Mostrando entradas con la etiqueta Stephen Jay Gould. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Stephen Jay Gould. Mostrar todas las entradas

miércoles, noviembre 06, 2013

¡Mucho cuidado! ¡Sesgos semánticos hablando de evolución!

Evolución, ¿suena bien, verdad? Los vendedores de humo de la autoestima nos dicen que debemos evolucionar, que hay que avanzar, probar cosas nuevas, atreverse a cambiar, que ahí reside la esencia de la felicidad. Quedarse estancado, en la aburrida repetición de ser siempre el mismo es el billete a la depresión. Esto crea en nuestras mentes un sesgo positivo hacia la palabra evolución. Se la asocia con algo bueno, mola. Y esto crea un poderoso malentendido a la hora de entender correctamente la evolución biológica. Evolucionar parece implicar semánticamente "ir a mejor". Cuando los estudiantes comprueban, además, el aumento de complejidad que se observa en el reino de la vida, el error parece verificarse: la evolución crea seres mejores porque más complejo suele significar mejor: un oso polar es bastante mejor que una bacteria (nuevo error). No amigos, en los cinco primeros sextos de la historia natural, la evolución apenas creó seres muchos más complejos: solo había seres unicelulares. Es más, tenemos muchos ejemplos en los que la evolución ha tendido a diseños morfológicamente más simples (léase a Jay Gould). La evolución ha creado complejidad pero no tenía necesariamente por qué hacerlo. 

Y es que cuando comenzó a utilizarse el término la teoría dominante era el lamarckismo. De hecho, durante la segunda mitad del siglo XIX casi todos los evolucionistas eran lamarckianos, incluido el propio Darwin, como bien queda demostrado en su teoría de la pangénesis. A parte de que las tesis de Lamarck son intuitivamente más fáciles de aprender y aceptar que la selección natural darwiniana (sobre todo debido a que Darwin introduce el azar en la evolución y el azar parece llevarse mal, en nuestras cabezas, con estructuras tan sumamente bien organizadas como son los seres vivos), Lamarck defendía una finalidad, una teleología en la evolución, a saber, que los seres vivos tienden hacia la perfección, van haciéndose cada vez mejores. Por eso el término evolución parecía el más adecuado: lo viviente mejora, es cada vez más perfecto, evoluciona. Cuando August Weissmann (el último gran defensor de la selección natural en el XIX) mostrara que Lamarck no tenía razón, el concepto estaba tan asentado que a nadie se le ocurrió cambiarlo. Y es que quizá la palabra correcta sea "transformismo". Las especies se transforman, pero transformar no tiene el sesgo semántico tan marcado como evolucionar, en el sentido de ir a mejor: puedes transformarte en algo mejor pero también en un monstruo. La selección natural nos muestra que eso es lo que ocurre, si bien los monstruos duran muy poquito en la historia biológica.

Lo mismo ocurre con otras palabras. A mí se me ponen los pelos de punta cuando escucho expresiones como que "la naturaleza es creativa". Estamos en las mismas: el vocablo "creatividad" mola mucho. Ahora es mejor tener un hijo creativo que inteligente. Hay que crear, innovar por doquier. Entonces la naturaleza (que también mola: natural es bueno mientras que artificial es malo) tiene que ser creativa. Todo lo bueno tiene que ser adjetivado de esa manera. Cometemos así dos errores: por un lado esto es un ejemplo de libro de la falacia ad antiquitatem  (porque algo sea nuevo tiene que ser mejor que algo que sea viejo. Error: la bondad de algo no tiene por qué estar relacionada con su antigüedad), y por el otro está en que los predicadores de la creatividad suelen ignorar la enorme dificultad de definir qué significa que algo sea creado. No suelen darse cuenta de que están ante un concepto metafísico tradicional cuya comprensión es casi una locura que ha atravesado la historia de la filosofía sin solución concluyente.

Dejándonos llevar por estos sesgos semánticos, podemos llegar a hablar de una Gaia (la naturaleza es nada más y nada menos que una diosa bondadosa) que representa todo lo bueno: evoluciona, innova, crea, busca la perfección... y acabar montándonos una película de lo más postmoderno.  Decía Ortega y Gasset que las palabras había que usarlas con bisturí. Sigamos su ejemplo y seamos cuidadosos con el significado de los términos si pretendemos hacer ciencia y no queremos terminar recitando mantras en un templo zen.


lunes, octubre 14, 2013

Reduccionismo codicioso y de precipicio


Curioso como un ultradarwinista habitualmente tan radical como Dawkins escribe el siguiente texto. Estas cosas pasan: lanzas una tesis muy radical que, posteriormente tienes que matizar debido al aluvión de críticas que te caen. Después de que le hayan acusado en múltiples ocasionas de determinista y reduccionista genético, se ve obligado a defenderse:

El aspecto reduccionista del enfoque genético de la selección natural incomoda a mucha gente. En ciertos círculos la palabra reduccionismo se ha convertido en una blasfemia. Hay una forma de reduccionismo obviamente necio que nadie con sentido común adoptaría, y que es lo que Dan Dennett llama "reduccionismo codicioso". Mi propia versión es "reduccionismo de precipicio". Cojamos un ordenador: sabemos que todo lo que un ordenador hace es explicable en principio en términos de electrones que circulan por alambres o por pistas semiconductoras. Sólo un lunático intentaría explicar en términos de electrones lo que pasa cuando uno emplea el procesador de textos Word. Esto sería reduccionismo insaciable. El equivalente sería querer explicar la poesía de Shakespeare en términos de impulsos nerviosos. Las cosas se explican en una jerarquía de nieveles. En el caso del ordenador, la programación de alto nivel - algo como el Word de Microsoft - se explica en términos de la programación de nivel inmediatamente inferior, que incluiría programas, subprogramas, subrutinas, etc., y luego se explica cómo funcionan en términos del siguiente nivel inferior. Entraríamos así en el nivel del código máquina, bajaríamos al nivel de circuitos de semiconductores y aún más abajo hasta llegar al nivel de la física. Esta progresión ordenada - lo que yo llamo reduccionismo paso a paso o jerárquico - es el modo correcto de proceder de la ciencia.
Reduccionismo es explicación. Todo tiene que ser explicado de forma reduccionista. Pero esta explicación debe ser jerárquica y escalonada, que avance paso a paso. El reduccionismo codicioso o de precipicio consiste en lanzarse de un salto desde lo más alto de la jerarquía hasta lo más bajo. No podemos hacer esto si queremos explicar cualquier cosa de forma satisfactoria."
Richard Dawkins, "Una máquina de supervivencia."

Efectivamente, Dawkins recurre a la clásica explicación de niveles para, sin salir del todo del reduccionismo, defenderse de sus críticos. Tiene razón. Cuando explicamos algo, necesariamente, estamos haciendo una reducción. De entre muchas explicaciones y perspectivas posibles para hablar de un fenómeno, escogemos una, además de que nuestra explicación será siempre un esquema, una síntesis, en el fondo, una burda simplificación, la gota de agua en el océano de Newton. El flagrante error se produce cuando, no sé bien todavía por qué, pensamos que nuestra explicación es la única posible o que solo vale la explicación de nivel más bajo (la fisicalista por supuesto). 

Cuando hablamos de evolución también solemos caer, si no tenemos cuidado, en este reduccionismo de precipicio.  Si bien aquí no solemos hablar en términos fisicalistas, sí lo hacemos en términos adaptativos, en términos de función con respecto al éxito reproductivo. Es un buen nivel explicativo pero, al igual que Dawkins nos dice es absurdo explicar Word hablando de semiconductores, parece absurdo explicar totalmente la mente y la conducta humanas hablando exclusivamente de que tal o cual capacidad mejoró las probabilidades de éxito sexual de su portador.  Recordemos, es un buen nivel pero suele quedarse corto o, peor aún, tienta a hacer, con demasiada facilidad, saltos desde el precipicio. Ya que he citado a Dawkins, cito también al otro gran divulgador (y mejor que el primero) del evolucionismo:

Sería una caricatura vulgar de la selección natural argumentar, por medio de una inteligente invención, que cada rasgo insignificante del diseño es en realidad una configuración óptima para las circunstancias locales (aunque hay multitud de devotos con exceso de celo que continuarán promoviendo este punto de vista. Un destacado evolucionista me sugirió seriamente que las lenguas eslavas están llenas de consonantes debido a que en climas fríos es mejor mantener la boca cerrada, mientras que el hawaiano está formado casi exclusivamente por vocales, ya que el saludable aire de las islas oceánicas debe ser saboreado y aspirado)."
Stephen Jay Gould,  "Sólo quedaron sus alas"