Mostrando entradas con la etiqueta Darwin. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Darwin. Mostrar todas las entradas

domingo, julio 12, 2015

Los poderes mentales de los gusanos


Ya hemos comentado que muchos contemporáneos de Darwin, incluido Wallace, no creían que las facultades intelectuales humanas pudieran ser explicadas por la selección natural. Darwin, por supuesto, pensaba que la emergencia de las capacidades racionales podía explicarse por los mismos principios que todo lo demás, sin necesitar un tratamiento especial. Según Darwin, encontramos similares capacidades de raciocinio en otros animales y rechazaba la idea cartesiana de que los animales son autómatas, meras “máquinas animadas”. Si estas capacidades en animales son explicadas por la selección natural, ¿por qué no lo van a ser las humanas? “No hay diferencia fundamental”, decía “entre el hombre y los mamíferos superiores en sus facultades mentales”.

Darwin no sólo defendía que los animales razonaban sino también que experimentaban (en mayor o menor medida) ansiedad, duelo, desesperación, alegría, amor, determinación, odio, ira, asco, culpa, orgullo, paciencia, sorpresa, miedo, horror, vergüenza y modestia. Sin embargo, se daba cuenta de que la cuestión central era la razón:

“De todas las facultades de la mente humana admito que la Razón es la cumbre. Pocas personas disputarán que los animales poseen cierto grado de razonamiento. Se puede ver a los animales continuamente como paran, deliberan y resuelven. Es un hecho significativo que cuanto más estudian los naturalistas las costumbres de los animales, más se atribuyen a la razón y menos a los instintos.”

Darwin da muchos ejemplos de esas capacidades en sus escritos y muchos de ellos son de primates y monos donde son fáciles de creer. Pero Darwin estaba dispuesto a extender el razonamiento a animales inferiores hasta forzar el límite de la credulidad de la gente. “Algunos animales extremadamente bajos en la escala, aparentemente, dan muestras de cierta cantidad de razonamiento”, decía en el Origen del Hombre, pero en su último libro, The Formation of Vegetable Mould, throug the action of worms, defiende que incluso los gusanos hacen ciertas cosas como resultado de la razón y no del instinto, un resultado que “me ha sorprendido más que cualquier otra cosa acerca de los gusanos”:

“Como tuve que guardar gusanos en botes con tierra durante muchos meses, me interesé por ellos y quise aprender hasta qué punto actúan conscientemente, y cuanto poder mental tienen. Quería aprender acerca de ello porque se han hecho pocas observaciones de este tipo, por lo que yo sé, de animales tan bajo en la escala de organización y provistos de tan pocos órganos sensoriales, como los gusanos de tierra”

¿Los poderes mentales de los gusanos? Suena como una broma. Es difícil imaginar que cualquiera que no fuera Darwin estudiara los poderes mentales de los gusanos. Pero Darwin hablaba en serio. ¿Cómo muestran racionalidad los gusanos? Darwin había visto que los gusanos cogen hojas y las llevan a sus agujeros, no sólo como comida sino para tapar las entradas de sus “madrigueras”. Le sorprendió que los gusanos usaban las hojas de la forma correcta cogiéndolas por el extremo aunque a veces las cogían de manera menos eficaz por el centro. ¿Es esta conducta resultado de inteligencia? Darwin dedica 35 páginas a la cuestión.

El método de Darwin fue considerar si otras hipótesis explican la conducta de los gusanos. Si eliminamos otras hipótesis, solo quedará la inteligencia como explicación. Una hipótesis podría ser que proceden por ensayo y error sin aprender nada de la experiencia, y otra que proceden por instinto. Para investigar esto Darwin aplica el método experimental y empieza a ponerles problemas a los gusanos. Les pone hojas con formas extrañas, que no son propias del medio habitual de los gusanos y que estos no se han encontrado nunca. También les pone trozos de papel cortados de diferentes maneras. Si los animales funcionaran por instinto no serían capaces de trabajar con estos nuevos materiales. Pero resulta que los gusanos se defienden estupendamente manejando estos materiales. Además lo hacen de una manera sensible que no se puede explicar por ensayo y error. Parece que los gusanos reaccionan de forma inteligente a la percepción de las formas de los nuevos objetos. Esto convence a Darwin de que las hipótesis del ensayo-error y del instinto no son adecuadas. “sólo queda una alternativa, que los gusanos aunque están muy bajo en la escala de organización poseen cierto grado de inteligencia”.

Seguro que alguno de vosotros está pensando que Darwin se pasa y que se deja llevar por su deseo de atribuir inteligencia a animales inferiores. Pero Darwin es más cuidadoso que todo eso y no atribuye inteligencia a cualquier animal inferior. No la atribuye por ejemplo a las avispas. Darwin examinó la conducta de un determinado tipo de avispa que tiene una conducta que es paralizar saltamontes con un veneno y luego arrastrarlos a su madriguera tirando de las antenas del saltamontes. Pero resulta que si le cortas las antenas al saltamontes entonces la avispa no es capaz de arrastrar  al saltamontes. Podía tirar por ejemplo de una de las patas, pero eso no se le ocurre. Es decir, la avispa no es capaz de resolver problemas adaptando su conducta a los nuevos desafíos. Darwin concluye que, al contrario que los gusanos, las avispas no son inteligentes.

El libro sobre los gusanos lo publicó Darwin el año anterior a su muerte y sabía que sus conclusiones iban a sorprender a todo el mundo y que se iban a considerar improbables. Pero este estudio de los poderes mentales de los gusanos ilustra algunas cosas muy interesantes. Primero, la inteligencia no es una cuestión de todo o nada sino que está distribuida en grados por el reino animal. Segundo, la presencia de inteligencia es una cuestión empírica que se puede determinar por experimentos y que no depende de las preconcepciones de cada uno. Por último, hay un aviso contra el chauvinismo humano de aplicar a los otros animales un rasero más elevado que el que aplicamos a los humanos.

“Si los gusanos tienen el poder de adquirir algunas nociones, por muy simples que sean, de la forma de los objetos y de la de sus madrigueras, como parece ser el caso, merecen ser llamados inteligentes; porque actúan casi de la misma manera que actuaría un hombre en similares circunstancias”.

Donde encontramos que la conducta de los animales es bastante análoga a lo que esperaríamos de un hombre en las mismas circunstancias, y donde no hay motivos experimentales para distinguir entre ellas, los animales deben ser considerados inteligentes, al menos en cierto grado, como lo serían los humanos. Cualquier otra cosa, en opinión de Darwin, sería ilógica e injusta. La mejor prueba de los serio que se tomaba este argumento es que no lo abandonaba ni en el caso de los gusanos. La discusión de los poderes mentales de los gusanos no es una chaladura de un hombre mayor, sino un ejemplo del rigor científico de la mente de Darwin.

@pitiklinov

Referencia:



domingo, julio 05, 2015

Darwin y los derechos de los animales


El hombre, en su arrogancia, piensa que es una gran obra digna de la participación de un dios. Más humilde, y yo creo que cierto, es considerarlo creado a partir de los animales.
-Charles Darwin

Darwin era un gran amante de los animales y su teoría de la selección natural provee los argumentos más poderosos para la defensa de los derechos de los animales. Desde Darwin el hombre deja de estar al margen de la naturaleza, un ser creado a imagen de Dios, para ser un producto del mismo proceso ciego que ha originado al resto de los animales. Nuestra separación con los animales pasa a ser una cuestión de grado, no de tipo, y Darwin reconoce en ellos las mismas cualidades que en nosotros, y en particular la capacidad de sufrir.

Pero en esta entrada más que de cuestiones teóricas lo que quería es comentar algunos detalles y anécdotas de su vida personal en relación a los animales y sus derechos. Los sentimientos contra el maltrato a los animales eran muy fuertes en Darwin, sólo comparables a los que sentía por el maltrato a las personas. Su hijo, Francis Darwin, nos cuenta: “ los dos temas que movían a mi padre quizás de manera más fuerte que ningún otro eran la crueldad con los animales y la esclavitud. Detestaba ambos intensamente y su indignación era insuperable en caso de cualquier frivolidad o falta de sentimiento en estas materias”

Hay numerosas anécdotas que ilustran la intensidad de estos sentimientos. Aunque Darwin era un caballero de buenas maneras que evitaba siempre la menor confrontación pública, no podía evitar enfurecerse cuando veía maltratar un animal. Francis nos cuenta:

“volvió un día de su paseo pálido y débil por haber visto maltratar un caballo y por la agitación de reprender al hombre. En otra ocasión vio a un domador de caballos enseñando a su hijo a montar; el chico estaba asustado y el hombre fue muy rudo. Mi padre paró y saltó del carruaje reprendiendo al hombre de forma muy dura.
Puedo mencionar otro pequeño incidente que muestra que su humanidad con los animales era bien conocida por sus vecinos. Un visitante, viniendo de Orpington a Down,  le dijo al cochero que fuera más rápido. “¿Por qué?”, dijo el hombre, “si hubiera dado a los caballos los latigazos que les estoy dando ahora llevando a Mr. Darwin, habría salido del carruaje y me habría dado de latigazos él a mí”.

Que la humanidad con los animales es una de las más nobles virtudes del hombre lo dice Darwin en este pasaje del Origen del Hombre que copio a continuación. Es muy interesante este fragmento porque anticipa la idea de círculo moral que luego desarrollaría Peter Singer y la observación de cómo el círculo moral del ser humano se ha ido ampliando hasta abarcar a toda la humanidad y luego al resto de los animales (bueno, estamos en ello, todavía no hemos llegado):

“A medida que el hombre avanza en civilización, y pequeñas tribus se unen en comunidades más grandes, la simple razón dirá a cada individuo que debe extender sus instintos sociales y sus simpatías a todos los miembros de la misma nación, aunque no los conozca personalmente. Una vez alcanzado este punto, sólo hay una barrera artificial para impedir que su simpatía se extienda a todas las naciones y razas. Si, realmente, tales hombres están separados de él por grandes diferencias en el aspecto o las costumbres, la experiencia desgraciadamente nos muestra lo que cuesta verlos como criaturas iguales. La simpatía más allá de los confines del hombre, es decir la humanidad con los animales inferiores, parece ser una de las últimas adquisiciones morales. No parece existir en los salvajes, excepto hacia sus mascotas. Lo poco que la conocían los romanos lo vemos en sus aborrecibles espectáculos de gladiadores. La propia idea de humanidad, por lo que pude observar, era nueva para la mayoría de los gauchos de las Pampas. Esta virtud, una de las más nobles de las que el hombre está dotado, parece surgir del hecho de que nuestras simpatías se van haciendo más sensibles y más amplias, hasta que se extienden a todos los seres sintientes. Tan pronto como esta virtud es honrada y practicada por unos pocos hombres, se extiende por instrucción y ejemplo a los jóvenes y eventualmente a la opinión pública.”
Por poner un ejemplo más de la preocupación de Darwin por los animales mencionaré un artículo que escribió en 1863 en el Gardener´s Chronicle, una revista mensual popular, en contra de las trampas para animales por el gran sufrimiento que producían a los animales ya que podían quedar atrapados en ellas, heridos, durante muchas horas. 

Sin embargo, como contraste, voy a explicar la postura de Darwin en el tema de la vivisección, un debate que tuvo lugar en Inglaterra en la década de los años 1870. Hubo reuniones públicas, se debatieron y aprobaron leyes y los científicos se pusieron a la defensiva. Darwin fue implicado inevitablemente en la controversia. Su impulso humanitario entró en conflicto con su deseo de que avanzara la ciencia y Darwin se vio incómodamente atrapado en el mismo. Como muestra de lo que le dolía el tema está este fragmento de una carta escrita en 1871:

“Me pregunta acerca de mi opinión sobre la vivisección. Estoy de acuerdo en que es justificable para investigaciones reales en fisiología; Pero no por mera y detestable curiosidad. Es un tema que me pone enfermo de horror, por lo que no diré una palabra más sobre ello, o no podré dormir esta noche”.

La líder de los anti-viviseccionistas era Francis Power Cobbe, Miss Cobbe, una ardiente feminista desde edad temprana y luego predicadora unitaria. Miss Cobbe había fundado la British Antivivisection Society como alternativa a la más conservadora Royal Society for the Prevention of Cruelty to Animals (RSPCA). La RSPCA era una asociación de las clases altas que sólo se preocupaba de frenar el maltrato a los animales de los trabajadores y clases bajas. La Sociedad Antivivisección iba también contra los científicos y no sólo los trabajadores. Hay que decir que no eran abolicionistas totales de todo tipo de experimentos que implicaran la vivisección. Querían que no se repitieran experimentos innecesarios y que se usara el menor número de animales posible. Pedían que los experimentos con animales vivos se limitaran a investigaciones que prometieran resultados beneficiosos y que se usaran anestésicos siempre que se pudiera. En su autobiografía Miss Cobbe habla muy bien de Darwin al que conoció cuando eran vecinos en el verano de 1869. Como muchos otros, se sorprendió del gran amor por los animales de Darwin:

“Él (Darwin) estaba muy contento de usar un tranquilo y bello pony que mi amigo Geraint había puesto a su disposición. Su gentileza con el animal y sus incesantes esfuerzos para quitarle las moscas de la cabeza, y su amor por su perro Polly…eran rasgos muy agradables en su carácter.”

Pero la relación acabó rompiéndose. Miss Cobbe escribe:

“Este intercambio placentero con un hombre ilustre, como otras muchas cosas placenteras, llega a su fin en 1875 por el comienzo de la cruzada antivivisección. Mr. Darwin llegó a ser el centro de una camarilla de vivisectores que le acosaban incesantemente para que apoyara  su práctica hasta que se exhibió el deplorable espectáculo de un hombre que no permitiría que una mosca picara el cuello de su pony, defendiendo ante toda Europa la vivisección.”

La postura final de Darwin la tenemos en una carta a su hija - que era contraria a la misma- y que le había estado presionando:

“Tu carta me ha llevado a pensar sobre la vivisección (me gustaría que se inventara otra palabra como anaes-sección) durante horas, y te contaré mis conclusiones, que te van a parecer insatisfactorias. Siempre he pensado que la Fisiología es una de las ciencias más importantes y que más pronto o más tarde será de gran beneficio para la Humanidad; pero, a juzgar por lo que ocurre en otra ciencias, los beneficios procederán indirectamente de la búsqueda de una verdad abstracta. Es cierto que la Fisiología puede progresar solamente por experimentos con animales vivos. Por lo tanto, la propuesta de limitar la investigación a temas en los que ahora podemos predecir los beneficios con respecto a la salud, etc., me parece pueril. Al principio pensé que sería bueno limitar la vivisección a laboratorios públicos; pero sólo he oído de los de Londres y Cambridge , y creo que Oxford, pero probablemente puede haber otros. Por lo tanto sólo hombres viviendo en unas pocas ciudades podrían investigar y esto lo considero un gran mal. Y si , a nivel privado, se permitiera a otros hombres trabajar en sus propias casas, por medio de una licencia, no veo quién puede determinar qué hombre concreto debe recibir una. Son los hombres jóvenes los que con mayor probabilidad van a hacer un buen trabajo. Con gusto castigaría gravemente a cualquiera que opere en un animal sin anestesia si el experimento lo permitiera, pero aquí, de nuevo, no veo cómo un magistrado o jurado puede determinar eso. Por tanto concluyo que si (como es probable) algunos experimentos se han repetido demasiado, o no se han usado anestésicos cuando era posible, la solución debe ser una mejora de los sentimientos humanitarios. Bajo este punto de vista, me he alegrado de la presente agitación. Si se aprueban leyes duras - y esto es probable viendo lo poco científica que es la Cámara de los Comunes, y lo humanos que son los caballeros de Inglaterra, siempre y cuando no afecte a sus deportes, que conllevan miles de veces más sufrimiento que los experimentos de los fisiólogos-, si tales leyes se aprueban, el resultado seguramente será que la Fisiología, que ya se encuentra estancada en Inglaterra en los últimos años, languidecerá y desaparecerá. Se practicará solamente en el Continente; y habrá muchos menos trabajadores en este tema y yo lo lamentaría.”

Esta carta de Darwin es enormemente jugosa y plantea cantidad de temas interesantes en relación a la ciencia y también a la moral. Uno de ellos es, por ejemplo, la posibilidad de que se pueda hacer verdaderamente peer review en ciencia dado que las ideas rompedoras (las que traen los jóvenes) van a ser rechazadas por el establishment científico, como así ha ocurrido múltiples veces a lo largo de la historia. Si los científicos establecidos juzgan el valor de los que llegan con nuevas ideas permitirían sólo una continuidad y no un verdadero avance en las ciencias. 

También suelta una puya contra el deporte de la caza del zorro, pero yendo al tema que nos ocupa. ¿Qué drama se desarrolla en la mente de Darwin? ¿Cómo podemos conciliar su indudable amor por los animales con su defensa de los experimentos con animales vivos? Mi interpretación es que hay un choque entre dos principios morales y la solución de Darwin es utilitarista. Darwin cree que los beneficios a largo plazo derivados del conocimiento científico a todos los niveles compensan el dolor causado a los animales de experimentación. Para llegar a esa conclusión Darwin tiene que sobreponerse a lo que le dicen sus tripas y eso lo vemos en que le resulta difícil hasta pensar en el tema, se pone enfermo sólo imaginando el sufrimiento de los animales. Pero por encima de esos sentimientos saca la calculadora utilitarista y defiende la ciencia. Podríamos decir que la decisión de Darwin es como si en los famosos dilemas de los tranvías hubiera decidido tirar a la vía al gordo que está en el puente(la solución de Darwin sería de psicópata desde este punto de vista) Los defensores de los animales pensarán que Darwin se queda corto, que debería haber llegado más lejos con sus sentimientos humanitarios, pero creo que la postura de Darwin tiene mérito. Desde una visión utilitarista lo importante son las consecuencias de las acciones. Pero no siempre es posible determinar el alcance de esas consecuencias. En los ejemplos de los tranvías las consecuencias son claras: o muere uno o mueren cinco. Pero en muchas otras cosas en la vida, y este caso puede ser un ejemplo, no llegamos a ver el final del camino al que llevan cada una de las decisiones. ¿Quién puede decir las vidas y el sufrimiento, tanto humano como animal, que se pueden salvar o aliviar como consecuencia de los conocimientos anatómicos, fisiológicos, bioquímicos, etc., derivados de la investigación?

Lo que vemos en este caso es algo habitual en todos los dilemas morales: el choque entre dos principios. Es muy difícil tomar un principio y seguir con él hasta el final. Por ejemplo, no hay que mentir…vale, ¿pero si tengo un judío escondido en casa y viene un nazi y me pregunta si tengo un judío escondido en casa? No hay que matar…vale, ¿pero si hubieras tenido la posibilidad de matar a Hitler lo habrías matado? No hay que torturar…vale, ¿pero si la confesión de un terrorista puede salvar miles de vidas? Y si los principios tienen problemas también los tiene el utilitarismo. 
Hasta aquí la lucha interna de Darwin entre el amor a los animales y su amor a la ciencia.  Cada uno de nosotros juzgará su decisión de una manera.

@pitiklinov

Referencia:















jueves, junio 25, 2015

Darwin y el fin del bien y el mal


La moralidad es una ilusión colectiva de los genes. Necesitamos creer en la moralidad y, por tanto, gracias a nuestra biología, creemos en la moralidad. No hay fundamento “ahí fuera” más allá de la naturaleza humana.
-Michael Ruse

Veíamos en una entrada anterior que las consecuencias morales de la selección natural fueron probablemente la causa de que Darwin tardara tanto tiempo en publicar sus ideas. En esta entrada voy a intentar explicar por qué Darwin dinamita nuestra moralidad y supone el fin del mundo tal como lo conocíamos antes de él, el fin de la idea del bien y del mal. Ni Copérnico, que nos desplazó del centro del Universo, ni Freud, que señaló que no éramos los dueños de nuestra propia mente, ni la cosmología, ni la geología, ni ninguna otra rama de la ciencia supone un corte tan profundo en la yugular de la comprensión de nuestra propia naturaleza (ni ponen los pelos de punta a los creacionistas de la misma manera). Nada de eso es comparable a la revolución y el peligro que supone Darwin. Voy a seguir para ello a Steve Stewart- Williams, al que ya entrevistamos aquí,  en el último capítulo de su libro, Darwin, God and the meaning of live.

El problema, la cuestión, es la siguiente: ¿pensamos que ciertas acciones son moralmente buenas porque  son moralmente buenas? ¿O pensamos que son buenas solo porque esa forma de pensar hizo que nuestros ancestros tuvieran más descendencia que los que pensaban de otra manera? ¿El hecho de que nuestras creencias morales tengan un origen evolucionista implica que nuestras creencias morales son falsas? ¿Implica esto que la moralidad es “luz de luna” como decía Adam Sedgwick, o que nuestra moralidad es en vano, como decía Charles Lyell? ¿Quiere decir esto que podemos hacer lo que queramos, que no hay verdades morales?

Hay dos maneras en las que la teoría evolucionista mina la moralidad. La primera sería que conduce a la gente a perder su fe en Dios y en la inmortalidad personal. La segunda es que la selección natural dinamita la idea de que existen unos cimientos objetivos sobre los que apoyar la moralidad. Voy a decir algo sobre la primera parte pero el meollo de la cuestión es el segundo punto. Y la respuesta es que sí, que la teoría de la evolución hace imposible fundar la moralidad sobre bases sólidas objetivas, no hay moralidad ahí fuera, como dice Ruse.

Es un argumento que se repite mucho: que Dios, o la religión, hace buena  a la gente y el ateísmo la hace mala. En primer lugar quiero decir algo sobre el llamado “error de Huxley”, porque fue Thomas Huxley en una famosa conferencia en 1894 el que lo formuló: “el progreso ético…depende…de combatir nuestra naturaleza”. Esta visión supone que la naturaleza del hombre es egoísta, cruel y competitiva y que es la religión, o Dios, la causa de que seamos cooperadores y altruistas. Bien, actualmente hay evidencia de sobra de que todo lo que encontramos moralmente atractivo en la naturaleza humana: el altruismo, el amor, la simpatía, la generosidad, la virtud, etc., son también producto del mismo proceso de selección natural (y este es el meollo del asunto, como luego veremos). No hay ningún problema para que genes egoístas usen individuos nada egoístas para conseguir sus objetivos y en determinado nivel de complejidad y de organización social desde luego que les compensa a los genes hacer que los vehículos que los portan no sean egoístas.

Podríamos decir más cosas sobre si el ateísmo te hace malo (teorías aparte, los datos en cualquier caso no lo apoyan) pero habría también mucho que hablar sobre si la religión te hace bueno. Por un lado, si esto fuera así la policía y las cárceles sólo serían necesarias para los ateos pero parece que este no es el caso. Y, por otro lado, tenemos el tema de la Violencia Virtuosa. Los terroristas suicidas del 11-S creían sinceramente que estaban haciendo algo noble y correcto y todos sabemos las cosas horribles que se han hecho en nombre de la religión : Cruzadas, Inquisición, quema de brujas, guerras religiosas, etc. A lo largo de la historia, y desgraciadamente hoy en día, la gente persigue y mata al prójimo en base a meras supersticiones. La religión vende que hace buena a la gente, pero nuestro sentido moral es innato.

Esta teoría de que la moralidad se sustenta en Dios técnicamente se llama la Teoría del Mandato Divino y parece implicar , como dijo Dostoyewsky, que si Dios no existe, todo está permitido. Pero la falsedad esta teoría ya la dejó sentada Platón hace más de 2.000 años en el dilema de Eutifrón: ¿Son las cosas que Dios manda buenas porque Dios lo manda o Dios las manda porque son buenas? Si decimos que las cosas son buenas porque Dios las manda eso implica que si Dios dijera que hay que torturar niños entonces esa conducta sería buena y justa, lo cual es contrario a nuestra intuición moral. Los creyentes pueden argumentar que Dios no va a mandar esas cosas terribles porque Dios es bueno y sólo va a mandar cosas buenas. Pero esa salida asume que hay un estándar de lo que es bueno y malo que es independiente de Dios. Dios ya no sería el fundamento de la moralidad porque esas cosas serían buenas aunque Dios no las mandara.

Y llegamos así al núcleo del asunto, al nihilismo moral que supone la teoría de la selección natural. Filósofos como Michael Ruse o Richard Joyce señalan que nuestras creencias morales son ilusiones y las tenemos no porque sean ciertas sino porque son útiles para regular nuestra vida social. Entender esto es muy contraintuitivo y mucha gente encuentra difícil aceptar que la capacidad humana para hacer el bien es producto del mismo proceso “estúpido” y “brutal” de la selección natural. Randolph Nesse expresa muy bien el “choque” que se siente cuando uno se da cuenta de esto:

“El descubrimiento de que las tendencias para el altruismo están modeladas por nuestros genes es uno de los hechos más perturbadores de la historia de la ciencia. Cuando lo comprendí por primera vez dormí muy mal durante muchas noches intentando encontrar alguna alternativa que no supusiera un desafío tan grave para mi sentido del bien y el mal”

La cuestión es que si nuestra naturaleza y nuestra historia filogenética y el estilo de vida de la especie fuera diferente, nuestras creencias morales serían diferentes. Lo mismo que a nosotros nos resultan repelentes las heces pero a las moscas les atrae, lo mismo podría haber ocurrido con la prohibición de matar o con cualquier otra norma moral. Si matar o cualquier cosa que ahora consideramos mala hubiera aumentado el número de descendencia de nuestros ancestros ahora sería considerada buena. El propio Darwin se dio perfecta cuenta de esto y escribió:

“Yo no quiero mantener que cualquier animal estrictamente social, si sus facultades intelectuales llegaran a ser tan activas y elevadas como las del hombre, adquiriría el mismo sentido moral que nosotros. De la misma manera que diversos animales tienen su propio sentido de la belleza, aunque admiran objetos muy diferentes, así tendrían un sentido del bien y el mal, pero les llevaría a tomar diferentes líneas de conducta. Si, por ejemplo, para tomar un caso extremo, los seres humanos fueran criados en las mismas condiciones que las abejas, no habría duda de que nuestras mujeres solteras, al igual que las abejas obreras, creerían que es un deber sagrado matar a sus hermanos y las madres intentarían matar a sus hijas fértiles; y a nadie se le ocurriría interferir. No obstante, la abeja, o cualquier otro animal social, ganaría en este supuesto caso, tal como me parece a mí, un sentimiento del bien y el mal, o una conciencia.”

Es decir, que intentos como los de Kant u otros filósofos de que la moralidad se puede deducir a partir de la nada por pura deducción lógica no tienen ningún sentido. La razón nos puede permitir deducir nuevos principios morales, o nuevas conclusiones, pero siempre después de que hayamos establecido un principio ético fundamental. Y ese principio ético fundamental no tenemos donde apoyarlo. Podemos imaginarnos que decidimos que un Universo con menos sufrimiento es preferible a un Universo con más sufrimiento. A partir de esta premisa yo deduzco que como los animales no-humanos sufren también debemos hacer todo lo posible para reducir su sufrimiento. La razón nos llevará a aceptar esas conclusiones morales pero después de haber aceptado el principio fundamental. La razón no nos puede decir cuál es ese principio fundamental. Debemos empezar en algún sitio, sin ninguna justificación. Nuestro punto de partida es siempre una disposición, una intuición, un sentimiento de que algo es deseable moralmente. Pero no hay una justificación última para ello.

¿Y dónde nos deja esto? ¿Cuál es la salida? Pues no la hay, así que sálvese quien pueda. Os puedo contar la salida de Stewart-Williams, que es una salida utilitarista. Stewart-Williams reconoce que nuestras decisiones están influenciadas por nuestra naturaleza evolucionada y que nuestros códigos éticos nunca pueden trascender o escapar de estos orígenes evolucionistas. Steve elige precisamente el camino que acabo de señalar de disminuir el sufrimiento en el Universo pero reconoce que no puede justificarlo ni apoyarlo en nada (y que en el fondo está siguiendo un dictado de la naturaleza, o sea que está cayendo en la falacia naturalista…). ¿Cómo podemos justificar que el utilitarismo es una buena filosofía moral y que debemos adoptarla? Pues reconoce que no puede. Simplemente, aunque el Universo no tenga sentido, él prefiere una felicidad sin sentido a un sufrimiento sin sentido. El sistema de valores utilitarista será aceptado por aquellos que decidan que  su elección se basa en esa preferencia de evitar el sufrimiento y aumentar la felicidad, pero que no es justificable de manera última. Lo reconoce así y no lo intenta justificar.

¿Supone esta salida una base suficiente para un sistema moral o ético? Pues depende. Para Steve y otros sí, pero para muchos otros no. El hecho es que supone una base más sólida que la idea de que Dios creó las normas morales del mundo, por la sencilla razón de que eso no es cierto. Para mucha gente lo que dice Steve representa el fin de la moralidad pero para Steve representa una moralidad despojada de superstición.

Una visión darwiniana de la moralidad como la que defiende Stewart-Williams implica aceptar que probablemente no existe Dios, que no hay otra vida, ni almas, que no hay una base objetiva para la moralidad ni un propósito para nuestro sufrimiento; que somos insignificantes en un cosmos vasto e impersonal, que nuestra existencia no tiene sentido ni significado, y que los efectos de nuestras acciones desaparecerán sin dejar rastro. Y, a pesar de todas estas duras verdades, esforzarse como si la vida tuviera sentido y luchar por un mundo mejor, sin promesas de una recompensa eterna ni de la victoria final. 

@pitiklinov

Referencia:



miércoles, diciembre 25, 2013

El nudo gordiano: el origen prebiótico

El Origen de las especies explicaba magníficamente bien algunas cosas, y otras no. Lo que explicaba perfectamente es algo que todo criador de animales sabía perfectamente desde que la humanidad se hizo sedentaria: la selección artificial. Seleccionando progenitores con ciertas características conseguimos que éstas aparezcan con mayor frecuencia en sus crías. Acumulando estas variaciones durante generaciones se pueden generar individuos muy alejados de sus ancestros. No hay más que ver lo lejanos que quedan los remotos abuelos de nuestras actuales razas de animales y plantas domésticas (¿en qué se parece la coliflor a la mostaza silvestre de la que proviene?).  Es totalmente cierto, certeza de las certezas, que las especies se van modificando paulatinamente. Puede resultar paradójico que una de las obras más revolucionarias de la historia de la ciencia viniera a basarse en algo que todo el mundo sabía (hasta los fijistas lo aceptaban), sin embargo, el mérito de Darwin fue aportar un gran número de pruebas procedentes de diversos campos de estudio a favor de que esa selección artificial operaba en la naturaleza de un modo más poderoso: no solo modificando especies existentes, sino modificándolas tanto como para crear especies nuevas. Era la primera vez que se defendía con tal contundencia la evolución biológica. Las pruebas aportadas fueron magníficas (existencia de órganos rudimentarios, secuencia de tipos fósiles, estructuras subyacentes comunes a diversas especies, pruebas en el desarrollo embriológico, etc.) y deben convencer a toda persona razonable de que la evolución de los seres vivos es un hecho científico. Darwin da una potente explicación a este principio básico ya absolutamente innegable.

¿Y qué era lo que El Origen no explicaba bien, o al menos, de modo no totalmente concluyente? Muchísimas cosas: los mecanismos de herencia (la genética aún no existía y Darwin murió amargado sin resolver el problema tras las fuertes críticas de Fleeming Jenkin), la ausencia de tipos intermedios en el registro fósil (todavía bastante precario en el siglo XIX) o la aparente falta de gradualismo en la evolución (¿Cómo explicar la aparición de la célula eucariota o la explosión cámbrica, "big bangs" de complejidad que no parecen seguir el darwiniano "pasito a pasito"?). A día de hoy la mayoría de estas cuestiones han sido más o menos resueltas, si no de una vez por todas, manteniendo hipótesis bastante razonables (dudo mucho que una teoría del alcance de la teoría de la evolución resuelva todos sus flecos para siempre. Así no funciona la ciencia: cada nuevo descubrimiento trae siempre consigo un montón de nuevas incógnitas, y eso es lo interesante y, a mi juicio, lo que hace valiosa una gran teoría). Pero lo que sí permanece como un auténtico enigma, como el verdadero nudo gordiano, es el tema del origen mismo de las especies. Quizá Darwin no acertó en el título de su obra: El Origen de las especies no explica en absoluto el mismo origen último de las especies.  Darwin sugiere la hipótesis de un ancestro común a todas las especies pero no puede responder al mayor enigma de la evolución: ¿cómo surgió ese Adán primigenio? ¿Cómo surge la misma vida?



Tenemos hipótesis bastante elaboradas, aunque todo sigue difuminado en un halo de misterio. Las tesis de Oparin, confirmadas posteriormente por los experimentos de Miller y Urey, nos dan algunos de los componentes, de los "ladrillos" de la vida que pudieron existir en este oscuro origen (ácido acético, ADP-glucosa y diversos aminoácidos). Sabemos como pudo ser el entorno: una atmósfera primitiva bastante hostil bajo la que se extendían océanos bulliciosos de reacciones químicas. Quizá la fructífera sopa creadora se escondía en las cavidades de sulfuro de hierro (un buen catalizador natural) que forman las fumarolas del fondo del mar. Tenemos moléculas y podemos aplicar la selección natural a este mundo: hay moléculas con más posibilidades de enlazarse con otras (de aquí que el carbono sea la base de la química orgánica), enlaces más resistentes y duraderos que otros... Seguramente que hubo moléculas que terminaron por ser más numerosas que otras en el líquido elemento, por ser más aptas que otras. Pero hasta aquí podemos leer. Lo siguiente que tenemos es un salto vertiginoso: la aparición del replicador, de algún tipo de ARN primitivo (también se ha propuesto el ácido nucleico peptídico (ANP) como candidato, al ser algo más estable que el ARN), de una molécula capaz de almacenar información genética y, además, catalizar reacciones químicas, incluido su propio ensamblaje. Es un salto cuantitativo y cualitativo bastante complicado de entender.

¿Cómo es posible que de un mero conjunto de "piezas de lego" que se enlazan y separan casi al azar, tengamos macromoléculas que realizan procesos teleonómicos bastante complejos con una eficacia ejemplar? Pensemos en la complejidad necesaria para que un organismo no solo guarde información, sino que tenga incorporados mecanismos necesarios para interpretarla y hacer cosas con ella (enzimas, ribosomas...), tanta más cuanto de lo que primeramente se trata es de replicar completamente ese mismo organismo. Hacen falta codificar muchas instrucciones para sintetizar una proteína... ¿cuántas más para sintetizar muchas de ellas de modo que realicen trabajos conjuntos coordinados con precisión?


El Premio Nobel alemán Manfred Eigen, subraya además una fuerte objeción al surgimiento de cadenas de ARN capaces de duplicarse a sí mismas. Eigen mostró una relación entre el número de genes de un organismo y el número de errores en su réplica necesarios para que tal réplica no produzca un nuevo organismo funcional (lo que se llama catástrofe de errores). La proporción que descubrió fue que cuanto más largo es un genoma, menor es el número de genes que hay que cambiar para que ocurra la catástrofe de errores. Así, las bacterias, con genomas muy cortos, pueden resistir muchísimos errores de réplica (por eso la gripe muta muy rápido y cambia cada año sin el menor problema), mientras que los seres humanos, con genomas largos, seguimos siendo los mismos desde hace unos 30.000 años. Para subsanar esa sensibilidad a la catástrofe de errores, los genomas largos han desarrollado múltiples mecanismos para corregir los errores de réplica (no hay más que analizar todos nuestros dispositivos inmunológicos para evitar tumores). Según Eigen, las primeras cadenas genéticas (ya sean de ARN, ANP o vete a saber qué estructura) deberían ser muy cortas para evitar la catástrofe de errores ya que no habrían desarrollado mecanismo alguno de defensa, pero, a la vez, lo suficientemente largas para poder codificar la información necesaria para duplicarse a sí mismas. El problema está en que ambas posibilidades son excluyentes: o cadena corta resistente a la catástrofe, o larga y capaz de duplicarse. El enigma de la prioridad del huevo o la gallina sigue en pie.

miércoles, noviembre 06, 2013

¡Mucho cuidado! ¡Sesgos semánticos hablando de evolución!

Evolución, ¿suena bien, verdad? Los vendedores de humo de la autoestima nos dicen que debemos evolucionar, que hay que avanzar, probar cosas nuevas, atreverse a cambiar, que ahí reside la esencia de la felicidad. Quedarse estancado, en la aburrida repetición de ser siempre el mismo es el billete a la depresión. Esto crea en nuestras mentes un sesgo positivo hacia la palabra evolución. Se la asocia con algo bueno, mola. Y esto crea un poderoso malentendido a la hora de entender correctamente la evolución biológica. Evolucionar parece implicar semánticamente "ir a mejor". Cuando los estudiantes comprueban, además, el aumento de complejidad que se observa en el reino de la vida, el error parece verificarse: la evolución crea seres mejores porque más complejo suele significar mejor: un oso polar es bastante mejor que una bacteria (nuevo error). No amigos, en los cinco primeros sextos de la historia natural, la evolución apenas creó seres muchos más complejos: solo había seres unicelulares. Es más, tenemos muchos ejemplos en los que la evolución ha tendido a diseños morfológicamente más simples (léase a Jay Gould). La evolución ha creado complejidad pero no tenía necesariamente por qué hacerlo. 

Y es que cuando comenzó a utilizarse el término la teoría dominante era el lamarckismo. De hecho, durante la segunda mitad del siglo XIX casi todos los evolucionistas eran lamarckianos, incluido el propio Darwin, como bien queda demostrado en su teoría de la pangénesis. A parte de que las tesis de Lamarck son intuitivamente más fáciles de aprender y aceptar que la selección natural darwiniana (sobre todo debido a que Darwin introduce el azar en la evolución y el azar parece llevarse mal, en nuestras cabezas, con estructuras tan sumamente bien organizadas como son los seres vivos), Lamarck defendía una finalidad, una teleología en la evolución, a saber, que los seres vivos tienden hacia la perfección, van haciéndose cada vez mejores. Por eso el término evolución parecía el más adecuado: lo viviente mejora, es cada vez más perfecto, evoluciona. Cuando August Weissmann (el último gran defensor de la selección natural en el XIX) mostrara que Lamarck no tenía razón, el concepto estaba tan asentado que a nadie se le ocurrió cambiarlo. Y es que quizá la palabra correcta sea "transformismo". Las especies se transforman, pero transformar no tiene el sesgo semántico tan marcado como evolucionar, en el sentido de ir a mejor: puedes transformarte en algo mejor pero también en un monstruo. La selección natural nos muestra que eso es lo que ocurre, si bien los monstruos duran muy poquito en la historia biológica.

Lo mismo ocurre con otras palabras. A mí se me ponen los pelos de punta cuando escucho expresiones como que "la naturaleza es creativa". Estamos en las mismas: el vocablo "creatividad" mola mucho. Ahora es mejor tener un hijo creativo que inteligente. Hay que crear, innovar por doquier. Entonces la naturaleza (que también mola: natural es bueno mientras que artificial es malo) tiene que ser creativa. Todo lo bueno tiene que ser adjetivado de esa manera. Cometemos así dos errores: por un lado esto es un ejemplo de libro de la falacia ad antiquitatem  (porque algo sea nuevo tiene que ser mejor que algo que sea viejo. Error: la bondad de algo no tiene por qué estar relacionada con su antigüedad), y por el otro está en que los predicadores de la creatividad suelen ignorar la enorme dificultad de definir qué significa que algo sea creado. No suelen darse cuenta de que están ante un concepto metafísico tradicional cuya comprensión es casi una locura que ha atravesado la historia de la filosofía sin solución concluyente.

Dejándonos llevar por estos sesgos semánticos, podemos llegar a hablar de una Gaia (la naturaleza es nada más y nada menos que una diosa bondadosa) que representa todo lo bueno: evoluciona, innova, crea, busca la perfección... y acabar montándonos una película de lo más postmoderno.  Decía Ortega y Gasset que las palabras había que usarlas con bisturí. Sigamos su ejemplo y seamos cuidadosos con el significado de los términos si pretendemos hacer ciencia y no queremos terminar recitando mantras en un templo zen.