas acerca de la constitución de su propio cuerpo, los humanos deducen las nociones de virtud y pecado.
A Lem le gustaba más expresarse mediante literatura fantástica que mediante el ensayo o el tratado propiamente dichos. Pensaba que así conseguía una mayor libertad de pensamiento. El problema es que, al hacerlo así, dificulta la interpretación del lector: no sabemos bien cuál es el punto de vista del propio Lem, más cuando se pasa gran parte de sus textos ironizando. Por eso no sabemos hasta qué punto tomar en serio estas ideas por ser, seguramente, una caricatura. Parece muy exagerado inferir del hecho que muchos elementos culturales no tengan una función evolutiva clara, la consecuencia de que toda la cultura es un error.  Es más, parece raro que Lem relacione la filosofía analítica con tesis freudianas, ya que históricamente no han tenido muchos punto en común. Para Freud la cultura es una neurosis surgida del mito primordial en el que protohumanos (bien podrían haber sido babuinos) se sentían culpables por haber matado a su padre al competir con él por las hembras. De este modo surge el totemismo, una serie de rituales religiosos en la que los hombres rememoran cíclicamente este asesinato originario para liberar de algún modo la culpa. Para el carismático vienés la cultura no es exactamente un error, es una cura o un paliativo para la neurosis.

Criticando la postura de Sasbottham aparece la teoría del propio Koppler: la cultura no es un error en el sentido de no ser una adaptación, es un error de otro tipo pero con unos fines adaptativos muy claros:
Así pues, la cultura tiene la misión de suavizar las objeciones, indignaciones y pretensiones del hombre con respecto a la evolución natural, las propiedades del cuerpo, accidentalmente aparecidas, accidentalmente desacertadas, heredadas, sin haberlo deseado, de un proceso de adaptaciones sumarias desarrollado a lo largo de varios millones de años. Víctimas de esta execrable herencia, marcados por el atropello incoherente de debilidades y estigmas anidados en nuestras células, nuestros huesos y nuestra carne, nos enfrentamos con la cultura, abogada defensora de lo que nos es adverso. Su defensa se compone de un sinfín de mentiras y embrollos, de argumentos contradictorios, ora dirigidos a nuestros sentimientos, ora a la razón, ya que para esta abogada todos los métodos son buenos, con tal de que logren su propósito: la transformación de signos negativos en positivos, la de nuestra miseria, nuestra debilidad e infortunio, en la virtud, la perfección y la necesidad ineludibles.  
De nuevo, otra interpretación del psicoanálisis. La cultura es, sencillamente, un conjunto de grandes mentiras para ocultar nuestra miseria real. Es una adaptación, pero en este caso, mental: nos permite vivir tranquilos y felices en un entorno muy hostil. La cultura es el opio del pueblo, pero un opio necesario para soportar una durísima condición humana.

Y entonces llega el tercer momento hegeliano: aparece la ciencia y la técnica como fin de la historia. Koppler se sumaría a este esquema comtiano, en el que la ciencia es la superación de otros momentos más primitivos:
Pero he aquí que, primero lentamente, paso a paso, arrastrándose al principio sobre la chatarra de unas máquinas primitivas, la civilización técnica se introdujo bajo la cultura. Tembló el edificio, se hicieron añicos las paredes de cristal, porque la civilización técnica promete mejorar al hombre, arreglar de veras su cuerpo, su cerebro y su alma. La enorme fuerza, inesperadamente potenciada, de la información recogida durante siglos, que estalló como una bomba en nuestra centuria, proclama la posibilidad de una vida larga, cuyo límite se confunde, tal vez, con la inmortalidad; anuncia una madurez prolongada y pronta, sin envejecimiento; el incremento de los goces corporales y la reducción definitiva de los sufrimientos, tanto "naturales" (senilidad), como "casuales" (enfermedad). Pronostica la libertad donde hasta ahora el azar se asociaba con lo inevitable (libertad de determinar aspectos de la naturaleza humana, reforzar los talentos, conocimientos e inteligencia; libertad de conferir a los miembros humanos, a la cara, al cuerpo y a los sentidos las formas que se prefieran, funciones que duren casi eternamente, etc.). 
Si la ciencia y la tecnología suavizan, o incluso eliminan por completo, las dolencias de la naturaleza humana, el engaño de la cultura ya no tendrá función alguna. No hará falta autoengañarnos porque la realidad, realmente, ya se hará soportable por sí sola. La cultura habrá servido como un escalón, como un paso necesario parra llegar al estadio científico-técnico; pero una vez que hemos subido la escalera, hay que tirarla. Lem enuncia a través de su personaje su posición transhumanista.