viernes, agosto 28, 2015

Hormigas perezosas

La pereza es una característica humana muy extendida. Iniciar y mantener una actividad requiere un esfuerzo que una gran mayoría evitamos con frecuencia hacer. La procrastinación es un problema muy extendido y reconocido por mucha gente. Las religiones condenan la pereza y algunas la consideran un pecado y se alaba en todas partes al individuo diligente y trabajador. Pero la pereza está muy extendida en el reino animal así que probablemente cumpla alguna función evolutiva y la primera que viene a la mente es el ahorro de energía. También tenemos unos estereotipos y consideramos a unos animales más perezosos que otros, por ejemplo el león tiene una fama tal vez bien ganada de ser muy perezoso. Pero si existe una especie que tiene fama de trabajadora son las hormigas (solo hay que recordar la fábula de la hormiga y la cigarra), por lo que el hallazgo que voy a comentar es realmente sorprendente.

La cuestión es que los investigadores Charbonneau y Dornhaus han estudiado la “casta” de las hormigas obreras y han descubierto que un gran número de ellas están especializadas en no hacer nada. Y no sólo ellos, en la literatura hay informes de que incluso más del 50% de las obreras de todas las especies de insectos sociales (abejas, avispas, termitas y hormigas) no hace aparentemente nada. El nivel de inactividad es específico de cada individuo, es decir, que no es que tomen turnos y a ratos trabajan unos y luego otros sino que siempre son los mismos los que no dan un palo al agua, mientras las demás hormigas buscan comida o construyen el nido. Es más, hay evidencia de que si aumenta la carga de trabajo tampoco arriman el hombro, no aumenta su nivel de actividad ni ayudan a las otras.

Evidentemente, este nivel de no hacer nada es demasiado elevado para que evolutivamente haya que buscarle alguna explicación, pero de momento no la hay. Estos autores han descubierto varias castas entre las obreras: trabajadores de exteriores, enfermeras, patrulleras y luego las hormigas inactivas que estamos comentando. Las explicaciones que se han propuesto son las siguientes:

  • que actúan como equipo de reserva para entrar en acción si fuera necesario si las otras hormigas mueren o aparece algún desafío externo
  • que son una especie de “naves nodriza” que alimentan a las otras (las hormigas perezosas son más grandes) y en otras especies se ha visto que algunos individuos hacen de control de avituallamiento alimentando a sus congéneres con “bebidas” que almacenan en su abdomen
  • podrían ser reservistas para luchar contra enemigos externos o para captar esclavos
  • puede que hagan algo pero todavía no hemos descubierto qué
  • pueden ser hormigas muy jóvenes o muy viejas y no son aptas para el trabajo
  • puede que transmitan algún tipo de información
  • tal vez son sólo parásitos sociales
  • por último tal vez son sólo hormigas perezosas y es un problema de personalidad…

Todas estas hipótesis no son excluyentes y podrían ser, por ejemplo, hormigas viejas no aptas para el trabajo pero que almacenan comida y la pasan a sus compañeras. Lo que sí sabemos es que, como decía, son más grandes y también que tienen menos contacto social con el resto de las hormigas que sus compañeras de nido. Esto podría apoyar la hipótesis de que son una especie de guardas o policías. En cualquier caso esa ausencia de contacto social yo creo que descarta que sean políticos :)

@pitiklinov

Referencia:





jueves, agosto 27, 2015

¿Qué cuestión suscita la digestión?



Hace años que lancé tímidamente la pregunta a los encargados de un consultorio científico  del portal de internet Terra. No recuerdo cómo la articulé exactamente, pero reflejaba mi inquietud, entonces muy intensa, sobre los vínculos entre el funcionamiento de nuestro aparato digestivo y nuestro estado de ánimo. Creo que les hablé de “gases” y ansiedad. Yo no sabía mucho de ciencia por entonces, en los primeros años de este siglo, y ahora que sé todavía menos he recibido la respuesta por los torcidos caminos de la divulgación científica. Sigo esperando la respuesta de los “expertos” de Terra. 

Por un lado un documental absolutamente exquisito y por otro un libro totalmente delicioso (manjares que digerí con entusiasmo) me hicieron ver lo mucho que ignoraba sobre mi cuerpo, aunque tuviera un somerísimo conocimiento del soma. 

El título del Documental era La Vida en Nosotros, y lo pusieron en RTVE (ya saben, los docus de la 2 que todo el mundo dice ver y pocos ven, acaso haciendo zapping). Dicho documental, que pueden ver en el enlace del título, versaba sobre lo que indicaba literalmente ése título: los seres vivos que nos tienen a nosotros por su florido y animado ecosistema. Cientos de millones o muchos más, cifras astronómicas que mi cerebro no está preparado para calcular. En fin, esos mismos que, a falta de carroñeros externos se van comiendo por dentro nuestro cadáver cuando morimos. Son en su gran mayoría bacterias, supuestamente , si no consideramos a los virus como formas de vida, y gran parte de ellos se alojan en nuestros intestinos y nos ayudan a procesar los nutrientes que provienen de nuestra pantagruélicas o famélicas ingestas, aunque también están en gran número en nuestra piel y en menor medida en nuestros tejidos. Dichos entrañables bichitos unicelulares son una “caja de herramientas” metabólica que nos permite sacar el máximo provecho de los alimentos. Y llevan tanto tiempo siendo imprescindibles para nosotros y dentro de nosotros que podríamos decir que son parte constituyente y constitutiva de nuestra organización biológica. La falta o el exceso de determinados microorganismos está probablemente en el origen de múltiples afecciones. Y esto nos conduce a un cul de sac escatológico: las heces. En ellas se pueden encontrar pruebas del correcto o incorrecto funcionamiento de nuestra digestión y, de paso, de la cantidad, cualidad y calidad de nuestra microbiota. De hecho muchas personas se han sometido a..ejem….trasplantes fecales. No entraremos en detalles de cuál es el procedimiento, simplemente diremos que los sanos donan a los enfermos su flora. También en el ombligo, ese  lugar que según Milan Kundera es el nuevo centro del erotismo y que nos vuelve a todos intercambiables (de ello escribe en La Fiesta de la Insignificancia), por su aparente homogeneidad, se da una diversidad microbiana, una heterogeneidad, verdaderamente pasmosas, pero ya no sólo en cada uno de nuestros ombligos, sino entre distintos ombligos de distintas personas. Hablamos de que los microbiólogos pueden sacar de ellos una auténtica huella personal al estilo de las digitales, acaso aún más perfecta que ese fractal de nuestros dedos. 

El documental aborda extensamente  la cuestión del microbioma humano, mientras que esa otra fuente de conocimiento a la que tuve acceso en papel (esa especie en extinción del mundo “digital”) se centra en la digestión. También su título en castellano no ofrece dudas: La Digestión es la Cuestión. Su autora, una pipiola, una chavalilla, una jovencita que está sacando su Doctorado en la Universidad Goethe de Frankfurt estudiando una bacteria peculiar. Giulia Enders, esta alemanita, tiene un humor excelente que nos pone de inmediato de un humor excelente, cuando lo trasladamos a nuestro cerebro con la lectura de su libro. Aparte que siempre quedará en nosotros un “residuo” del humor marrón de nuestra niñez. De las glándulas salivales y las moléculas que segregan (de las que nos habló Pitiklinov hace poco) hasta la gran traca final de los pedos y las bombas de las heces, en su forma Hiroshima o de Racimo,o de Napalm, recorre el sistema digestivo de arriba abajo, empujada por la gravedad….y por la gravedad de la cuestión que es la digestión. Les aseguro que leer este libro no les dejará indiferentes y quizás les haga mirar sus defecaciones, eructos y tambores de guerra estomacales e intestinales con algo más de cariño.

El tema da para mucho más de lo que cuento aquí de manera informal. Ciertamente es recomendable visionar La Vida en Nosotros y leer La Digestión es la Cuestión. Les aseguro que se sentirán una comunidad andante muy elegante.

¿Y qué podemos decir de todo esto para responder la pregunta de aquél ingenuo joven que preguntó por la posible relación de los gases y el estado de ánimo? Pues bien, que nuestro sistema nervioso entérico manda más información al cerebro (sobre todo a la ínsula) de la que recibe del mismo a través del nervio vago (que no es que sea un vago, pero es que está muy solito).  ¿Y esto que significa? Para dárselo mascado y bien fácil de digerir a nuestro pipiolo, le diremos que lo que esto implica es que nuestro sistema digestivo expresa su malestar a nuestro cerebro y que éste, que recibe la queja, la convierte en un malestar consciente, que puede tomar la forma de ansiedad, depresión, o una inquietud que sea difusa pero que pueda incomodar. ¿Y los gases, qué narices? Bueno, las narices tienen que olerlos cuando los exhalamos por la boca o los soltamos por abajo, pero la producción industrial de los gases se produce fundamentalmente en el intestino grueso y es como lo que sale de las chimeneas de nuestras fábricas, pero en éste caso la chimenea es un doble esfínter que tenemos al final del recto y las fábricas son nuestras comunidades bacterianas. Su industria metabólica tiene esos contaminantes. También algunos suben desde el estómago, puesto que la forma del mismo crea un espacio en el que el aire puede acumularse. Así que, amigo, no te sientas tan mal, al menos tienes una respuesta a tu pregunta, la relación es obvia, un exceso de gases produce incomodidad que llega a tu cerebro y se transforma en….incomodidad, pero de otro tipo. Vamos, lo mismo que ocurre en la transducción de la señal de los ojos u oídos, (estímulos en forma de ondas electromagnéticas y aéreas) al cerebro, tampoco es para extrañarse. 

Desde el punto de vista evolucionista todo esto deja claro el papel preponderante de la coevolución de millones de especies en el desarrollo de los organismos pluricelulares. Como decía más abajo, hablando de Planetas Simbióticos y Genes Egoístas, Lynn Margulis tenía mucha razón.

miércoles, agosto 26, 2015

Caminando entre Caminantes



Ha habido en los últimos años una serie de producciones documentales de la BBC muy interesantes en las que se mostraban, de forma gráfica y dinámica, las más plausibles hipótesis presentes sobre los mundos pretéritos en los que todavía no había hombres. Las producciones, esta serie de series, tenían nombres sugestivos tales como Walking with Dinosaurs o Walking with Monsters. La que más se aproximó a nosotros, en el tiempo y la evolución, era la que se refería a nuestros ancestros, nuestros predecesores biológicos más inmediatos.



Es innegable que estas reconstrucciones “forenses” de complejos organismos y sus amplios e intrincados ecosistemas tienen un componente no pequeño de ciencia ficción. ¿Tenían plumas los dinosaurios? ¿De qué color era el pelaje de los dientes de sable? ¿Cuándo comenzaron a usar herramientas nuestros ancestros? Hay muchas hipótesis por contrastar sobre estas cuestiones, y muchas que no tienen ni probablemente tendrán contrastación posible. Pero es científicamente razonable hacer un intento de reconstrucción, que siempre contendrá una semilla de evidencias científicas, grano de conocimiento en medio de las pajas mentales de la ignorancia.
Las series documentales tenían, en su traducción castellana, los títulos de Caminando entre Dinosaurios, Caminando entre Monstruos, Caminando entre las Bestias y Caminando entre Cavernícolas. Esas son al menos las que conozco yo.  Se pasa del “with” inglés, al “entre” español, con una implicación semántica que no debe pasar desapercibida:  ya no se camina con los dinosaurios o las bestias, sino en medio de ellos, uno se sumerge en su mundo, no los ve en paralelo. Ciertamente estamos lejos de poder sumergirnos en aquellos mundos perdidos, y las reconstrucciones que puedan hacerse científicamente pueden fácilmente servir para otras más lúdicas, de la industria del entretenimiento, como el filme Jurassic World.
Moviéndonos “entre” ficciones, en dicha realidad virtual, tenemos serias dificultades para mirar hacia delante en lugar de hacia atrás. Lo pasado deja huella, aunque sea difusa. El futuro, en cambio, es impredecible en alto grado. Así que cuando se reconstruye el pasado se suele incidir en lo científico de la reconstrucción, no en la imaginación del creador de esa imagen múltiple. Pero cuando se mira al futuro desde el conocimiento, esto es, desde la ciencia, se habla de ciencia ficción, pues se estima que nada de lo que se diga sobre el futuro es altamente probable que acaezca, y tanto más cuanto más nos alejemos en el tiempo.
Ha habido documentales sobre eso, también. Futuro salvaje es un ejemplo curioso. Otro, más cercano a nosotros, pero en el sentido de la flecha del tiempo, es La vida sin nosotros. El hablar de nosotros, todavía, implica que hemos abandonado el escenario, así que aún estamos, de alguna forma, presentes, por los numerosos artefactos que hemos dejado.
Pero lo que de verdad encandila al público es la ciencia ficción aderezada con un poco de catástrofe y fin de la historia. Que el mundo se acabe es un deseo secreto de nuestra visión negativa de la Historia y sus males. La plaga humana desaparecerá de la tierra, ¡asistan al espectáculo!   
Pues bien, una de esas ficciones delirantes es The Walking Dead. Ahora comienza otra serie paralela, en vista del éxito de la primera, que se llama Fear The Walking Dead y que, básicamente, va de lo mismo. De repente una extraña epidemia se expande y se convierte en pandemia a la que ningún humano parece ser inmune. Esto ya de por sí es un poco increíble, por que siempre habrá alguien con algún alelo de un gen que le haga sobrevivir a infecciones que matan como moscas a centenares de millones de personas. La coevolución de los virus, bacterias y parásitos y los organismos pluricelulares nos hace creer que nadie podrá ganar fácilmente la guerra perpetua de la vida, la enfermedad y la muerte, ni siquiera nosotros con nuestros artefactos diversos. No creo que ningún virus afecte a toda la humanidad. Pero en fin, no lo sé, partamos de que sí. Y ahí viene lo otro, más sorprendente aún: el virus, si no provoca la muerte de forma inmediata, permanece latente. El caso es que cuando uno muere, sea por la infección primaria, sea por el ataque de otros, o por cualquier otro motivo, el virus activa una parte indeterminada del cerebro y mantiene al muerto en un estado de vitalidad peculiar que le permite ir por ahí arrastrándose y comiéndose a todo bicho viviente, empezando por los propios seres humanos que aún no han tenido la suerte de morir. Esto es delirante al cien por cien. Contradice no ya lo que se sabe de biología, sino lo que se sabe de termodinámica. Son demasiados los errores científicos para señalarlos. Pero un botón de muestra: sólo mueren de forma definitiva los muertos no muertos con un impacto brutal en la cabeza, sea éste un balazo, un martillazo u otra modalidad de golpe. Así, los protagonistas, que son los pobres que aún viven, huyendo de los muertos que les quieren devorar, se libran de estos si logran escapar a sus mordiscos y romper sus cráneos. Ergo, los muertos vivientes tienen cráneos más bien frágiles y mandíbulas poderosas. Anatómicamente increíble. ¿Y de dónde sacan la energía para tan infatigable actividad? No todos podrían encontrar comida así es que…pero es que además si su cuerpo está arrasado, como es el caso de mucho de esos muertos, no pueden metabolizar nada. Etc etc….
Sí, insisto, la serie es una fantasía delirante pero….¡esperen! ¿qué estoy diciendo? ¡Pero si es cojonuda! Si yo soy un fan fan fan fan fanático de esta fan fan fantasía delirante. Yo también deliro. Ya he visto extasiado las cinco primeras temporadas. ¿Cómo he podido engancharme a semejante despropósito de serie televisiva? Voy a tener que explicarme, y con ello pasaré del futuro al pasado, y todo quedará parcialmente aclarado.
Al margen de los delirios delirantes y alucinantes de la serie, paralelamente a ellos, quizás caminando “con” ellos o “entre” ellos hay una caracterización de los personajes de la trama que nos sugiere cómo podríamos quizás comportarnos en una situación límite, rodeados de predadores y con gran escasez de recursos y precariedad…..los humanos que siguen siendo eso, humanos, forman grupos para sobrevivir en medio de los zombies, a los que denominan “caminantes” por eso de que, sorprendentemente ¡caminan, como Lázaro! Y esos humanos son una proyección de nosotros en un contexto de fin de mundo ficticio, sí, pero también pueden reflejar un pasado en el que las condiciones de vida eran sumamente parecidas: peligro por predadores, pocos recursos…..Lo que me lleva a mi extraña conclusión: los guionistas de la serie tienen que haberse imbuido un poco de psicología evolucionista, o bien su sentido común y algunos conocimientos de las  ciencias de la conducta, que no necesariamente de biología molecular, ejem, les ha llevado a reconstruir una mente humana social expuesta a grandes presiones de supervivencia tanto por el entorno como por parte de las otras mentes humanas con las que debe entenderse.
En fin, que The Walking Dead me gusta, porque igual que me gustó caminar entre dinosaurios, bestias, monstruos y cavernícolas, que reconstruyen a partir de los restos de los muertos cómo fueron los vivos, también me resulta interesante caminar entre caminantes, porque a partir de los restos de los muertos que se arrastran con una pizca de vida puedo ver cómo podría ser estar vivo, antes y después de la Civilización.

¿Son compatibles el Gen Egoísta de Dawkins y el Planeta Simbiótico de Margulis?



La Sociobiología surgió a mediados del pasado siglo, principalmente de la mano de William Donald Hamilton, Edward Oswald Wilson, Robert Trivers y el que ahora es el rostro más visible (más mediático) de esta orientación teórica, en parte por su labor de divulgación y en parte por su labor de proselitismo de racionalismo antirreligioso, Richard Dawkins, que acuñó la denominación de “Gen Egoísta” para un complejo proceso a través del cual los genes determinan la evolución y el desarrollo de los organismos con las restricciones impuestas por el ambiente. 



Desde que surgió la Sociobiología hasta nuestros días, en los que ésta se ha transformado de mil maneras con aportaciones de la Etología, la Biología Comparada, la Psicología Evolucionista y las Neurociencias, entre  otros enfoques, se han producido numerosos ataques teóricos (algunos más fundamentados, otros más políticos y falaces) contra la idea fundamental que subyace a todo este planteamiento sobre nuestra naturaleza (que es, en fin, lo que más importa a los humanos): somos egoístas. 

La idea del gen egoísta no hacía más que explicar desde un punto de vista evolucionista y adaptativo nuestro comportamiento egoísta, trasladando a los genes, de una manera más bien metafórica y simbólica, nuestro egoísmo. Richard Dawkins tuvo miedo de haber incidido demasiado en este aspecto, así que al final de su famosa obra sobre el tema trató de restar importancia a dicho egoísmo, al afirmar que nosotros, los humanos, habíamos llegado a un punto de desarrollo cerebral y social que nos permitiría ir más allá de lo dictado por nuestra biología, por nuestros genes. Pero se notaba demasiado la impostura. Su disonancia cognitiva le llevó a afirmar algo que iba contra el centro mismo de su hipótesis, pues nuestro cerebro y nuestras habilidades sociales son también un claro fruto de la evolución y su “diseño” debería por tanto servir a los fines de nuestra biología evolucionada.

Era en cierto modo natural que muchas voces se alzasen contra un enfoque excesivamente reduccionista y simplista, aunque todavía careciesen de los argumentos para ponerlo en solfa. Entre dichas voces estaba la de una gran científica incomprendida, que ahora, después de su muerte, empieza a ser cada vez más considerada: Lynn Margulis. Su propuesta de la endosimbiosis bacteriana en la génesis de la célula eucariota, que fue el desarrollo profundo de la idea de un científico ruso de principios del siglo XX, es ahora considerada poco discutible, y, de hecho, iba mucho más allá del origen de la célula eucariota, puesto que implicaba unas relaciones entre los organismos a nivel celular extremadamente  complejas y sofisticadas. Para Margullys, no había duda, el nuestro era un planeta simbiótico, y la vida misma, e incluso la evolución, no hubieran sido posibles sin la colaboración de numerosos organismos distintos entre sí. ¿Y quién podría dudar, observando a los microorganismos o la fisiología de los macroorganismos de que vivimos en un difícil equilibrio en el que dependemos de cientos de miles de otras especies y sus mutuas relaciones?

Pero dichas relaciones no obedecen a intenciones altruistas. No hay una colaboración consciente, en primer término ni, avanzando en la socialización y la consciencia de las especies, para llegar a nosotros o a los delfines, existe ninguna clase de colaboración que surja en un vacío biológico. El rostro humano demasiado humano al que Dawkins no se atrevía a mirar y Margulis no era capaz de ver, pese a su gran intuición para comprender procesos complejos, era un rostro confeccionado punto por punto por los dictados de genes dentro de máquinas de supervivencia sometidas a rigores ambientales.

Y es que, en ocasiones, lo mejor es colaborar, y cuanto más complejas son las cosas tanto más necesario es.

sábado, agosto 22, 2015

La Paleodieta y los carbohidratos

La famosa y controvertida paleodieta se basa en la idea de que a lo largo de la evolución los seres humanos hemos adquirido  una serie de características genéticas adaptadas a los alimentos que hemos comido durante nuestra época de cazadores recolectores y no a nuestra dieta actual (que en un 70% no se corresponde con la ancestral) y, por lo tanto, nuestra fisiología está optimizada para esa dieta primitiva. Volver a un patrón paleolítico se supone que puede mejorar nuestra salud y evitar la aparición de diversas enfermedades (cardiovasculares, diabetes, síndrome metabólico…). Uno de los problemas de la paleodieta es precisamente que no es tan fácil saber lo que comía el ser humano en el Paleolítico. Y acaba de salir un artículo que plantea que los carbohidratos han sido más importantes en esa dieta paleolítica de lo que se pensaba y que su papel en el crecimiento del cerebro ha sido determinante.  

Un dato reconocido desde hace mucho tiempo es que las dietas de los homininos sufrieron un gran cambio con la adición de la carne. De hecho, se ha relacionado su consumo con el acortamiento del aparato digestivo (se cree que hace 1,8 millones de años el aparato digestivo ya era como el actual) y con el aumento del tamaño del cerebro, que se inició hace unos 2 millones de años y se aceleró hace unos 800.000. Existen pistas de consumo de carne desde hace algo más de 3 millones de años, por huesos de mamíferos con marcas y herramientas de piedra y parece que el inicio de ese consumo fue como carroñeros de animales muertos.

Pero lo que proponen los autores del nuevo trabajo es que los carbohidratos, el almidón o fécula de raíces y tubérculos, se incorporó también a nuestra dieta con la aparición del fuego y la cocina y que esos carbohidratos, junto con la carne, fueron la gasolina para el crecimiento del cerebro. Las plantas producen una serie de carbohidratos que sirven cono reserva de energía o para funciones estructurales. Los carbohidratos de reserva se suelen depositar en órganos de almacenamiento subterráneo, como raíces, tubérculos y rizomas como almidón, que es un compuesto de amilosa y amilopectina. Nuestro organismo convierte los almidones en glucosa desde que empezamos a masticar porque nuestra saliva contiene una enzima, la amilasa, que rompe los enlaces del almidón (también tenemos amilasa en el páncreas). Pero la amilasa no funciona bien con el almidón crudo, es mucho más eficaz cuando los alimentos están cocinados. Por ejemplo, la patata cocinada es 20 veces más digestible que la cruda. Así que la hipótesis de estos autores se apoya en la utilización del fuego para cocinar.

Pero problema que no está todavía solucionado es el de la aparición del fuego y su uso para cocinar. Se acepta el uso del fuego con seguridad, por ejemplo en Qesem Cave en Israel hace 400.000 años y el uso de hogueras de forma regular hace 300.000. Pero, también en Israel, en Gesher Benot Yaáqov, que data de 780.000 a. C., hay restos de ceniza, de plantas y microartefactos  quemados en concentraciones que sugieren la existencia de fuegos. Otros autores hablan de una fecha tan antigua para el uso del fuego como de hace 1,6 millones de años.

Con respecto a la amilasa es interesante conocer que los chimpancés tienen dos copias del gen de amilasa de la saliva en su ADN mientras que los humanos tenemos un número extra de copias, algunos hasta 18. Más copias del gen significa más cantidad de enzima para metabolizar el almidón. Cuando los científicos descubrieron estas copias extras de amilasa lo primero que se pensó es que su origen era debido a la agricultura, hace sólo unos miles de años. Al empezar a usarse el trigo y otros almidones cosechados la selección natural favoreció la aparición de mas copias de amilasas. Sin embargo, parece que la aparición de estas copias de amilasa son mucho más antiguas, tal vez un millón de años, aunque no se conoce su origen con exactitud. 

Sólo hay un ejemplar de neandertal para el que se ha estudiado el locus de la amilasa salivar y se ha visto que tiene sólo dos copias. Como sólo es un individuo no podemos saber si había variabilidad en neandertales y otros individuos podían tener más copias. Si los neandertales tenían todos dos copias podría deberse a que su dieta era diferente, mucho más carnívora. Esto plantea dos hipótesis para esta divergencia en la amilasa salivar de humanos y neandertales: o bien los humanos aumentaron su número de copias después de la divergencia con los neandertales, o bien los neandertales fueron perdiendo copias porque cambiaron su dieta a una dieta más basada en carne y cambiando a una glucogenogénesis. Este paso no es tan difícill y se ha observado en poblaciones árticas. También es interesante con respecto a la amilasa (cuya genética es realmente complicada con duplicaciones e inserciones de retrovirus y demás), que los perros tienen múltiples copias de la amilasa pancreática (los perros no expresan amilasa en la saliva) lo cual sugiere una adaptación paralela en perros y humanos a dietas ricas en almidones cocinados.

Resumiendo, el rápido crecimiento del cerebro hominino requería un gran aporte de energía y el cerebro consume exclusivamente glucosa. Por otro lado hay un solapamiento entre las fechas estimadas del uso del fuego para cocinar y de la multiplicación del número de copias en la amilasa. La conclusión de los autores es que se produjo un fenómeno de coevolución gen-cultura similar al de la persistencia de la lactasa cuando los humanos empezaron a consumir leche. En este caso el consumo de almidones cocinados originó el aumento de la actividad de la amilasa en humanos. Y gracias a esta coadaptación y su aporte calórico extra se pudo producir el crecimiento del cerebro en nuestra especie.

@pitiklinov

Referencia: