domingo, julio 24, 2016

La Esclavitud y el ADN afroamericano

Se acaba de publicar un estudio de la diversidad genómica de los afroamericanos que encuentra algunas cosas interesantes. El estudio se basa en una muestra de 3726 afroamericanos de Estados Unidos que habían participado en dos estudios patrocinados por el NIH cuyos objetivos eran sanitarios. Uno es el Health and Retirement Study (HRS), un estudio de voluntarios de edad avanzada de todo Estados Unidos y el otro el Southern Community Cohort Study (SCCS) que estudiaba en concreto la salud  de los afroamericanos del sur (que es bastante mala por mayor pobreza y peor acceso a la sanidad). Juntando estos dos estudios con otro propiamente genómico, el 1000 Genomes Project, que aportó 97 individuos, se ha conseguido  la mayor fuente de datos genéticos sobre afroamericanos hasta la fecha.

Lo que se ha encontrado, de media, es que el 82,1% de los ancestros de los afroamericanos proceden de Africa, el 16,7% de Europa y el 1,2% de América (de los nativos americanos). Esto en líneas generales ya era sabido pero lo que es sorprendente es que los afroamericanos del sur tienen mayor porcentaje de ADN proceden de Africa (83%) que los del norte (80%) o los del Oeste (79%). El mayor porcentaje de origen africano es en el estado de Florida (89%) y en el de Carolina del Sur (88%). ¿Por qué es esto así?

En la historia de los afroamericanos estadounidenses aparte del tráfico de esclavos que llevó a unos 400.000 africanos a las colonias, y luego a los Estados Unidos, hay otro acontecimiento importante: la llamada Gran Migración por la que entre 1915 y 1970 seis millones de afroamericanos dejaron el sur para establecerse en el norte y el oeste de Estados Unidos buscando  una vida mejor.  Según el censo norteamericano de 1870 había 4,88 millones de individuos de “color”, de los que el 90% vivía en el sur. Actualmente, 45 millones de norteamericanos se identifican como negros o afroamericanos.

Como la recombinación genética va rompiendo los haplotipos ancestrales con el tiempo, los investigadores han intentado averiguar cuándo se produce la mezcla entre el ADN africano y el europeo. Según un modelo de mezcla única, la estimación es que fue hace 5,8 generaciones para el HRS: 1808 (1805-1810). Con un modelo de doble pulso aparece una primera mezcla en 1740 y una segunda en 1863. En la muestra sureña (SCCS) con un modelo único sería el año 1802 y con modelo de mezcla doble los años 1714 y 1854. A pesar de la variación, los datos coinciden con lo que se sabe históricamente, que durante la época de la esclavitud las mujeres negras fueron violadas y explotadas sexualmente por los  hombres blancos. El ADN europeo entró en el acervo genético afroamericano antes de la Guerra Civil cuando la mayoría de negros vivían en el sur como esclavos. Después de la Guerra de Secesión la mezcla interracial descendió de manera drástica. En la cohorte HRS aparece un poco de mezcla interracial entre 1930 y 1960 pero no aparece en las otras cohortes.

Entonces la cuestión es que si la mezcla racial tuvo lugar en el sur ¿cómo es posible que sea en el sur donde el porcentaje de ADN africano es mayor? Los investigadores proponen una interesante respuesta. Plantean que la Gran Migración estaba sesgada: los afroamericanos que tenían más ADN europeo, y por lo tanto una piel más clara, tenían más oportunidades sociales y por lo tanto estaban en mejor posición para emigrar hacia el Norte o el Oeste. Aunque esto habrá que comprobarlo en futuros estudios lo que los autores plantean es que la discriminación -que varía según el color de la piel- pudo haber afectado la historia genética de los afroamericanos.

Estudiando el cromosoma X en concreto, la proporción es algo diferente: un 84,82% es de origen africano, un 12,89% europeo y un 2,29 nativo americano. Esto confirma los datos históricos de que fueron las mujeres africanas las coaccionadas al sexo por los blancos de origen europeo. El interés de estos datos es principalmente histórico y genético pero también podrían tener un valor sanitario por los diferentes riesgos genéticos para padecer determinadas enfermedades y tal vez para que los diagnósticos y tratamientos en el futuro se puedan adaptar al ADN de cada paciente.

@pitiklinov

Referencia:


Baharian S y cols. The Great Migration and African-American genomic diversity. PLOS Genetic May 27 2016. http://dx.doi.org/10.1371/journal.pgen.1006059

domingo, julio 17, 2016

No es bueno que el hombre esté solo (Into the Wild)



"Y el SEÑOR Dios dijo: No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda idónea. 19 Y el SEÑOR Dios formó de la tierra todo animal del campo y toda ave del cielo, y los trajo al hombre para ver cómo los llamaría; y como el hombre llamó a cada ser viviente, ése fue su nombre. 20 Y el hombre puso nombre a todo ganado y a las aves del cielo y a toda bestia del campo, mas para Adán no se encontró una ayuda que fuera idónea para él. 21 Entonces el SEÑOR Dios hizo caer un sueño profundo sobre el hombre, y éste se durmió; y Dios tomó una de sus costillas, y cerró la carne en ese lugar. 22 Y de la costilla que el SEÑOR Dios había tomado del hombre, formó una mujer y la trajo al hombre. 23 Y el hombre dijo:
Esta es ahora hueso de mis huesos,

y carne de mi carne;

ella será llamada mujer,

porque del hombre fue tomada.

24 Por tanto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne. 25 Y estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, y no se avergonzaban".

Libro del Génesis.

En la cita que abre este post y que le da título se considera al hombre, varón, como el centro de la creación. De hecho la creación giraría como un sol precopernicano en torno al varón, protagonista indiscutible necesitado de un contexto en el que ser. 

Ya la ciencia ha demostrado que la naturaleza no gira en torno a nosotros, con la perspectiva evolucionista, y que la feminidad es previa a la masculinidad, dado que el sexo mismo es un invento relativamente  reciente en la evolución biológica y la parte masculina del binomio reproductor es la que menos aporta en la generación de nueva vida.

Pero sigue siendo cierto algo: no es bueno que el ser humano (hombre o mujer) esté solo. Somos una especie social. Podría decirse que ninguno de nosotros podría valerse por sí mismo mucho tiempo sin los demás. Hemos logrado llegar a lo más alto en la llamada lucha por la vida como grupo, como sociedad, no como animales dotados de un gran cerebro a secas. De hecho el tamaño de nuestro cerebro y de ciertas regiones del mismo está claramente relacionado con las necesidades comunicativas con nuestros congéneres, que constituyen, a día de hoy, nuestro entorno natural. 

Leía y veía Into the Wild, libro y película basados en la vida de Christopher McCandless, un joven idealista e intrépido lector de Thoreau, London y Tolstoi, que se adentró en la Tundra de Alaska para vivir a solas con la naturaleza salvaje durante unos meses.  

 

No se le pueden negar los méritos: era  una persona, por lo que cabe deducir de su lamentablemente breve biografía,  valiente, inteligente, curiosa, noble y resistente a los más duros trabajos. No era un loco aventurero ni un iluminado que quisiera encontrar en la naturaleza una comunión mística. Aunque, por supuesto, algo de ello tenía. Porque la aventura y la epifanía inherente a su búsqueda existencial así lo atestiguan. Cometió errores, que pagó caros, pero lo que hizo en sí mismo no podría considerarse un error.
Lejos de mis intenciones está contar en detalle la interesante vida de este noble aspirante a una autonomía nómada, más que nostálgico de los salvajes. Si lo pensamos bien son los salvajes los que debieran interesarnos más para comprender porqué Chris no sobrevivió a su aventura. Y es que el ser humano nunca estuvo solo, porque ser humano es ser miembro de un grupo humano que trabaja .en común para sobrevivir a las duras condiciones impuestas por el ambiente natural.   

El Señor del Génesis “formó de la tierra todo animal del campo y toda ave del cielo, y los trajo al hombre para ver cómo los llamaría; y como el hombre llamó a cada ser viviente, ése fue su nombre. 20 Y el hombre puso nombre a todo ganado y a las aves del cielo y a toda bestia del campo”. Pero consideró que no era suficiente, y por eso creó a su compañera. Y es cierto que no era suficiente para el ser humano el resto de los seres vivos que pueblan el planeta, que muy bien pudieran existir sin él en ecosistemas perfectamente  funcionales. De hecho si la mano del hombre no se hubiera posado sobre su primera herramienta la naturaleza no estaría ahora en peligro de muerte. Aunque ése es otro asunto.


El ser humano, sin otros seres humanos, no es un ser humano,  su existencia carecería de sentido, si es que acaso fuera posible.


No sólo no es que no sea bueno que el hombre esté solo. Es que es, de hecho, un contrasentido. Primero salvajes, luego bárbaros, luego civilizados. O pónganlo en un orden más acorde con sus preferencias, o con otros términos. Pero desde el principio hemos sido grupo, y la idea del individuo es una creación muy reciente de la mente humana, una idea que, acaso, también tenga su valor y su importancia, pero que refleja pobremente la realidad última de nuestra naturaleza.


Descanse en paz, Chris McCandless.

Gracias a  Jon Krakauer por su libro y a Sean Penn por su película.

sábado, junio 11, 2016

Los sacrificios humanos y el control social


"La religión es un insulto a la dignidad humana. Sin ella, habría gente buena haciendo el bien y gente mala haciendo el mal, pero para que gente buena haga el mal, se necesita la religión.”
-Steven Weinberg

Todavía mucha gente mantiene en su mente una idea similar de una manera u otra a esto: “Biología= malo; cultura= bueno”. La intuición sería que somos animales con malos instintos pero que la cultura viene a poner orden y nos civiliza, que sin ella nos comeríamos unos a otros. Frans de Waal le llama a esto la teoría de la capa (veneer) y en su libro Primates y Filósofos combate la primera parte de esa ecuación que acabo de señalar. De Waal demuestra cómo en los primates encontramos ya los ladrillos (building blocks) con los que se construye la moral (no una moral desarrollada como tal) encontrándose ya los rudimentos de la cooperación, el altruismo y la reconciliación. También estudios como los de Paul Bloom con niños pequeños en su libro Just Babies nos demuestran que instintos prosociales y altruistas aparecen en los niños antes de la socialización. Así que la primera parte de la ecuación, que en nuestra biología o en nuestra naturaleza no se encuentran instintos colaboradores o altruistas es falsa.

Pero en esta entrada vamos a hablar de algo que tiene que ver con la segunda parte de la ecuación. La cultura sería lo que nos hace buenos y dentro de esa cultura sería la religión la que nos rescataría de nuestra tendencia a hacer el mal; tal es así que mucha gente pensaba que a medida que la creencia en Dios disminuyera el mundo se iba a convertir en un lugar de depravados y nos mataríamos unos a otros. Pero se nos olvida que tanto la religión como la cultura (las ideologías, por ejemplo) pueden llevarnos a cometer el mal, como ilustra de forma bastante cruda la cita de cabecera de Steven Weinberg. Tal es así que, como dicen en su libro Violencia Virtuosa Alan Fiske y Tage Rai, la mayor parte de la violencia en el mundo es violencia moral, es decir, cometida por gente que cree que  está haciendo el bien.

Esta capacidad de matar por una idea, por una creencia, y no por el control de un territorio o unos recursos, creo que es algo que nos diferencia del resto de los animales y en esta entrada vamos a hablar del que puede ser uno de los primeros ejemplos de matar por creencias: los sacrificios humanos. Joseph Watts y su grupo han publicado en Nature un estudio sobre los sacrificios humanos en Austronesia y sus resultados confirman la hipótesis de que la religión fue utilizada por las élites sociales para mantener el control social y que  los sacrificios humanos sirvieron para construir una sociedad jerarquizada.

Hay datos de que los sacrificios humanos existieron en muchas de las sociedades más antiguas: Egipto, China, culturas maya y azteca, Europa, y muchos viajeros y misioneros las documentaron en diversos lugares del mundo incluidas las cultura austronesias, que son las que ha estudiado Watts. También aparecen referencias a ellos en los textos religiosos más antiguos, como la Biblia el Corán, la Torá o los Vedas. Esto nos plantea la pregunta de cómo pudo aparecer algo tan horrible y tan costoso (que no era conocido en sociedades igualitarias). Una hipótesis para explicarlo es la hipótesis del Control Social, que propone que los sacrificios humanos fueron usados por las élites para aterrorizar a las clases inferiores, castigando la desobediencia y mostrando autoridad. Esto, a su vez, sirvió para crear y mantener clases sociales dentro de las sociedades. Esta hipótesis es la que han intentado comprobar Watts y cols.

Los ancestros de los austronesios parece que procedían de Taiwan y desde ahí se extendieron a lugares tan lejanos como Madagascar, la isla de Pascua, Hawai o Nueva Zelanda. Se ha comprobado que el sacrificio humano existió en el 43% de las 93 culturas tradicionales estudiadas. Los sucesos que daban lugar a sacrificios humanos solían ser la muerte de los jefes, la construcción de casas o canoas, la preparación para la guerra, epidemias o la violación de algún tabú social. Los métodos escogidos para del sacrificio eran de lo más variados, desde el estrangulamiento, al ahogamiento, ser aplastado por una canoa o ser arrojado desde alguna altura y luego decapitado.

Pero Watts y colaboradores han ido más lejos que detectar la asociación entre una cultura de clases y la existencia de sacrificios humanos. Han intentado ver en qué sentido va la flecha de la causalidad analizando si los sacrificios humanos son anteriores o posteriores a la existencia de un sistema de clases. Su conclusión es que los sacrificios humanos tienden a aparecer antes, ayudan a construir esas sociedades de clases y, además, hacen muy difícil la vuelta atrás hacia sociedades igualitarias.

En estas culturas las victimas de los sacrificios suelen ser personas de baja clase social, como esclavos, y los que ejecutan los sacrificios son las clases altas, sacerdotes y jefes. Lo que se detecta es un solapamiento entre el poder político y el religioso y en muchos casos se cree que los jefes y reyes son descendientes de los dioses. Los sistemas religiosos lo que hacen es favorecer a las élites y aquellos que las ofendían o se rebelaban contra ellas acababan como víctimas de estos sacrificios. En algunos lugares como Hawai si una persona rompía algún tabú podía pagar en vez de con su vida con la vida de un esclavo, así que las clases altas siempre salían favorecidas.

En resumen, el sacrificio humano fue un método particularmente efectivo de control social porque la justificación para el castigo era sobrenatural, de origen divino, y actuaba como un ejemplo para impedir que otros se atrevieran a desafiar el statu quo. Evidentemente, ese poder político y religioso se traduce en ventajas y recursos materiales para los poderosos y en mayor éxito reproductivo. Un ejemplo de cómo la religión fue explotada y aprovechada por los que mandaban y de que, en definitiva, la cultura no es necesariamente buena desde el punto de vista moral.

@pitiklinov

Referencias:




domingo, junio 05, 2016

La Inteligencia Humana y el Cuidado de los Niños

Es una realidad que hemos subestimado la inteligencia de otros animales. El último libro de Frans de Waal trata precisamente de ello, de cómo hemos medido la inteligencia de una manera antropocéntrica sin tener en cuenta que cada especie tiene sus propios sentidos, su propia historia natural y sus propios problemas ecológicos que resolver. Eso hace que la cognición de cada especie sea diferente y apropiada para el nicho ecológico en el que vive. Estamos viendo una mayor inteligencia de la que pensábamos y no sólo en los simios sino también en aves como los córvidos, en perros y en mamíferos acuáticos como el delfín o la orca. Incluso se empieza a hablar de conductas inteligentes en las plantas.

Pero dejando a un lado estas matizaciones no hay duda de que somos una especie inteligente, según algunos más inteligentes de lo que sería necesario para resolver nuestros problemas ecológicos, y el estudio de la evolución de la inteligencia humana es un campo en el que se han propuesto diversas hipótesis sin que tengamos todavía una explicación definitiva de cuál ha sido el principal motor que ha impulsado la evolución de nuestra inteligencia. En la web de Wikipedia puedes ver algunas de las hipótesis presentadas entre las que destaca la hipótesis del cerebro social de Robin Dunbar. Según este autor, la inteligencia humana no evolucionó para resolver los problemas ecológicos sino para sobrevivir y reproducirnos en grandes y complejos grupos humanos y cita la relación entre el tamaño del neocórtex con el tamaño del grupo social para apoyar su hipótesis. Otras hipótesis buscan ese motor en la caza, en la dieta, en el lenguaje, en la selección sexual, etc., pero no está claro por qué tenemos una inteligencia tan superior a la de los otros primates y por qué tardó tanto en aparecer en la historia de la vida.

El caso es que ahora se acaba de presentar un nueva hipótesis para competir con las existentes: la inteligencia humana evolucionó para cuidar a bebés indefensos. En un artículo publicado en the Proceedings of the National Academy of Sciences Steven Piantadosi y Celeste Kidd proponen que el desarrollo de nuestros altos niveles de inteligencia se debe a las demandas de criar a unos niños que nacen muy indefensos. Lo que estos autores proponen es un loop o feedback, un “circulo virtuoso” que sería el siguiente: los humanos deben nacer antes de lo que requeriría su maduración para que sus grandes cerebros puedan pasar por el canal del parto (dilema obstétrico), pero esto da lugar a unos neonatos absolutamente indefensos; cuidar a estos niños requiere una mayor inteligencia que si fueran más autónomos lo cual lleva a que nuestro cerebro tenga que ser más grande, lo cual lleva a niños más indefensos…y así sucesivamente. Se produciría lo que suele llamarse una “runaway selection” o selección desbocada. En esta situación la inteligencia de padres e hijos queda unida de una manera poco usual. El aumento del tamaño del cerebro ayuda a los padres a cuidar a unos niños my altriciales, muy inmaduros. 

El caso es que los autores han desarrollado un modelo matemático muy simple con tres parámetros: el tamaño cerebro/cabeza del adulto, la edad de nacimiento (el periodo de desarrollo intrauterino) y una cuantificación de la inteligencia individual. Dado un punto de inicio adecuado, en concreto empezar con grandes cerebros, el modelo confirma que se produce una selección desbocada. Los autores admiten que nuestra inteligencia es desproporcionada, en el sentido de que muchas de nuestras habilidades no parecen estar relacionadas directamente con la supervivencia, y que ha tenido que existir algún tipo de selección desbocada. Según su hipótesis,  muchas de nuestras capacidades serían un subproducto de la capacidad  o motor fundamental que sería la del cuidado de los niños.

Pero además de ello, los autores han estudiado el tiempo de destete en los diferentes primates -una medida indirecta de la indefensión de los bebés-  y han visto que correlaciona con la inteligencia de una manera más directa que otros tipos de medidas, incluida incluso el tamaño del cerebro. (ver Figura 1). Los autores dicen que su hipótesis explica también por qué la superinteligencia apareció relativamente tarde. Los insectos o reptiles no pudieron desarrollarla porque las especies ovíparas al reproducirse por medio de huevos no tienen el handicap u obstáculo de tener que pasar por un estrecho canal del parto. 
Figura 1

Es innegable que se necesita una gran inteligencia para criar a un bebé humano, tienes que imaginar lo que necesitan y dárselo y tienes que entender sus objetivos e intenciones antes que lleguen a realizar sus acciones por completo. Por ejemplo, pueden intentar agarrar algo que es peligroso y hay que anticiparse a esas acciones y hay que hacer todo ello sin lenguaje porque la etapa preverbal es larga . En definitiva, hay que tener  un componente de nuestra inteligencia que se llama Teoría de la Mente y las madres que no fueran muy hábiles en esta tarea dejaría menos hijos que las que sí lo fueran. Debido a que el cuidado de los niños ha sido tarea femenina está bastante admitido que las mujeres son mejores leyendo la mente de las demás personas (mejores psicólogas) pero no sé si la evidencia al respecto es definitiva. El interés de las mujeres por todo lo relacionado con las relaciones humanas, con las novelas donde se trata ese tema, o incluso la feminización de la carrera de Psicología apoyaría esta idea.

A pesar de ello, no todo el mundo ha recibido con agrado esta hipótesis, entre ellos Robin Dunbar como podéis ver en este comentario del Scientific American sobre el artículo, o el antropólogo Dean Falk que dice que en el registro fósil se ve que la bipedestación vino acompañada de alteraciones en los sistemas motores cerebrales que causaron un aumento de la indefensión millones de años(?) antes de que el cerebro empezara a aumentar de tamaño. 

La que sí ha recibido de manera más positiva esta nueva idea es la antropóloga Wenda Trevathan, probablemente la mayor experta en el tema de la evolución del parto en los humanos, que opina que la indefensión de los niños y el largo cuidado parental que requieren sí tuvo un tremendo impacto para explicar lo que somos en la actualidad. Tal vez tener niños “inútiles” -en el sentido de indefensos-, fue lo que nos hizo especiales.

@pitiklinov

Referencia:









jueves, mayo 19, 2016

Palpapando y degustando a distancia: la evolución de los sentidos

Un lector del blog Evolución y Neurociencias, Manuel Boira, desarrolló una hipótesis sobre un posible origen del fenómeno que los humanos conocemos como “dentera”, que envió a Pablo Malo, autor del blog. En un intercambio de emails estuvimos valorando la cuestión entre nosotros sin llegar a una conclusión definitiva sobre el asunto, pero al menos clarificando algunos puntos al respecto. Pero no es de dicha hipótesis de lo que quiero hablar hoy aquí (permítase que ubique en el tiempo y en el espacio este post, aunque ya no tenga demasiado sentido).

 

La experiencia subjetiva de dentera se da a través de dos sentidos: el oído y el tacto. Un ejemplo muy conspicuo de la primera clase de dentera lo tendríamos con el ruido conocido como chirrido que hacen unas uñas, por ejemplo, al arañar una pizarra. Otro ejemplo, del segundo tipo, sería el del roce de una superficie tal como la de la piel de un melocotón o la tiza con la que se escribe en la pizarra del anterior ejemplo.

 

Reflexionando sobre dicho asunto llegué a la idea de que el oído desempeñaba en el fenómeno de la dentera el papel de un mensajero del tacto. Dado que el sonido estridente es parecido al roce de uñas o dientes sobre una superficie dura, áspera o seca (sobre eso Manuel ya expondrá aquí su hipótesis) parece probable que la sensación de desagrado que experimentemos sea una especie de reflejo táctil, algo así como un cruce de cables neuronal que da lugar que sintamos como si estuviéramos efectivamente rozando con nuestras uñas y dientes una determinada superficie.   

 

El sentido del oído es, de algún modo, un sentido del tacto a distancia. La evolución de la percepción auditiva fue posterior a la de la percepción táctil, y esto no sólo es fácil de rastrear en el registro paleontológico, es también fácil de inferir lógicamente. El tacto evolucionó primero para rastrear y percibir el entorno inmediato al organismo. Pero aquello que sucedía a lo lejos no era percibido suficientemente. El sentido del olfato, o los quimiorreceptores en organismos unicelulares (el olfato es un quimiorreceptor ampliado) avisaban en el pasado evolutivo a los organismos de que se aproximaba una marea negra de lo que menos favorecía a su supervivencia o bien que estaba próxima una fuente de alimento, un entorno más seguro o cualesquiera cosa que pudiera anunciar una molécula volátil o errática a través de un medio acuoso o aéreo. Pero no era suficiente. Era preciso, de alguna forma, palpar a distancia, ver la forma, la física, de lo que había más allá del sentido del tacto. Tendrían que evolucionar el oído y la vista.

 

¿Qué es lo que hace el oído, exactamente?: pues bien, el oído nos suministra información de lo que está alejado de nosotros, fuera del alcance de nuestro tacto, y que tiene una consistencia física mucho mayor que un gas o unas moléculas disueltas. Nos dice que entre la maleza se mueve algo, es más, nos dice que en la maleza que está a nuestra izquierda se mueve algo. O que cae un alud, pero desde arriba siguiendo las leyes de Newton, aunque también nos indica que tiembla la tierra a nuestros pies, de acuerdo con las leyes de la tectónica de placas de Hess. El oído percibe vibraciones y las localiza en el espacio y en el tiempo. Nos dice que hay un "objeto" (no ya una nube de pequeñas moléculas) que se aproxima a nosotros (bueno, puede ser un fuerte viento, pero atrévete a llamarlo nube de pequeñas moléculas) o se aleja de nosotros. Un objeto que merece ser seguido o evitado. Toca a distancia. Las ondas que nos llegan de ese objeto (ser vivo voraz, piedra rodante) o acontecimiento (viento, temblor de tierra) se perciben en el cortex como sonido, ciertamente, pero a un nivel más rudimentario, más inconsciente, pero no menos importante, como vibraciones. Las que nuestros corpúsculos de Meissner o las terminaciones nerviosas libres u otros receptores de la piel no perciben las percibe el oído, que recibe una oleada de aire que ha sido empujada por el objeto o acontecimiento que está en un radio determinado de nuestro cuerpo.

 

En la evolución de nuestra especie el desarrollo del lenguaje hizo del oído mucho más que un perceptor de movimientos, consistencias y cambios a distancia. Al convertirse en un buen medio para transmitir información de lejos los animales comenzaron a usarlo para comunicarse entre sí (entre miembros de la misma especie). Ya con anterioridad había servido, como es obvio, para comunicar unilateralmente a unas especies dónde se hallaban otras para zampárselas o esconderse de ellas. En los primates las vocalizaciones son una forma frecuente de comunicación, que acompaña al repertorio de gestos propios de cada especie. Nuestra especie, no voy a decir cómo porque eso no lo sabría aventurar ni remotamente, creó el lenguaje simbólico.....y la música.

 

Robin Dunbar sostenía la interesante hipótesis de que el grooming, según crecía el tamaño de nuestros grupos sociales, fue siendo sustituido por el contacto a distancia. No te puedes pasar todo el día acariciando y acicalando a otros miembros de tu especie (el 20 % del día, que creo que es el que destinan los chimpancés, es "llevadero" para mantener los lazos sociales en grupos del tamaño de las tropas chimpancés, pero entre nosotros, que tendríamos grupos cuyo tamaño se estima de media en 150 personas -número de Dunbar- andar espulgando a todos los miembros amigos no nos dejaría tiempo para otra cosa). El lenguaje nació no sabemos bien cómo ni conforme a qué presiones evolutivas precisas, pero en cualquiera de los casos terminó por servir, con seguridad, para dos cosas: para transmitir información (fáctica y afectiva) y para....acariciarnos o abofetearnos sin tocarnos siquiera. El tacto a distancia del oído había adquirido una nueva dimensión: con-tacto a distancia. Tacto. Transmitir sensaciones táctiles, pero de lejos. Y para ello también serviría la música, así que no resultaría extravagante la idea de que la misma especie que desarrolló el lenguaje simbólico crease la música, igual que las matemáticas....que es un lenguaje más formal y depurado, andado el tiempo y por otros derroteros.

 

El lóbulo parietal del cerebro parece jugar un papel destacado en toda esta evolución, y lo que conecta al oído por vías "inferiores" con éste, así como por otras vías corticales desde el lóbulo temporal. Se trata de nuestra posición en el espacio, nuestra propiocepción, nuestra nocicepción, nuestro...sentido del tacto. Podemos pensar en términos de las Good Vibrations de los Beach Boys, que vibran realmente y nos hacen vibrar a diferentes ritmos, nos hacen incluso....bailar, mover el cuerpo, al ritmo de alguna melodía. Las melodías suaves pueden ralentizar nuestra actividad fisiológica como el susurro de una madre a su bebé, o la nana....al igual que el rock duro puede activarnos como el grito de un jefe cabreado o un líder enardecido (aunque parte de la activación dependa del contexto). Probablemente nuestros "receptores" táctiles no sólo envían información al cerebro....reciben de arriba también información que los activa y es reenviada al cerebro.  Y vibramos. Nos movemos de cierta manera y experimentamos ciertas sensaciones.
 
Si hemos de valorar desde una perspectiva evolucionista qué sentido tendría el sentido del oído deberíamos plantearnos que se trata de una adaptación para captar el movimiento de cuerpos extraños en la órbita de nuestro cuerpo. Palpamos lo que está inmediato, oímos lo que está más alejado. Y por último, con el desarrollo de la vista, captamos longitudes de onda de objetos en movimiento en la distancia cuyas vibraciones no alcanzan la fuerza suficiente para ser percibidas por el oído.
 
En última instancia parece que tanto ontogenética como filogenéticamente, vamos de dentro afuera, pasando de desarrollar el tacto y el gusto a desarrollar el resto de los sentidos, que constituyen, de alguna manera, un tacto y un gusto "a distancia".